EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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martes, 7 de noviembre de 2017

"El color de las grosellas", un cuento de Teresa Garbí

Ilustración de Inmaculada Martín Catalán


EL COLOR DE LAS GROSELLAS

A Rocío y a Paula López Ruiz.


I

—Ha muerto alguien en la Kampenband —dice la anciana oteando con angustia la borrasca que se cierne sobre las altas praderas.
El niño que la acompaña, su nieto, no dice nada. Mira a su abuela con preocupación. Un trueno explota en el aire y, de pronto, cae una cortina de lluvia.
—No se puede salir a la calle —murmura el pequeño después, sentado en el porche de la casa, mientras ve cómo crecen los arroyos y se precipitan hacia el río que ruge en el fondo del barranco. Su cajón de arena amenaza con desbordarse.
Aparece el abuelo entre la lluvia. Viene de una reunión nacional socialista, en la Fest Halle. Le acaricia la cabeza y entra en la casa. Luego el niño oye voces:
—¿Para qué vas allí?
—Hago lo que me place, mujer. Alguien debe dirigir este país.
—¿De verdad crees que esa gentuza puede dirigir a alguien? El niño oye la voz irritada de la abuela y a continuación la orden de callar del abuelo, que se funde con el resplandor de los rayos allá arriba, en la Kampenband. Retiembla el valle, desaperecen los altos paredones de las montañas que lo flanquean. La lluvia y la niebla cubren el paisaje.
En medio de la tormenta ve a las vacas que ramonean el pasto perezosamente, sin inmutarse. El sonido de alguna esquila brilla en el estruendo. Una ráfaga de niebla y viento borra las vacas y las praderas. El pequeño, sentado en las escaleras del porche, imagina los juegos que compartirá con su amigo en cuanto amaine la tormenta y el sol se lleve el último rastro de la lluvia. Irán a pescar y se bañarán en el río, sin que se den cuenta los mayores.
Pero la lluvia no cesa. Durante un tiempo cae con la misma violencia. La conversación entre los abuelo continúa en un tono de voz airada. Acabará igual que siempre: el abuelo dará un grito y un puñetazo en la mesa y la abuela no tendrá otra salida que callarse, si no quiere que la cosa pase a mayores.
Por encima de la Hoffhalm se ve un trozo de cielo que se ensancha sobre las nubes y luego brilla en el húmedo azul del arco iris, el arco triunfante que se cierne chorreando color sobre el valle. La hierba, las vacas y los abetos destacan, lavados por la luz. El río enfurecido es el único resto de la tormenta: barro y espuma han cambiado el tono esmeralda de las aguas.
Como una aparición ve la imagen del amigo que lo llama de lejos para que acuda a la orilla. Rápidamente, el niño coge un cesto y la caña de pescar, y sin despedirse de los abuelos —en ese momento el abuelo da el puñetazo de rigor—, se marcha corriendo. Aún tiene tiempo de apreciar el aire húmedo y luminoso en su carrera precipitada.
A lo lejos, de la Festhalle, llegan gritos y estruendo que al pequeño le parecen turbios y amenazadores.
Al anochecer suenan músicas militares y los hombres, borrachos, desfilan por las calles del pueblo con fervor guerrero. Los pequeños, que han logrado pescar cuatro truchas, se apresuran a esconder el botín, por si los denuncian. Nadie puede pescar salvo el Barón, dueño de las tierras y de las aguas, habitante del castillo que domina el pequeño pueblo bávaro de Aschau in Chiemgau.
Descalzos y casi desnudos se acercan a ver el desfile. Los hombres los saludan con el brazo en alto y ellos, fascinados por su ímpetu, les devuelven el saludo. Se quedan aún un momento contemplándolos y rápidamente se apresuran a desaparecer, por si acaso.
De camino a casa pasan por la plaza de la Fest Halle. Hay una multitud.
—¿Por qué no entramos? —dice el amigo, apresurándose a esconder las truchas bajo un seto del jardín.
—Sí, vamos —le contesta el muchacho.
Al entrar, la sala los deslumbra por las luces, la música, las mujeres rubicundas con amplios escotes, que los animan a sentarse. Lo hacen casi furtivamente, en un rincón, temiendo que el recibimiento sea un error y los echen a patadas de un momento a otro. Una vez pasado el miedo, observan todo detenidamente. Arriba, en el escenario, cuerpos vigorosos saltan y giran con música estruendosa. El niño se fija en un hombre próximo, vestido de bávaro, como todos, pero con el sombrero repleto de chapas y medallas, coronado con plumas de ganso. Bebe sin parar, una cerveza tras otra. No mira a nadie, no habla con nadie. Devora una ensalada de salchicha y unos panecillos que se lleva a la boca directamente, sin cortarlos. Se le ve rotundamente satisfecho de ser bávaro.
Al volver a casa, ahí sigue el abuelo, frente a una jarra de cerveza, mientras la abuela prepara la cena.
—Mira, lo he oído hablar en München y me parece el hombre que necesitamos ahora. Él nos sacará de esta vergüenza, de esta penuria.
La mujer mueve la cabeza con visible preocupación. En esos momentos el niño, sin decir nada, abre la cesta y muestra dos hermosas truchas sobre un fondo de helechos.
—¿Ves cómo a nosotros no nos hace falta nada? Este niño es una mina —dice la mujer sonriendo, qué hermosa le parece al nieto cuando sonríe, mientras lo abraza. El abuelo se precipita a cerrar la puerta por si alguien se entera de la pesca furtiva que esa noche les ha procurado una buena cena.
Vuelve a su sitio y repite:
—Alguien debe dirigir este país. Sí, lo he visto y parece el hombre que necesitamos ahora. Él nos sacará de esta vergüenza.

