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viernes, 26 de septiembre de 2014

Una biblioteca de instituto en "Una habitación en Babel", de Eliacer Cansino



Por su condición de docente, el escritor Eliacer Cansino (Sevilla, 1954) conoce bien la problemática de las bibliotecas de los centros de enseñanza, carentes en muchos casos de recursos materiales y humanos. La situación de la biblioteca del instituto donde trabaja Ángel, personaje de Una habitación en Babel, es una excelente muestra:

La biblioteca está, como casi siempre, cerrada. Últimamente, los profesores no saben qué hacer con ella. Falta espacio en el centro y sobran los libros. Ángel ha intentado abrirla, establecer unos turnos de guardia, pero parece que lucha contra gigantes: que si ya verás como no sirve de nada, que si antes que estar cuidando la biblioteca hay que vigilar los pasillos, que para qué abrirla si acuden solo para comer y charlar, que van a robar los vídeos, que si no hay un vigilante, mejor que no entren, que las vitrinas tienen que estar cerradas con llave, que es preferible que bajen allí los castigados que merodean por todo el instituto y no sabemos dónde meterlos… Unos por convicción de que el orden bibliotecario es la manera que tienen de vivir los libros y que es preferible no abrir que desordenar, y otros porque están cansados, aburridos de intentarlo; los unos por los otros, la casa sin barrer. En realidad la biblioteca es el calabozo de los libros. Se les oye gritar, removerse en los estantes, golpear los cristales de las vitrinas, quieren salir, quieren que alguien los lea. Sus historias no avanzan sin los lectores. En el estante de novela española alguien tomó Tiempo de silencio y no prosiguió su lectura, dejó al Muecas con el ratón mordiéndole la mano, ahí se detuvo, dejó de leer y no volvió. El Muecas sigue con esa mordedura infinita, inacabable, y se le oye gritar, en su lengua resuelta y clara sin puntos ni comas, que alguien lea por favor, que alguien siga adelante hasta donde el ratón suelta el dedo. En la sección de teatro, Luces de bohemia ha quedado con un separador en la escena del cementerio: Rubén y el Marqués mantienen una disputa eterna sobre si cementerio o camposanto, si oscuridad o luz. Y nadie los saca de ese recinto de muerte. Espera Melibea la llegada de Calixto y el alba se ha detenido como una flor enferma, en la que Calixto no aparecerá si otro joven enamorado del amor no entra, toma el libro y lee; detenidas las mariposas blancas en Platero, el guardia de los consumos no sabe si dejarlo o no pasar y Juanra no termina de decir que es solo alimento ideal lo que llevan; lo intenta no obstante, tartamudea, se le oye como un fantasma que quisiera hablar y olvidó la lengua, la lengua que fue su médula, Juanra sin médula, transparente ya y atrapado. No todos oyen. La mayoría pasa y no escucha el griterío, el dilema de Hamlet, las razones de la sinrazón de don Quijote, las blasfemias de don Juan, las humildes palabras con que Juan de la Cruz agradece el amor… Pero Ángel sí los escucha, oye la algarabía, la confesión, la amenaza, la orden, la inmodestia, el ¡ay, infelice, ¡la botella de ron!, el vivo sin vivir en mí… y no puede soportarlo, introduce la llave, abre la puerta de la biblioteca y con el espanto contenido de verse venir contra él el tropel de ese ejército anárquico y ucrónico, ve en cambio que se hace el silencio. Un silencio sepulcral, de cementerio, no, de camposanto, mejor de camposanto que tiene una lámpara -insiste solo la voz de Rubén que no se calla ni debajo del agua-, silencio porque no quieren asustar a nadie y porque conocen la regla del juego, la ley profundísima que rige desde siempre la naturaleza de los libros, como un precepto mayor, inviolable: son los lectores quienes eligen, la libertad de ellos es nuestra libertad. Y espera, eso sí, cada uno en su temblor, la mano de nieve que venga a salvarlos. 
                                                             (Eliacer Cansino, Una habitación en Babel, pp. 113-115)

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