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domingo, 10 de julio de 2016

Tres poemas de Yves Bonnefoy




           La lluvia de verano

                I
El más querido y no por eso
Menos cruel
De todos nuestros recuerdos, la lluvia de verano
Repentina, breve.
Salíamos, y era estar
En otro mundo
Nuestras bocas se embriagaban
Del olor de la hierba
Tierra
El manto de la lluvia se extendía sobre ti.
Aquello era como el seno
Que hubiese soñado un pintor.

                II
Y de pronto en el cielo
Percibíamos
Ese oro que la alquimia
Había buscado tanto.
Lo tocábamos, brillante
Sobre las ramas bajas,
De aquello amábamos el gusto
Del agua, sobre nuestros labios.
Y cuando recogíamos
Ramas y hojas secas
Ese humo al final de la tarde, brusco, ese fuego,
Era también el oro.

            De La lluvia de verano (1999). Versión de William Guaregua

               

     La rapidez de las nubes

La cama, la ventana cercana, el valle, el cielo,
La rapidez espléndida de esas nubes,
La súbita garra de la lluvia en los cristales
Como si la nada rubricase el mundo.

En mi sueño de ayer
El grano de otros años ardía a fuego lento,
Sin calor, en el suelo embaldosado.
Descalzos, lo apartaban nuestros pies como un agua límpida.

¡Oh amiga mía,
Qué distancia tan débil separaba nuestros cuerpos!
La hoja de la espada del tiempo que merodea
Hubiese allí buscado en vano lugar para vencer.

           De Ce qui fut sans lumière (1987). Versión de Carlos Cámara 
y Miguel Ángel Frontán. En EOM, nº 17, dic. 2002


                  
Lo inacabado
Cuando él tuvo veinte años, alzó la mirada, vio el cielo, vio nuevamente la tierra
con   suma atención.  ¡Era  cierto  entonces!  Dios  no había hecho  más  que  un 
bosquejo del mundo. No dejó nada sino ruinas.
Ruinas  este  roble,  aun  siendo  tan  bello.  Ruinas  el  agua  que  viene  a  romper 
suavemente  en  la  orilla.  Ruinas  el  sol  mismo. Ruinas  todos estos  signos  de la 
belleza, como bien lo prueban las nubes, aun más bellas.
Sólo  la  luz  poseyó  vida  plena,  se  dijo. Y  por eso pareciera simple  e increada. 
Desde entonces, los bosquejos es lo único que le gusta de la obra de los pintores. 
El trazo que se cierra sobre sí le parece que traiciona la causa de este dios que ha 
preferido la angustia de la búsqueda a la alegría de la obra concluida.

           De Las uvas de Zeusis. Versión de Adalberto García López 
(circulodepoesia.com)

     

Yves Bonnefoy 
Yves Bonnefoy, además de reconocido ensayista, crítico y traductor, está considerado el poeta francés más importante desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. 
  Hijo de un obrero ferroviario y una maestra, nació en Tours en 1923. Durante su infancia pasaba los veranos en el pueblo de Toirac (Lot), en casa de su abuelo materno, quien ejerció una notable influencia sobre el autor, pues escribió algunos libros que él mismo encuadernaba y poseía una modesta biblioteca con obras de autores clásicos. En 1932 murió su abuelo y cuatro años después, cuando el escritor tenía trece años, falleció su padre, lo que -según ha confesado- puso fin a su infancia. Al cumplir diecisiete años, una de sus tías le regaló una antología de poemas en la que, de forma premonitoria, escribió como dedicatoria: "para mi ahijado, futuro poeta". Después de estudiar matemáticas y filosofía en Tours y en la universidad de Poitiers, en 1943 abandonó los estudios de matemáticas para dedicarse, una vez instalado en París, al estudio de la historia de la filosofía y de la ciencia, en la Sorbona. Consagrado finalmente a la poesía, la literatura y la historia del arte, realizó numerosos viajes por Italia, Países Bajos  y Estados Unidos. En 1968 contrajo matrimonio con la pintora estadounidense Lucy Vines, con quien tuvo una hija, Mathilde. Desde 1960 ha sido profesor  en diversas universidades nacionales y extranjeras. En 1981, tras la muerte de Roland Barthes, ocupó la cátedra de Estudios comparados de la función poética en el Collège de France, donde desarrolló su brillante labor hasta 1993. Murió en París el 1 de julio de 2016, a los 93 años.

En los inicios de su carrera literaria se adhirió al surrealismo, pero lo abandonó en 1947, pues su poesía se inspiraba en el mundo sensible, mientras que el surrealismo renunciaba a la realidad por un mundo de símbolos herméticos. No obstante, las imágenes surrealistas dejaron una profunda huella en su obra, a la que se sumó  la influencia de poetas tan innovadores como Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, A. Rimbaud y Stèphane Mallarmé.      En su poesía, de la que se ha dicho que consigue  profundidad metafísica a partir de una enorme simplicidad estilística, reflexiona sobre el arte, el ser  y el propio acto de creación poética. A través  de toda  su trayectoria poética, destacan dos certezas: la muerte y la imperfección. Desde la publicación de Del movimiento y la inmovilidad de Douve (1953), libro a contracorriente de la época, caracterizado por la sobriedad formal y la búsqueda interior, obtuvo el reconocimiento de la crítica y de los lectores.  Entre sus obras traducidas al castellano destacan Principio y fin de la nieve (1991), La lluvia de verano (1999), Las tablas curvas (2001) y la antología Tarea de esperanza (2007).
   Reputado traductor de Shakespeare, sobresale también como historiador del arte y es autor de ensayos sobre Goya, Picasso, Mondrian, Giacometti, De Chirico, Balthus, Miró o Cartier-Bresson. Es autor, asimismo, de estudios sobre Rimbaud, Baudelaire, Leopardi o André Bretón.
    Eterno candidato al Nobel de Literatura, obtuvo galardones tan prestigiosos como el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa (1981), el Goncourt de Poesía (1987), el Cino del Duca (1995) y el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) en Lenguas Romances (2013).



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