II

—Durante la noche, en el piso de arriba, no dejan de llorar —dice la anciana—. Todos los días lo mismo, desde que bajaron el cadáver de la Kampenband, después de la tormenta, al amanecer. Es horrible. No me dejan dormir los sollozos. ¿Y los gritos que llegan de la cervecería? ¡Qué me dices de eso? Tú estás con esa gentuza que no traerá nada bueno.
—Cállate, mujer, no alborotes. Sólo faltaría que alguien te oyera y te denunciara.
—¿Denunciarme a mí? ¡Qué tontería! Estamos en un país libre, ¿no?
—Libres, pero en orden. Cállate, te digo. —El anciano se marcha dando un portazo.
Al momento llaman a la puerta repetidamente. La mujer sale a abrir alarmada: es su nieto que ha venido corriendo y casi no puede hablar.
—Se han llevado a los padres de mi amigo —le dice a la abuela con el terror asomándole a los ojos.
—¿Adónde se los han llevado?
—No se sabe. Dice mi amigo que corren peligro porque son judíos. —Se echa a llorar, abrazándose a su abuela.
—Anda, no llores, no pasa nada —dice la mujer con preocupación pero intentando calmar al pequeño.
—No sabía que fueran judíos —dice la mujer, pensativa—. Antes estas cosas no importaban a nadie. ¿Para qué las iban a decir? Un nuestra familia hay húngaros, gentes del Tirol, de España… ¡Vete a saber cuántos judíos habrá!
El estruendo de canciones de borrachos apaga la voz de la mujer. El niño se abraza a ella con más fuerza y mira hacia la puerta abierta.
—¡Eh, vosotros, salid ahora mismo! —dice una voz masculina. La mujer y el niño se asoman al umbral que da al pórtico. Frente a ellos hay un grupo de hombres fornidos.
—¿Dónde está tu abuelo? —le pregunta uno de ellos.
—No sé —contesta el niño encogiéndose de hombros.
—Le esperaremos —dice el hombre, apartándolos de un empujón. Entra en la casa tambaleándose y los demás, también borrachos, lo siguen. Todos visten traje bávaro.
—Danos de beber, abuela —ordena el que parece el jefe—. Y tráenos algo de comer también.
—No tengo nada y además no creo que os haga mucha falta.
—¿Habéis oído a la vieja asquerosa? Se levanta con ira y le aprieta un brazo.
—Obedece si no quieres que a ti y al niño os pase algo.
La mujer coge las llaves de la alacena y abre la bodega, al fondo.
—Ven conmigo —le dice al niño, inquieta. Se apresuran a llenar varias jarras con cerveza. Sacan también un pan, salchicha y mantequilla.
—Eso está mejor, abuela —dice el hombre.
De la calle llega el ruido de la lluvia, algún grito, unos ladridos.
—¿Y tu marido cuándo llegará?
—No lo sé. Tal vez haya ido a München, a una reunión.
—Ya vuela alto el pajarito. —Los demás ríen estrepitosamente y brindan entrechocando las jarras. Un ruido como de arrastrar muebles y, luego, unos sollozos destacan sobre el jolgorio. El que parece el jefe hace callar a los demás. Escuchan. Los ruidos no cesan, al contrario. El llanto, tampoco.
—¿Quién vive ahí arriba? —Se vuelve a preguntar a la anciana.
—No vive nadie. Se despeñó un muchacho en la Kampenband. Sus padres se fueron lejos de aquí, no soportaban recordar la tragedia cada vez que miraban a la montaña.
—Tú adivinaste que alguien iba a morir, abuela, me acuerdo muy bien —dice el niño.
—Desde entonces se repiten los ruidos de aquel día, los sollozos de la madre cuando recibió el cadáver del hijo. No hacen mal a nadie —concluye la anciana para cerrar la conversación—. Estas cosas suceden así y un buen día, sin saber cómo, desaparecen. Quizá con otra tormenta, con otra muerte, no lo sé.
—Subiremos arriba —dice el hombre poniéndose de pie—. Venga ¿no tienes la llave?
—No hace falta. Desde aquella noche está abierta la puerta.
Los hombres suben las escaleras con desgana y en silencio. Si no fuera por el jefe, para rato se iban a poner a investigar nada. Pero él va delante y les molestaría que los tomase por cobardes.
En el piso de arriba hay dos habitaciones vacías y una cocina que aún conserva el olor acre de la leña humeante y el aroma dulzón de la Sauerkraut y de las salchichas hervidas. No hay nadie. Se han terminado los ruidos y los sollozos. Algo como una tensión eléctrica emite un sonido en sordina. La luz parece encenderse y apagarse en relámpagos, en chispas.
—No hay nadie —repite el jefe en voz alta. Resuena su voz en el silencio. Una ventana golpea con fuerza; un palo de escoba rueda por el suelo. Algo semejante a un llanto retenido choca contra la pared desnuda. Trozos de cal se desprenden y ensucian el suelo.
—Nada, no es nada —repite el jefe, volviéndose a los otros se apresuran a bajar la escalera con más prisa de la debida. Cierra la puerta y un grito agudo, tan intenso como el chasquido de un rayo, amenaza con partir la casa.
—Tú, vieja, ¿no serás una bruja? —le pregunta luego a la anciana, con prevención. Los demás beben para ocultar su miedo.
—Simplemente he aprendido a mirar la Kampenband con los años. Lo que ocurra en el piso de arriba, que no nos pertenece, no es cosa mía —contesta la mujer.
En ese momento se recorta en la puerta la figura del amigo de su nieto.
—Tú, ¿quién eres? —le dice uno de los hombres.
—¿No lo conoces? Es el hijo de los judíos que cazamos ayer —le responde el jefe—. Es amigo tuyo, ¿no? —se vuelve a preguntar al nieto. Éste no contesta. Ha enmudecido de pronto. Tiembla por dentro y teme que se le note. Mira a su amigo, ve ansiedad en su rostro. Lo ve solo, desamparado, en el quicio de la puerta, pues su abuela ha olvidado decirle que pase.
—No, no es mi amigo —dice con decisión—. No sé por qué habrá venido hoy. A veces suele merodear por aquí.
—Sí —dice el amigo desde la puerta—. No tengo qué comer y me toca merodear por el pueblo. He venido a pedir un trozo de pan.
