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jueves, 5 de marzo de 2020

"La última clase", un cuento de Alphonse Daudet

Albert Anker, Escuela rural

La última clase
(Relato de un niño alsaciano)

Aquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía ni una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de los campos.

¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía a los mirlos silbar en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el aserradero, a los prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho más que la regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí apresuradamente hacia la escuela.

Al pasar por delante de la Alcaldía vi una porción de gente parada frente al tablón de anuncios. Por él nos venían desde hacía dos años todas las malas noticias, las batallas perdidas, las requisiciones, las órdenes de la Kommandature, y,  sin pararme, me preguntaba para mis adentros: "¿Qué es lo que todavía puede ocurrir?".

Entonces, al verme atravesar la plaza a la carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me gritó:

—No te molestes tanto, muchacho, todavía llegas a la escuela bastante a tiempo.

Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin aliento en el patio de la escuela.

De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba un gran alboroto, que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y cerrábamos; las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos los oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que golpeaba la mesa:

—¡Silencio! ¡Un poco de silencio!

Yo contaba con este jaleo para deslizarme en mi banco sin ser visto; pero precisamente aquel día todo estaba tranquilo como la mañana de un domingo. Por la ventana, abierta, veía a mis compañeros alineados en sus sitios, y al señor Hamel, que pasaba y repasaba, con su terrible palmeta bajo el brazo. No hubo más solución que abrir la puerta y entrar en medio de aquel inmenso silencio. ¡No les digo si estaría avergonzado, ni el pánico que tendría!

Pues bien: ¡no! El señor  Hamel me miró sin cólera y me dijo dulcemente:

—Siéntate pronto, hijo mío; íbamos a comenzar sin ti.

Me monté sobre el banco, y en seguida me senté al pupitre. Fue entonces cuando, algo recobrado de mi pavor, eché de ver que el maestro se había puesto su hermosa levita verde, su chorrera rizada y el gorro bordado de seda negra, que sólo sacaba los días de inspección o de distribución de premios. Además, la clase entera tenía un no sabía qué extraordinario, solemne; pero lo que me sorprendió más fue ver en el fondo de la sala, en los bancos que solían quedar desiertos, unos cuentos viejos sentados, silenciosos como nosotros: el anciano Hauser, el antiguo alcalde, el cartero viejo y otros cuantos. Todos ellos parecían tristes, y Hauser había llevado un silabario, roído por los bordes, que sostenía en las rodillas abierto, con las gruesas gafas entre las páginas.

Mientras yo hacía estas extrañas observaciones, el señor Hamel se había subido a su tribuna, y con la misma voz grave y dulce con que me había recibido, nos dijo:

—¡Hijos míos!, es el último día que les doy clase. Ha llegado de Berlín la orden de que no se enseñe más que el alemán en las escuelas de Alsacia y Lorena... El maestro nuevo llega mañana. Hoy es nuestra última lección de francés; les suplico que pongan toda su atención.

Estas cuatro palabras me trastornaron por completo. ¡Miserables! Esto es lo que nos preparaban con el bando de la Alcaldía.

¡Mi última lección de francés! ¡Y yo que apenas sabía escribir! Entonces, ¡yo no lo aprendería nunca! ¡No pasaría de ahí! ¡Cómo me reprochaba a mí mismo el tiempo perdido, los novillos que había hecho para ir a nidos o a patinar sobre el Saar! Mis libros, que hacía poco me aburrían tanto y tanto me pesaban en la mano, mi Gramática, mi Historia Sagrada, ahora me parecían viejos amigos, de quienes me costaría mucho trabajo separarme. Lo mismo que el señor Hamel. La idea de que iba a marcharse, de que ya no lo vería más, me hacía olvidar los castigos y los palmetazos.

¡Pobre hombre! Se había puesto su traje bueno de los domingos en honor a la última clase. Ahora ya comprendía también por qué estos viejos del pueblo habían venido a sentarse en lo último de la sala. Parecía que sentían no haber venido más a menudo; era también una manera de dar las gracias al maestro por sus cuarenta años de buenos servicios, de ofrecer sus respetos a la patria que se marchaba con él...

