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viernes, 28 de junio de 2013

Javier Tomeo: "Bestiario"

Ilustración del autor

EL CUERVO Y LA PALOMA

       -Entre los antiguos griegos -me susurra la paloma, ahuecando las plumas- fui símbolo de Venus y, por lo tanto, del amor y de la voluptuosidad. Cuando pasé de la mitología pagana a la cristiana, sin embargo, pasé a simbolizar el alma pura que asciende al cielo de los justos y tuve las patas cojas para significar que la Iglesia avanzaba a través del mundo con los pies en la sangre de sus mártires.
     -Pues yo -dice el cuervo desde el viejo olivo- soy ave de mal agüero para los mismos hombres que a ti te glorifican, pero en la India fui sagrada.
      -Carezco de hiel -prosigue la paloma- y por eso no puedo sentir cólera.
    -Los adivinos griegos -añade el cuervo- podían distinguir en mis gritos hasta sesenta y cuatro sonidos, y en cada uno de ellos encontraban un significado especial.
   -Mi carne, en época de celo, infiere gran amor al que come de ella -dice la paloma.
     -La mía provoca alucinaciones -replica el cuervo.
    -Muy bien -dice la paloma, decidida por fin a dejar muy claras las diferencias-, yo fui enviada por Noé para reconocer el descenso de las aguas y regresé con un ramito de olivo en el pico.
    -Yo -grazna el cuervo, sin perder la calma- fui también enviado por Noé para lo mismo, pero no regresé al Arca. Si no lo hice, sin embargo, no fue por falta de buena voluntad. Ya es hora de que se sepa. Yo no tengo esos prodigiosos cristales de magnetita que los hombres han descubierto en la parte anterior de las cabezas de las palomas, y que les permiten orientarse. No sé, tampoco, utilizar el sol como brújula, no detecto los sonidos de baja frecuencia y no puedo percibir la luz ultravioleta y polarizada.
    -¿Y eso qué significa? -le pregunto.
   -Significa -responde el cuervo- que ya es hora  de que los hombres revoquen aquella vieja sentencia que me condenó por egoísta.
    -Después del Diluvio, yo fui sólo un pobre pájaro perdido en la desolación.
                                   ( Javier Tomeo: Bestiario, Las Tres Sorores, Prames, 2000, pp. 98-99)

El escritor Javier Tomeo nació en Quicena, Huesca, en  1932, pero su familia se trasladó a Barcelona, donde Tomeo estudió Derecho y Criminología. Ha publicado unos cincuenta libros de diversos géneros, fundamentalmente novelas y cuentos, además de numerosas colaboraciones en  prensa. Tomeo se aleja del realismo para construir una obra narrativa, de difícil clasificación, sobre la soledad y la incomunicación, en un estilo sobrio, minimalista. En ella se reconoce  la influencia de Kafka, al que llega a través  de  Freud: "Mi mundo y mis personajes han sido el Ello freudiano, lo inconsciente, las pulsiones", ha afirmado.  Comenzó publicando crónicas deportivas  en "La Nueva España" y, posteriormente, relatos breves en "El Noticiero Universal", además de novelas policíacas y del oeste  bajo el  seudónimo de Frantz Keller. En 1967 apareció  su novela El cazador,  sobre un hombre que se encierra en una habitación y se niega a salir. En El unicornio (1971, premio de novela corta Ciudad de Barbastro) los espectadores de una función teatral son liquidados uno a uno. El castillo de la carta cifrada (1979), novela fantástica interpretada como una fábula sobre la imposibilidad de escribir o, en clave política, como metáfora del aislamiento del franquismo, es una de sus mejores novelas. Sus libros se van poblando de seres extraños y monstruosos, que le permiten "señalar defectos y moralizar" porque, opina el autor, "el lector, más que nunca, necesita ser moralizado".  Con Amado monstruo (1985), entrevista de trabajo que va desvelando la extraña personalidad y morfología del candidato, le llega el reconocimiento. Le siguen Historias mínimas (1989), su obra preferida,  complementada con Bestiario (1989), ambas llevadas al teatro en 1999; El gallitigre (1990) y El crimen del cine Oriente (1995), entre otras. Varias de sus novelas han sido adaptadas al teatro y representadas en otros países, sobre todo en  Francia y Alemania, donde goza de enorme reconocimiento. Javier Tomeo falleció en Barcelona el 22 de junio de 2013. Deja una novela inédita, El amante bicolor, y una colección de microrrelatos. En 2005 fue Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza, que presentó su candidatura al premio Nobel en 1999, y premio Aragón a las letras 1994.


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