La anciana se apresura a cortar una rebanada de pan y la acerca al amigo que ahora también tiembla.
—Toma, muchacho, y vete de esta casa y no vuelvas más. —Le hace un gesto que quiere decir: “Vete rápido, y vuelve pronto, a la noche, que te daré de comer”.
—No volverá —piensa su nieto, que aún no ha dejado de temblar.
Al poco, todos los hombres se marchan. Llega el abuelo, casi al amanecer. Su mujer y su nieto lo esperan en la oscuridad.
—Un desastre —dice—. No sé qué ocurre. Andan todos enloquecidos por el odio. Cazan a la gente y los mandan a campos de concentración.
—¿Qué es eso? —pregunta el niño.
—Un lugar en donde matan a los prisioneros —dice la abuela con expresión derrotada.
—No lo sabía, mujer. Nunca creí que esa pesadilla pudiera llegar a existir. Yo sólo quería prosperidad y riqueza para nuestra tierra. Me engañaron —dice después de un silencio tenso. El hombre se desmorona y se echa a llorar sobre la mesa.
—Han abierto la veda a los bajos instintos. Cazan a los judíos y luego nos cazarán a todos —sentencia la abuela.
A lo lejos se oye el viento, los cantos de la cervecería, el fragor del río que se precipita hacia el valle, hacia la oscuridad tenebrosa.
En el piso de arriba crujen las maderas y vuelve el llanto. La anciana se acerca a la ventana, sostiene la cortina entre sus manos —cuánta sensación de fuerza le da el roce acostumbrado de la áspera tela—, mira la Kampenband, envuelta en densos nubarrones.
—Tal vez la tormenta se lleve esta desgracia, se lleve nuestras vidas y nos ahorre el sufrimiento.
—Preferiría estar muerto a traicionar a mi amigo —dice el niño arrojándose a los brazos del abuelo para acompañarle en su llanto—. Ya no vendrá nunca más —insiste, pero sus palabras caen en el vacío. Los abuelos están demasiado preocupados como para atender su tristeza.
La oscuridad no acaba de marcharse nunca. El pequeño nunca imaginó que viviría una noche tan larga, que tardaría tanto en salir el sol. Ha llovido sin parar y la lluvia ha amortiguado los sollozos del piso vacío. Se levanta rápidamente y va a la cocina en donde ya está la abuela ante el fuego recién encendido que le ilumina el rostro desencajado.
—¡Ah, estás aquí, hijo mío! —le dice con una sonrisa triste—. Tampoco tú dormías. Anda, vístete. Tal vez tengamos que emprender un viaje a un  sitio más seguro.
—¿Por qué?
—Por nada. ¡Yo qué sé! Tu abuelo nunca debería haberse afiliado al partido de los nazis. Cuando me lo dijo me eché a temblar. Sobre todo, porque para que lo admitieran, tuvo que demostrar que es ario hasta la quinta generación. A nadie se le debe exigir una prueba como esa. Cada uno tenemos derecho a ser lo que somos y a que nos acepten. Lo demás es humillante.
La mujer atiza el fuego. Pone encima una cazuela de leche. El niño advierte que, en realidad, habla consigo misma, sin prestarle atención.
—Dame algo para mi amigo —le dice. La abuela, maquinalmente, corta un buen trozo de pan, lo envuelve en una servilleta.
—Anda, coge unos huevos y un bote de mermelada y llévaselo corriendo, antes de que te puedan ver. Vuelve enseguida. Si tu abuelo se entera de esto, se enfadará con los dos y seré yo quien pague las culpas.
El niño mete en una cesta los víveres, añade un trozo de pastel y una pequeña lechera y sale zumbando hacia la casa del amigo. Para más seguridad da un rodeo por el bosque. A los pocos pasos ya tiene los zapatos húmedos. De los árboles caen ramalazos de lluvia brillante. Aún está oscuro, sobre todo, dentro del bosque. Al pasar por unos setos de grosella aprovecha para coger un buen puñado para su amigo.
—¿Adónde vas? —oye una voz que le hace detenerse. De la zona más boscosa y umbría salen dos hombres con uniforme.
—Cojo grosellas para mi abuela —dice el niño.
—Por aquí no puedes pasar. Venga, lárgate. Estamos de servicio.
Del fondo de unos matorrales sale un gemido que el pequeño reconoce. Mira a los hombres con gesto desencajado.
—¿Qué le habéis hecho a mi amigo? —grita.
Uno de los hombres lo zarandea y a punto está de caérsele la cesta. Pero la noche, la tormenta, el sufrimiento, la conciencia de su horrible traición, le dan una fuerza temeraria. Se zafa de las manos del hombre y se precipita a los matorrales. Ahí está su amigo, con las manos atadas.
No es posible que los segundos crezcan hasta distanciar los pasos de sus perseguidores. El niño saca las grosellas a puñados y se las da a comer a su amigo. Le hace beber leche. Se miran. No sabe si el líquido rojo que le desfigura los labios es el zumo de grosella o tal vez sangre. Luego, le desata las manos, comprueba con horror que tiene una pierna rota.
—No temas, no te abandonaré —le dice, ayudándole a incorporarse—. Apóyate en mí —le ofrece sus débiles hombros ahora iluminados por el sol. Ha cantado el ruiseñor en el silencio puro de la mañana.
—No puede ser que nos ocurra algo terrible en este momento —piensa el pequeño. No, no puede ser.
Oye gritos muy cerca. Tal vez los segundos no puedan dar más de sí y sus perseguidores le den alcance. Tan sólo los separan cuatro pasos, suficientes para comprender que la vida es aún hermosa. Ha cantado el ruiseñor y brilla el sol con la inocencia de todas las mañanas.
—Perdóname —dice el niño en el último momento. Ve una gran mancha roja sobre la tierra y recuerda el carmín profundo de las grosellas cuando su abuela prepara mermelada y él mira su esplendor en lo hondo de la cazuela y ahora en lo hondo de la tierra, donde él mismo y su amigo han ido a parar, en donde brilla, también rojo, el llanto de la casa.

