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miércoles, 5 de junio de 2013

José-Carlos Mainer: De islas y de libros

Mapa de la isla del tesoro, dibujado por R. L. Stevenson

DE ISLAS Y DE LIBROS
[FRAGMENTO]

    Y añadamos ahora que las islas tienen una amplia tradición de ensueños y de letras. Reúnen todos los elementos que convidan al disfrute: siempre están lejos y recónditas, las rodea y las protege el misterio del agua, se asocian a la aventura, se nos aparecen como una salvación o un refugio, las habita lo insólito. Han recogido no poco de la idea tradicional del paraíso y, desde la Odisea de Homero, le deben casi todo a las imaginaciones aventureras. Bajo la denominación de "ínsulas", su mención era muy frecuente en los libros de caballerías, donde, por supuesto, "ínsula" no siempre significaba lo que nos enseña la geografía: eran, sin más, territorios exóticos amparados por la sugestión fonética de ese esdrújulo que hoy nos resulta tan familiar, gracias al Quijote. En su primer capítulo, el hidalgo manchego imaginó el gigante Caraculiambro presentándose como "señor de la ínsula Malingrania". Y en el VII, ya prometía a Sancho Panza "en quítame allá esas pajas, alguna ínsula". Y en el LII, que cuenta la aventura de los disciplinantes, Sancho ya conocía muy bien su acepción geográfica, cuando le recordaba a su señor que "por ocho años de servicio me teníais dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea".
    En aquellos años de descubrimientos geográficos (y de fantasía a su propósito), se hablaba mucho de islas... William Shakespeare ambientó la última obra que escribió, La tempestad, en una ínsula sin nombre a la que sus personajes llegan como víctimas de un terrible naufragio. Y no es casual que luego pasara a ser la primera en la edición de su dramaturgia completa. La obra es una compleja alegoría donde se confrontan la cultura y el desorden, la fuerza violenta y el poder racional, la pasión y el amor: los grandes dilemas que debatió el humanismo europeo. Y en cuya resolución, Shakespeare nos recuerda que importa más, al cabo, la razonada ponderación que la cultura acumulativa. Próspero, el mago y náufrago, perdió su ducado de Milán a manos de su hermano porque descuidó los asuntos del mundo, se consagró al saber desinteresado y llegó a pensar -como nos dice- que su biblioteca era su verdadero ducado ("Me, poor man, my library / Was dukedom large enough", acto I, escena 2). La experiencia de la isla le ha hecho ver las cosas de otro modo. Sus artes, ahora aplicadas con más tino, restituirán el poder a su hija Miranda y a su esposo Fernando, reyes de Nápoles, mientras él regresará a su retiro milanés. Y de la isla maravillosa volverán todos al continente...
    Todo podía suceder en las islas. Treinta años antes, un ardoroso frailecico castellano, Juan de la Cruz, no era -como a veces se piensa- un escritor naïf iluminado por la pasión mística. Era un poeta de verdad que había leído no poca literatura profana y que en la estrofa XIV del Cántico espiritual, el más leído de sus poemas, acertó a darnos una de las más sugerentes, inquietantes casi, visiones soñadas de la insularidad. Vale la pena copiar toda la lira a la que me refiero, cabalgata de realidades maravillosas cuya invocación parece concertar con la imagen adorada de su Amado:

                                                Mi amado las montañas,
                                                los valles solitarios nemorosos,
                                                las ínsulas extrañas,
                                                los ríos sonorosos,
                                                el silvo de los aires amorosos.

     Aquellas "ínsulas extrañas" (que volvemos a hallar en la estrofa XIX, por cierto) provenían de la tradición caballeresca profana, la misma que recordó Cervantes, y llegaron hasta un poema que es un incitante puzle de recuerdos literarios en trance de trocarse en símbolos espirituales: también hallamos en sus versos los "fuertes y fronteras" de sabor militar (y hasta un palacio "coronado de escudos de oro"), bosques y espesuras y fuentes cristalinas (que vienen de la literatura pastoril) e incluso "leones, ciervos, gamos saltadores", arrancados sin duda de alguna cosmografía fantástica. Las "ínsulas extrañas"  de Juan de la Cruz derivaron, sin duda, de una biblioteca y, en el fondo,  son una biblioteca... Trescientos y pico años después, un poeta moderno y muy culto, Pedro Salinas, recordó la invención de Fray Juan al componer la "Variación VII (Las ínsulas extrañas)" de su libro El contemplado (1946). Lo escribió a la vista del Caribe puertorriqueño en un momento de plenitud feliz, aunque quizá con la pizca de melancolía que  es inseparable del exilio que padecía desde 1939. Estaba en una isla donde volvía a hablar su lengua, el español, y por eso, el recuerdo de la imaginación juanista era inevitable, aunque aquí se despoje de toda vinculación religiosa:

                                              ¡Felices inmortales!
                                              ¡Las islas, qué felices son las islas!
                                              Altas cunas, los riscos. ¡Bien nacidas!
                                              Torva guardia les hacen soledades,
                                              ventarros, nubes grises. Niñas, cimas.
                                              En luz, en aire tibio, en aves, sueñan
                                              las, del mundo de abajo, maravillas.

     Sí. Sin duda, los seres humanos necesitamos islas para salvarnos: islas que nunca mueren porque "van a su cielo: / su cielo el mar, que azul, cielo duplica" y donde "viven, salvadas, / almas verdes, las almas de las islas". Eternas, las islas nos defienden.
    Y, por añadidura, suelen esconder tesoros. Quien haya leído la novela de Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro, no olvidará jamás ni la posada del almirante Benbow y la llegada de la "mota negra", ni a John Silver el Largo que pasa de ser cocinero a capitán pirata, ni al miserable Ben Gunn, a quien tanto gustaba el queso parmesano... Pero también sabrá que la huella imborrable que este libro nos deja está vinculada a su condición de recuerdo, que el joven grumete Jim Hawkins escribe muchos años después, cuando ya todos sus personajes, y él mismo, se han hecho viejos y más o menos acomodaticios. No importa que ahora nos diga que no volvería "ni atado con cadenas a una pareja de bueyes" a visitar "aquella isla maldita", porque sabemos que, en verdad, nunca olvidará la melopea de los marineros, ni el cofre del tesoro, ni los días de miedo, ni la luz del Caribe encendiendo las arboladuras de la Hispaniola. Y nosotros sabemos que lo mejor de la aventura (y lo mejor de las islas) es su nostalgia.
    Los libros y las islas tienen una secreta afinidad. Estas son, como ya sabemos, una invención de la nostalgia del paraíso y los libros, a su vez, nos enseñan la nostalgia de lo que conocemos al leerlos, o de lo que no podremos vivir como se vive en ellos, tras haberlos leído.
                      
             (José-Carlos Mainer: "De islas y de libros", prólogo a La isla de los 202 libros, Debolsillo, 2008)

José-Carlos MAINER es catedrático de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza.

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