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domingo, 15 de enero de 2012

"Alhambra", de Jorge Luis Borges


               ALHAMBRA

Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.
Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

(Jorge Luis Borges, de Historia de la noche, 1977)

[Selección del profesor Jose Molina]

   El poema, fechado en Granada en 1976, fue compuesto por Borges con motivo de su estancia en la ciudad en compañía de María Kodama. Borges (1899-1986) había visitado Granada con sus padres siendo un adolescente, y se enamoró de la ciudad. Regresa a ella, anciano y ciego, porque desea mostrársela a su compañera. Antonio Muñoz Molina escribe que María le contó “la impaciencia con que Borges se preparaba aquella mañana para la visita, anticipándole las maravillas que recordaba bien y que ella aún no había visto, tan ilusionado por volver y mostrárselas que hasta se le olvidó que estaba ciego”. María Kodama recuerda también, en una entrevista, la incomodidad que sintió ella cuando se disponían a cruzar una de las puertas de la Alhambra, al leer en una placa de cerámica la inscripción con unos versos de Francisco A. de Icaza: “que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada”. El escritor, al notarlo, la tranquilizó diciéndole: “No te sientas mal. Tú me la enseñarás con los ojos de otro Oriente”, haciendo alusión a la ascendencia japonesa de Kodama.
   El escritor Francisco Ayala (1906-2009) observó que, en el poema, la luminosidad de la Alhambra está percibida por el ciego Borges por medio de los otros sentidos: “Grata la voz del agua / a quien abrumaron negras arenas, comienza recogiendo a través del oído la impresión del paraje que se niega a sus ojos, para apelar en seguida al sentido del tacto: Grato a la mano cóncava / el mármol circular de la columna. Y otra vez al oído: Gratos los finos laberintos del agua […]”. El poema evoca la última tarde del rey Boabdil en la ciudad de Granada, que, perdida para siempre, debe entregar a los reyes cristianos; pero quizá, como intuye Muñoz Molina, el último verso sea también la despedida del propio Borges, que murió diez años después.

Encontrarás más información sobre el autor en “El nombre del blog”.

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