Teresa Garbí, Sakkara, Espuela de Plata, Sevilla, 2015, pp. 132-142

Encontrarás más información sobre la autora y su obra en:

domingo, 5 de noviembre de 2017

"Lope. La Noche. Marta", de José Hierro


Vilhelm Hammershoi, Interior with two candles


Lope[1]. La Noche. Marta[2]           


            He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
            (afuera deja sus constelaciones).
            «Buenas noches, Noche».
            Pasa las páginas de sombra
  5        en las que todo está ya escrito.
            Viene a pedirme cuentas.

            «Salí al rayar el alba —digo—.
            Lamía el sol las paredes leprosas.
            Olía a vino, a miel, a jara»
 10       (Deslumbrada por tanta claridad
            ha entornado los ojos).
            La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
            oye la plata de las campanadas.
            Ante la puerta de la iglesia
 15       me callo, me detengo —entraría conmigo
            si yo no me callase, si no me detuviera—;
            yo sé bien lo que quiere la Noche;
            lo de todas las noches;
            si no, por qué habría venido.

 20      Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
            no dije 
Agnus Dei qui tollis peccata mundi[3],
            sino que dije 
Marta Dei (ella es también cordero de Dios
            que quita mis pecados del mundo).
            La Noche no podría comprenderlo,
 25       y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

            No me pregunta nada la Noche,
            no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
            antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
            Ella ha oído esos versos
 30      que se escupen de boca en boca, versos
            de un malaleche del Andalucía[4]
            —al que otro malaleche de solar montañés
            llamara «capellán del rey de bastos»—
            en los que hace mofa de mí y de Marta,
 35       amor mío, resumen de todos mis amores:

            Dicho me han por una carta
            que es tu cómica persona
            sobre los manteles, mona
            y entre las sábanas, Marta
.

 40      qué sabrá ese tahúr, ese amargado
            lo que es amor.
            La Noche trae entre los pliegues de su toga
            un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
            Una música hilada en la vihuela
 45       del maestro del danzar, nuestro vecino.
            En la cocina la estará escuchando Marta;
            danzará, mientras barre el suelo que no ve,
            manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
            de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos[5].
 50      Danza y barre Marta.

            Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana. Noche.
            Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
            saldré después a decir misa
            —
Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea[6]
  55      luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
            escribiré unas hojas
            de la comedia que encargaron unos representantes.
            Que las cosas no marchan bien en el teatro,
            y uno no puede dormirse en los laureles.

 60      Hasta mañana, Noche.
            Tengo que dar la cena a Marta,
            asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
            cuidar que no alborote mis papeles,
            que no apuñale las paredes con mis plumas
 65       —mis bien cortadas plumas—,
            tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
            (no sabe que el pecado es de los dos),
            y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
            (y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
 70     
Ego te absolvo[7].

            Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
            aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
            de lugares vividos y soñados: de lo que fue
            y que no fue y que pudo ser mi vida.