Estaba en este punto de mis reflexiones, cuando oí que el maestro me llamaba. Me había llegado el turno. ¡Qué no habría dado yo por poder decir de un tirón aquella terrible regla del participio, muy alto, muy claro, sin una sola falta! Pero a las primeras palabras me embrollé, y allí me quedé, de pie, balanceándome en el banco, con el corazón en un puño y sin atreverme a levantar la cabeza. El señor Hamel me iba diciendo:

—No te riño, pobrecito; bastante castigado estás... Pero, mira, las cosas son así. Todos los días nos decimos: ¡Bah!, tengo tiempo, ya estudiaré mañana, y luego, aquí tienes lo que pasa. ¡Ay! Ésta ha sido la gran desgracia de nuestra Alsacia: dejar siempre su instrucción para mañana. Ahora esa gente tiene derecho a decirnos: "Pero ¿cómo? ¿Pretenden ser franceses y no saben hablar su lengua? De todo ello, tú no tienes mucha culpa; todos nosotros tenemos muchas cosas que echarnos en cara. A sus padres no les ha importado gran cosa verlos instruidos; les parecía mejor mandarlos a trabajar la tierra o a las fábricas, para reunir unos cuantos céntimos más. Y yo mismo, ¿no tengo algo que reprocharme también? ¿No les hacía muchas veces regar mi jardín en vez de estudiar? Y cuando quería irme a pescar truchas, ¿me violentaba algo para mandarlos a paseo?

Y después, de una cosa en otra, el señor Hamel llegó a hablarnos de la lengua francesa, diciendo que era la lengua más hermosa del mundo, la más clara, la más sólida; que era preciso guardarla entre nosotros y no olvidarla nunca, porque cuando un pueblo cae en la esclavitud, si conserva bien la lengua propia, es como si tuviera la llave de la prisión*. Después cogió una gramática y nos leyó la lección; yo estaba asombrado de ver cómo lo comprendía; todo lo que decía me pareció fácil, facilísimo. Acaso fuera que nunca había escuchado con tanta atención y que tampoco él había puesto tanta paciencia en sus explicaciones. Se diría que el pobre quería infundirnos todo su saber antes de marcharse, que nos lo quería meter de golpe en la cabeza.

Cuando hubo terminado la lección pasamos a la escritura. El maestro nos había preparado modelos nuevos, sobre los que había escrito con una hermosa letra redonda: Francia, Alsacia, Francia, Alsacia. Parecían banderitas que ondeaban por toda la clase, colgadas como de un mástil sobre nuestros pupitres. ¡Era de ver cómo nos aplicábamos todos! ¡Qué silencio! No se oía más que el rasguear de las plumas sobre el papel. Por la ventana entraron zumbando unos abejorros; nadie paró en ellos, ni siquiera los pequeñuelos, que no levantaban  cabeza, trazando sus palotes con tanta afición como si fueran francés también.

Sobre el tejado de la escuela, las palomas se arrullaban dulcemente; al oírlas me preguntaba: "¿Las obligarán también a arrullarse en alemán?".

De vez en cuando levantaba los ojos de mi plana y veía al señor Hamel, inmóvil en su silla, mirando fijamente los objetos a su alrededor, como si quisiera llevarse en la mirada toda su escuela. ¡Figúrense! Desde hacía cuarenta años estaba allí; en el mismo sitio, con el patio enfrente y la clase siempre parecida; sólo los bancos, los pupitres, se habían lustrado, bruñidos por el uso; los nogales del patio habían crecido, y la enredadera, plantada por su mano, festoneaba las ventanas y subía hasta las tejas. ¡Qué tortura debía ser para aquel pobre hombre dejar todas estas cosas y oír a su hermana, que trajinaba en el piso de encima haciendo las maletas!... Porque debían partir al día siguiente, ¡irse de su tierra para siempre!

Sin embargo, aún tuvo ánimos para darnos la clase de cabo a rabo. Después de la escritura dimos la lección de historia; más tarde, los más pequeños cantaron juntos el ba, be, bi, bo, bu. Allá en lo último de la sala, el viejo Hauser se había puesto los espejuelos, y, con la cartilla abierta, deletreaba a coro con ellos. Se veía que también él se aplicaba; su voz temblaba de emoción y era tan gracioso oírlo, que teníamos ganas de reír y llorar a la vez. ¡Ay! ¡Siempre me acordaré de esta última clase!

En esto, el reloj de la iglesia dio las doce; después, sonó el Ángelus. En el mismo momento, los sonidos de las trompetas de los prusianos, que volvían de la instrucción, estallaron bajo las ventanas. El señor Hamel se levantó de su asiento completamente demudado; nunca me había parecido tan grande.

—Hijos míos —dijo—; hijos míos... Yo... yo...

Pero algo lo ahogaba, y no pudo terminar la frase.

Entonces se volvió hacia la pizarra, cogió la tiza y, calcando con todas sus fuerzas, escribió en trazos tan gruesos como pudo:

"¡VIVA FRANCIA!"

Y allí se quedó, la cabeza apoyada contra la pared. Y, sin hablar, nos hacía con la mano señas que querían decir:

—Se ha acabado... Salgan.


*"Si conserva la lengua, tiene la llave que le liberta de sus cadenas". F. Mistral. (N. del A.)