 75       Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


                      De Agenda, 1991




[1] El escritor Lope de Vega.
[2] Marta de Nevares, el último gran amor de Lope.
[3] Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Comienzo del 
Canto de la Fracción. En el siglo XVII la misa se celebraba en latín.
[4] Se refiere al poeta  Luis de Góngora, uno de los mayores rivales de Lope. 
Quevedo (“otro malaleche de solar montañés”) lo llamó en uno de sus poemas
 “capellán del rey de bastos” porque fue nombrado capellán real por Felipe III 
y por su enorme afición al juego (el rey de bastos es un naipe de la baraja española).
[5] Referencia a los borradores rotos por Lope, pero también a su Soneto CXC,
  “A unos papeles rompidos”, en el que habla de sus "versos de amor". Por tanto, se refiere
a sus versos rotos y a los fragmentos de su vida rota de la que trata en ellos. Marta barre sus
versos y su vida, las experiencias amorosas pasadas de Lope, por eso dice que Marta es
"resumen de todos mis amores" (Rey Hazas).
[6] Fragmento del Salmo 42 (Vg 41): “ ¿por qué te abates, alma mía…?”, que forma parte
del Introito  de la misa.
[7] Fórmula de la absolución en el sacramento de la penitencia.


José Hierro/ Foto: elcultural.com
José Hierro (Madrid, 1922-2002) fue crítico de arte y poeta español perteneciente a    la llamada Generación de posguerra. En su obra caben tanto el testimonio social como la subjetividad intimista. Su producción poética ha corrido paralela a sus incursiones en el dibujo y la pintura, así como en la crítica de arte, que ejerció en distintos medios desde 1944.

Hijo de madrileño y santanderina, cuando tenía dos años su familia se traslada a Santander por cambio de destino de su padre, empleado de Telégrafos. Allí comenzó los estudios de perito industrial, interrumpidos al comenzar la Guerra Civil en 1936; escribió sus primeros poemas (integrados después en el Romancero General de la Guerra de España) y entró a formar parte de la Unión de Escritores Revolucionarios. Al terminar la contienda, fue detenido y encarcelado en septiembre de 1939, bajo la acusación de pertenecer a una organización de apoyo a los presos políticos (uno de los cuales era su propio padre, Joaquín Hierro, que el 18 de julio de 1936 interceptó el cable con el que el Gobierno Civil pretendía sublevar a la guarnición de Santander, por lo que sufrió prisión desde 1937 hasta 1941). Tras dos procesos, el poeta fue condenado a doce años y un día de reclusión, de los que cumplió casi cinco. En ese tiempo recorrió las prisiones de Santander, Comendadoras (Madrid), Palencia, Santander de nuevo, Porlier (Madrid), Torrijos (Toledo), Segovia y Alcalá de Henares. Estas vivencias marcarán profundamente su vida y su poesía. 

En enero de 1944 sale de la cárcel y vuelve a Santander, pero tras el verano marcha a Valencia donde el poeta José Luis Hidalgo* (a quien había conocido en 1936 y al que lo unirá una gran amistad hasta su prematura muerte en 1947) creía haberle encontrado trabajo. En Valencia residió hasta 1946, con José Luis Hidalgo y Jorge Campos. Allí se incorpora al grupo de la revista Corcel y escribe los poemas de Tierra sin nosotros (1947), eco de la experiencia traumática de la guerra, en el que se plantea la poesía como testimonio del tiempo vivido.  Algunos de estos poemas habían sido publicados en las revistas Garcilaso, Corcel y Proel, en la que participará muy activamente desde 1946. Además comienza a escribir los poemas de Alegría (1947, galardonado con el premio Adonáis), en el que, en un estilo sobrio pero cuidado, reivindica la esperanza, la alegría que se ha ganado al espanto: "Llegué por el dolor a la alegría". Estos dos libros representan para Jesús María Barrajón dos caras, melancólica y vitalista, de su existencialismo contenido.

De 1947 a 1952 vive en Santander, donde desempeñó diferentes trabajos para sobrevivir mientras seguía colaborando en la revista Proel y escribiendo. En 1949 contrajo matrimonio con María Ángeles Torres, con quien tuvo cuatro hijos: Juan Ramón (1949, llamado así por el poeta de Moguer), Margarita (1951), Marián (1953) y Joaquín (1960). En 1950 publica Con las piedras, con el viento, centrado en el sufrimiento amoroso,  y en 1952 Francisco Ribes lo incluye en la Antología consultada de la joven poesía española. Ese mismo año se traslada a Madrid porque comienza a trabajar en Editora Nacional y en el Ateneo. Colabora en revistas de información y en Radio Exterior de España y Radio 3. Más tarde se incorpora a Radio Nacional, donde continuará hasta su jubilación en 1987. En 1953 publica Quinta del 42, en el que el paso del tiempo y la derrota son los temas fundamentales de unos poemas que él llamó "reportajes". A este seguirán Estatuas yacentes (1954), Cuanto sé de mí (1957), reconocido con el Premio de la Crítica y el March, y El libro de las alucinaciones (1964), en el que anticipa una línea poética que habría de imponerse más tarde en la poesía española. Finalmente y tras un largo silencio, ven la luz Agenda (1991) y Cuaderno de Nueva York (1998). Su obra fue reconocida con   galardones tan importantes como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1981), el Nacional de las Letras Españolas (1990), el  Reina Sofía (1995), el Premio Cervantes (1998) y el Nacional de Poesía (1999). Aquejado de insuficiencia respiratoria, falleció en Madrid el 21 de diciembre de 2002, a los ochenta años.

Considerado por muchos como un puente entre la generación del 27 y la poesía actual, el propio autor distingue en su producción poética (cuyos principales valores son su honda raíz humana y su prodigioso sentido del ritmo) una doble orientación, hacia el realismo y hacia el irracionalismo: los reportajes (poemas de carácter narrativo, que parten de un hecho real y emplean un lenguaje sencillo; se diferencian de la prosa "gracias al ritmo oculto y sostenido, que pone emoción en sus palabras fríamente objetivas") y las alucinaciones (donde predomina la subjetividad y los componentes irracionales, en los que todo parece "como envuelto en niebla").

"Lope. La Noche. Marta" es el último poema de la última sección de Agenda, titulada "Nombres propios". En él, como observa Gregorio Torres Nebrera ("Lope. La Noche. Marta". La alucinación de José Hierro), recrea un momento de la vida del escritor Lope de Vega, en torno a 1630 o 1632, poco antes de la muerte de Marta de Nevares y cuando Lope se hallaba ya en la setentena, una edad similar a la de José Hierro cuando compuso el poema. Para Rosa Navarro Durán, esta composición es "el gran poema de amor de la vida de Lope."

Marta de Nevares, madrileña educada en Alcalá de Henares,  era una mujer culta y refinada,  de gran belleza, a quien Lope, en la dedicatoria de su comedia La viuda valenciana, describió con elogiosas palabras: "tenía los ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizados y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la danza".  Había nacido hacia 1591, y en 1604, cuando tenía trece años, fue obligada a contraer matrimonio con  el hombre de negocios Roque Hernández de Ayala ("un fiero Herodes", según Lope), con quien tuvo dos hijos.
   Lope y Marta se conocieron en 1616  durante una fiesta poética celebrada en un jardín madrileño. Ella tendría unos 26 años y el escritor, con 55, era casi un viejo para la época y se había ordenado sacerdote poco antes. Lope estaba más enamorado que nunca, como confiesa en una carta al duque de Sessa, en la primavera de 1617: "Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo". El amor triunfó, como indica Torres Nebreda,  sobre los numerosos obstáculos que debieron vencer: la diferencia de edad, los constantes problemas con el marido de Marta, el escándalo por ser Lope sacerdote y Marta mujer casada,  la enfermedad de esta y los muchos sufrimientos que les deparó la vida. Pronto iniciaron una relación  semiclandestina y después Lope la llevó a vivir a su casa en la madrileña calle Francos (hoy Cervantes, 11), en la que convivieron durante dieciséis años. En 1617 tuvieron una niña, Antonia Clara, inscrita como hija de Roque, y al año siguiente les nació un niño muerto. Ese mismo año, Marta inicia una serie de pleitos con su marido para obtener la anulación del matrimonio, problema que vino a resolver la inesperada muerte de Roque en 1619. Marta (la Amarilis de su epistolario amoroso y la Marcia Leonarda de Novelas a Marcia Leonarda y de la dedicatoria a La viuda valenciana) empezó a perder la vista en 1622 y en 1627 había quedado  ciega. Lope la cuidó durante estos años y siguió haciéndolo después, cuando en 1928 empezó a sufrir ataques de locura, hasta su muerte, acaecida en casa del escritor en la primavera de 1632. Para evitar más habladurías, los funerales fueron sufragados por Alonso Pérez, editor y amigo del poeta. Lope murió tres años después.

El poema es un monólogo en el que Lope conversa con la Noche hablándole de su vida con Marta. Sus sentimientos se mezclan con el sentimiento de culpa, los asuntos de la vida cotidiana, las burlas malintencionadas de sus enemigos Góngora y Quevedo, y  "se tiñen de una tristeza empapada de cariño", añade Torres Nebrera, que escribe:
Hierro evoca a los amantes en los momentos más sosegados, en los años "de senectute" del poeta, cuando es preciso que el escritor sacerdote y anciano eche la vista atrás, contemple el camino recorrido y valore lo que tiene a su lado: una pobre mujer ciega y loca. Es el momento en que Lope se para a reflexionar, tiene la ocasión de arrepentirse, y de pedir perdón a la Noche e incluso a la misma mujer que ha compartido sus últimos años. A los dos, en realidad, los visita esa Noche, que parece más oscura que nunca pues se desase de sus hermosas estrellas, de sus luminarias intensas y bellísimas ("afuera deja sus constelaciones") y se presenta revestida de su carácter de "noche oscura", al modo de como la utiliza el simbolismo místico, sanjuanesco en concreto (y Juan de la Cruz es otro poeta admirado y considerado por el autor de este poema).
Está formado por setenta y cinco versos (alejandrinos, endecasílabos y eneasílabos, preferentemente) y dividido en tres secuencias de veinticinco versos cada una, que se inician con la alusión a la Noche: "Buenas noches, Noche", "No me pregunta nada la Noche", "Hasta mañana, Noche". Todo en el poema gira en torno al número tres, como observa Antonio Rey Hazas ("José Hierro y Lope de Vega: Lope. La noche. Marta"), para quien los tres personajes se corresponden con tres momentos de una sola noche:
En un primer momento [...], en la primera parte [...], Lope aparece solo con La Noche, mientras Marta está únicamente en su memoria aunque ocupe inconscientemente en ella el lugar de Dios. Poco a poco, durante la segunda parte [...], la Noche va perdiendo importancia y Marta empieza a vislumbrarse, a entreverse, sin aparecer aún. Finalmente, en la tercera [...], Marta es ya la referencia fundamental, la presencia clave del poema, al tiempo que La Noche desaparece definitivamente.
Añade Rey Hazas que el título indica con precisión la importancia de cada personaje: la presencia de Lope lo domina todo, mientras que Marta, siendo la motivación del poema, solo aparece al final, pues está ciega y loca, por lo que Lope empieza a estar verdaderamente solo, "empieza a caminar consigo y con sus 'pensamientos', con su Noche, hacia sus 'soledades' ". Así,  el poema "va cobrando una mayor fuerza dramática conforme se acerca al final", como ha observado Jesús María Barrajón, para quien el momento de la confesión, con las dos confidencias de Marta "sugieren implícitamente uno de los contrastes centrales del poema: sacerdote/amante".