        (De Cuentos del lunes,1873. En Antología de cuentos franceses: vol. 2. Ed. BM, 2015)


Alphonse Daudet (IMDb)
Alphonse Daudet (Nîmes, 1840-París, 1897) fue un novelista francés famoso por sus relatos sobre su Provenza natal. Tras la ruina económica de sus padres, dedicados al comercio de la seda, la familia marchó a Lyon y él se dedicó a la enseñanza en Alès. Pero en 1857 en compañía de su hermano mayor,  Ernest, marchó a París, donde trabajó como secretario del duque de Morny, director de 'Le Figaro'. Al año siguiente, con tan solo dieciocho años, publicó el libro de poemas titulado Les Amoureuses, que le dio alguna notoriedad y le permitió empezar a escribir en periódicos y revistas. Hacia 1861 comenzaron sus colaboraciones en 'Le Figaro', y en 1867 contrajo matrimonio con la escritora Julia Allard, con quien tuvo dos hijos y una hija. En 1870 participó en la Guerra Franco-Prusiana. Fue miembro de la Academia Goncourt (1874-1880) .

Evocó su infancia en Provenza  en Cartas desde mi molino (1869), su célebre colección de cuentos publicada en 1866 en 'Le Figaro'; en la novela semiautobiográfica Poquita cosa (1868) y en su obra más internacional, la trilogía sobre  el divertido pícaro provenzal Tartarín, formada por Tartarín de Tarascón (1872), Tartarín en los Alpes (1855) y Puerto Tarascón (1890). Cuentos del lunes (1873) es una serie de relatos basada en sus experiencias durante la Guerra Franco-Prusiana. También hizo su incursión en el teatro con el drama La arlesiana (1872), cuyo argumento procede de uno de los relatos de Cartas desde mi molino,  inmortalizado por Bizet en una de sus piezas musicales. Bajo la influencia del realismo y el naturalismo, escribió las novelas Fromont el joven y Risler el mayor (1874), Jack (1876), El nabab (1877), Numa Roumestan (1880), Safo (1884) y El inmortal (1888). Es autor asimismo de dos volúmenes de memorias, Treinta años de París y Recuerdos de un hombre de letras, publicados en 1888.

La Guerra Franco-Prusiana, que inspiró los Cuentos del lunes, tuvo lugar entre el 19 de julio de 1870 y el 10 de mayo de 1871. Concluyó con la victoria de Prusia y sus aliados. Como consecuencia de ello, el nuevo Imperio alemán se anexionó Alsacia y la parte norte de Lorena, hasta entonces territorios franceses. "La última lección", el relato más famoso de la colección,  es la historia de un niño alsaciano que asiste a la ocupación de su patria por las tropas prusianas y a la prohibición de usar la lengua francesa, cuya enseñanza va a ser sustituida en la escuela por la del alemán.

Este cuento tiene una importancia capital en la evolución del protagonista de Sostiene Pereira, la famosa novela de Antonio Tabucchi. El  viejo Pereira es un periodista portugués que en el verano de 1938, en plena dictadura de Salazar, se ocupa de la sección cultural del vespertino 'Lisboa'. Entusiasta admirador de la literatura francesa del XIX, mientras descansa en una clínica talasoterápica, le cuenta a su médico, el doctor Cardoso, su intención de publicar este cuento, cuyo argumento le resume*:
Verá, dijo Pereira, se llama La dernière classe, habla de un maestro de un pueblo francés en Alsacia, sus alumnos son hijos de campesinos, pobres muchachos que tienen que trabajar en el campo y que faltan a sus clases y el maestro está desesperado. [...] Y, en fin, continuó, se llega al último día de la escuela, la guerra franco-prusiana ha terminado, el maestro aguarda sin esperanza que llegue algún alumno y, en cambio, llegan todos los hombres de aquel pueblo, los campesinos, los viejos del lugar, que vienen a rendir homenaje al maestro francés que ha de partir, porque saben que al día siguiente su tierra será ocupada por los alemanes, entonces el maestro escribe en la pizarra "Viva Francia", y se marcha así, con lágrimas en los ojos, dejando en el aula una gran conmoción.
El doctor Cardoso expresa sus dudas de que el texto sea bien recibido ya que se trata de un cuento contra Alemania "y Alemania es intocable en nuestro país". La conversación de Pereira con el director del periódico tras la publicación del relato, dejará en evidencia la falta de independencia de la prensa, así como  el seguidismo del gobierno de Portugal respecto de la Alemania nazi, tanto en política interna como en política exterior, confirmando las opiniones del médico.

*Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira, RBA, Narrativa de Hoy, Barcelona, 1997, pp. 102-103.

Alphonse Daudet

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