 La Noche, según Torres Nebreda, "sugiere tanto la conciencia del yo lírico como la muda y elocuente presencia del otro, y finalmente la sombra de la noche será una manera de personalizar también la ausencia de luz  y de pensamiento (la ceguera y la locura) de la mujer".

Yolanda Soler Onís (José Hierro: "La biografía de un pájaro se resume en su canto" Una poética confirmada) señala, por su parte,  la presencia en el poema de muchas de las características de la poesía de José Hierro:
Recursos tales como las distintas voces; el uso del paréntesis, del encabalgamiento, de la enumeración; la utilización de fórmulas, citas, coplas. Incluso el mar [...] es atraído hasta el escenario castellano en el que se sitúa el poema. También se dan cita en este texto las preocupaciones más recurrentes del poeta, por un lado la noche y el mundo de los sueños perdidos y, por otro, presidiéndolo todo, el amor.

-También puedes leer su poema "Ballenas en Long Island": AQUÍ.



*Entrada relacionada:

jueves, 2 de noviembre de 2017

Tres microrrelatos de Fernando Iwasaki

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LA MUJER DE BLANCO


Cuando les conté que había visto a una señora vestida de blanco vagando entre las lápidas, un helado silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguía volviendo después de tantas bendiciones, conjuros y exorcismos? Después de todo la mujer de blanco era una aparición amable, siempre con un ramo en los brazos y como flotando a través de la niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de la cripta. Nunca más regresó a dejar flores en el viejo cementerio.


LAS RELIQUIAS

Cuando la madre Angelines murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se esparcía por todo el claustro desde su celda. "Son las señales de su santidad", proclamó sobrecogida la madre superiora.
     "Nuestro tesoro será descubierto y ahora el populacho vendrá en busca de reliquias y el obispo nos quitará su divino cuerpo". Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus huesos eran dulces. 


LA CUEVA

Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
      He oído que mamá ha muerto.


                                       De Ajuar funerario, Páginas de Espuma, 2004



Fernando Iwasaki (2017)
Fernando Iwasaki Cauti (Lima, Perú, 1961) es narrador, ensayista, crítico e historiador. Hijo de un coronel del Ejército peruano y nieto de un japonés afincado en Lima, es el segundo de siete hermanos. Estudió en el colegio de los hermanos maristas Marcelino Champagnat (en el que Vargas Llosa situó parte de la acción de Los cachorros), en el exclusivo distrito limeño de Miraflores, y en la Pontificia Universidad Católica de Perú (PUC), donde posteriormente fue docente en la cátedra de Historia de Perú entre 1983 y 1984. Tras obtener una beca de investigación en 1984, se instaló en Sevilla, donde se dedicó a la investigación en el Archivo General de Indias, hasta enero de 1986. En este año contrae matrimonio en Lima con la artista sevillana María Ángeles Cordero Moguel (Marle), con quien tendrá tres hijos, y gana una plaza como profesor titular en el Departamento de Humanidades de la PUC, donde impartirá clases hasta su traslado a Sevilla en 1989.  En esta ciudad reside actualmente y se  doctoró en Historia de América en la Universidad Pablo de Olavide, con la tesis Lo maravilloso y lo imaginario en la Lima colonial.

Como especialista en gestión cultural ha dirigido el área de cultura de la Fundación San Telmo de Sevilla, fue director de la Fundación Alberto Jiménez-Becerril contra el terrorismo (1998-2001) y del Aula  de Cultura de ABC de Sevilla. Desde 1995 dirige la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Ha sido colaborador de La Prensa (1983-1984), Expreso (1986-1989), Diario 16 (1991-1996), El País (1997-1998), La Razón (1998-2000), Diario de Sevilla (1999-2000), El Mercurio de Chile (2005-2014) y del suplemento literario Laberinto, del diario mexicano Milenio (2006-2010); actualmente es columnista del diario ABC  para sus ediciones de Madrid y Sevilla. Dirigió la revista literaria Renacimiento, de Sevilla, desde 1996 hasta su desaparición en 2000. Es socio de honor de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. Desde 2015 imparte clases de Retórica y Comunicación argumentativa en la Universidad Loyola Andalucía.

Como creador literario se ha centrado principalmente en el relato breve, con libros como Tres noches de corbata (1987), A Troya, Helena (1993), Inquisiciones peruanas (1994, 2007), Un milagro informal (2003), Ajuar funerario (2004), Helarte de amar (2006), España, aparta de mí estos premios (2009),  Papel carbón. Cuentos 1983-1993 (2012) y la antología Es difícil hacer el amor (humor) pero se hace (La Habana, 2014) ; pero también ha publicado las novelas Libro de mal amor (2001) y Neguijón (2005). Sus relatos han sido recogidos en varias antología de España y América Latina. Ha sido traducido al ruso, inglés, francés, italiano, rumano y coreano. 

Es autor, asimismo, de varios ensayos, como Nación peruana: entelequia o utopía (1988), Mario Vargas Llosa, entre la libertad y el infierno (1992), El descubrimiento de España (1996), Mi poncho es un kimono flamenco (2005), rePUBLICANOS. Cuando dejamos de ser realistas (2008, VI Premio Algaba de Ensayo), Nabokovia Peruviana (2011) o Mínimo común literario (Lima, 2015),  así como de libros de crónicas: El sentimiento trágico de la liga (1995), La caja de pan duro (2000), Sevilla, sin mapa (2010), Una declaración de humor (2012, Premio Bodegas Olarra-Café Bretón), Desleídos y efervescentes (Santiago de Chile, 2013), El laberinto de los cincuenta (México, 2014) y Somos libros, seámoslo siempre (2014). Además, ha editado la antología de relatos andaluces Macondo boca arriba (México, 2006) y coeditado, con Jorge Volpi,  los Cuentos completos de Edgar Allan Poe (2008) y con Gustavo Guerrero, la antología de cuento latinoamericano Les bonnes nouvelles de l'Amérique latine (París, 2010).

Ha recibido también los siguientes premios: tercer premio en la IV Bienal del Cuento Copé, con el relato "El tiempo del mito" (1985); Premio Nacional de Ensayo Alberto Ulloa con el trabajo "Ambulantes y comercio colonial: dinámica social de un proceso de conflicto" (1987); I Premio de Periodismo de la Fundación de Fútbol Profesional, en 1994; en 1996, el Conference on Latin American History Grant Award (Nueva York) por un artículo publicado en la revista Hispanic American Historical Review; en 1998 gana la X Bienal de Cuento Copé con el relato "El derby de los penúltimos", y en 2015, el premio "Don Quijote" de la XXXII edición de los Premios Rey de España de Periodismo, por el ensayo "La Mancha Extraterritorial", publicado en el diario chileno El Mercurio.


domingo, 29 de octubre de 2017

"Estelas", de Mercedes Escolano

Estela funeraria del uxamense Licinio. Museo de Soria
[los viajes de cayo bracus-wordpress.com]



I

Viajero que llegas de otras tierras 
y pasas al lado de mi tumba,
detén tu litera y mira un breve instante
el mensaje que ha grabado el pedrero:
cuanto atesoré en vida quedó entre vivos,
la hierba que me cubre es toda mi riqueza.

IV

Quien lloró de amor por una mujer
llore conmigo en esta tierra ingrata.
Extranjero fui en su corazón,
extranjero lejos de mi patria.
Dos dolores para un mismo pecho.

XIV

Bajo el tambor de la batalla cayó
mi cuerpo herido y con las pompas
propias de un héroe fui enterrado.
Mas mi espíritu aguarda, despierto,
a que suene la flauta de Dioniso.

XV

Coronado de rosas y jazmines,
bajo el sol radiante de agosto,
la blancura del mármol juega
a imitar la nieve perpetua 
de tus labios. Entre el invierno
y el estío hay una estación
-la añoranza- aún más dolorosa.

XXI

Aprendí de los libros cuanto ellos
quisieron enseñarme. El resto
escrito estaba en las orillas 
del mar: flujo y reflujo constante,
sólo la muerte explica la vida.

       De Estelas, Torremozas, 1991



Estelas, 
tercer libro de Mercedes Escolano, está formado por tres partes o secciones: "Estelas", que da nombre al libro, "Soldado raso" y "Antinomia".  El término estela no hace aquí referencia al rastro que deja en el agua o en el aire un cuerpo en movimiento, sino a las estelas funerarias (monumentos normalmente monolíticos), en cuyas inscripciones  o epitafios se informaba sobre la identidad del fallecido (nombre, edad, profesión) y sobre  el familiar que se la dedicaba; en ocasiones se añadía los logros en vida del difunto o alguna frase afectuosa. Cuando las necrópolis romanas se encontraban a las afueras de las ciudades, principalmente a los lados de las vías, era inevitable que los viandantes leyeran las inscripciones, de forma que el difunto fuera recordado más allá de la muerte; por ello era normal encontrar en los epitafios alusiones a los viajeros (como en I) e incluso pedirles que rogaran "que la tierra te sea leve". La sección "Estelas" consta de cuarenta y cinco breves y hermosas composiciones que son otros tantos cantos funerarios  a la manera de las antiguas inscripciones grabadas en la piedra de las estelas. 


Sobre Estelas, reeditado en 2005 por El toro de barro, ha escrito Carlos Morales [eltorodebarro.blogspot.com.es] que  la autora "utilizó todo su poder evocador de una Roma reducida a escombros tras el paso de la muerte, para resucitar con la delicada y sobria precisión de sus versos las ambiciones, las debilidades y los sueños de los hombres y mujeres que fueron de otro tiempo, pero que en manos de su autora, nos son tan familiares que su sola evocación nos sobrecoge...".