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jueves, 17 de enero de 2013

Philip Roth: "La biblioteca pública de Newark"



Vista de Newark con la Biblioteca Pública

No son estos los mejores tiempos para la cultura, no son los mejores tiempos para las bibliotecas en nuestro país. Ejemplo de ello es la Biblioteca de Aragón:  la política de gasto cero  impide la adquisición y la reposición de materiales, y a partir de 2013 permanecerá cerrada   los sábados y las tardes de verano. Por eso los lectores que se hayan acercado estos días a la Biblioteca habrán encontrado copias de un artículo que habla de otra biblioteca, situada en otro país,  en otro continente, y que estuvo a punto de ser cerrada: la Biblioteca Pública de Newark, en Nueva Jersey (Estados Unidos). El texto lleva la firma del prestigioso escritor Philip Roth y   es una apasionada defensa de la biblioteca pública como espacio civilizador. Publicado en el The New York Times,  el 1 de marzo de 1969, fue escrito a raíz de la decisión del ayuntamiento de Newark, ciudad natal del escritor, de retirar las partidas presupuestarias necesarias para el mantenimiento de la Biblioteca Pública y del Museo, tras los destrozos ocasionados en los barrios negros durante los disturbios iniciados en 1967.  Los ciudadanos de Newark lograron, finalmente,   que el ayuntamiento rectificara y la biblioteca siguiera abierta. Sin duda, el escrito de Roth, que reproducimos a continuación, contribuyó a ello. 

¿Qué harán  los lectores de Newark si el Ayuntamiento sigue adelante con su plan de ahorro y clausura la biblioteca pública el primero de abril? ¿Saquearán las estanterías a la manera en que los habitantes de Newark saquearon las tiendas de electrodomésticos durante los disturbios de 1967? ¿Llamarán a la policía para que reduzca con gases lacrimógenos a los ladrones que huyan con la Enciclopedia Británica? ¿Tomarán los eruditos posiciones de francotiradores en las ventanas de la sala de obras de referencia y los escolares ocuparán el edificio principal en la calle Washington a fin de completar sus trabajos de fin de curso? Si el Ayuntamiento encierra los libros, ¿se unirán los portadores de carnets de biblioteca para "liberarlos"? 
En los años cuarenta, cuando yo crecía en Newark, dábamos por sentado que los libros de la biblioteca pública pertenecían al público. Puesto que mi familia no poseía muchos libros ni tenía dinero para que un niño los comprara, era agradable saber que por el mero hecho de estar empadronado en el municipio podía acceder a cualquier libro que quisiera leer de aquel edificio espléndidamente austero en la calle Washington, en el centro de la ciudad, o bien en la filial de la biblioteca en mi barrio, a la que podía ir andando. No era menos satisfactoria la idea de la propiedad en común y por el bien común. Si tenía que cuidar de los libros que tomaba en préstamo, devolverlos intactos y dentro del plazo establecido, se debía a que no eran solo míos, sino que pertenecían a todo el mundo. Esa idea contribuyó a civilizarme tanto como cualquiera de las que encontrara en los mismos libros*. 
Si la idea de una biblioteca pública era civilizadora, no menos lo era el lugar, con su grato silencio, sus pulcros estantes y sus informados y serviciales empleados que no eran profesores. La biblioteca no era simplemente el lugar a donde uno tenía que ir en busca de los libros, sino una especie de riguroso refugio al que un muchacho de la ciudad iba de buen grado para recibir su lección de comedimiento y adiestrarse en el dominio de sí mismo. Y luego estaba la lección de orden, del que la misma enorme institución servía como instructora. ¡Qué confianza inspiraba, tanto en uno mismo como en los sistemas, descodificar primero la ficha del catálogo, luego avanzar por los pasillos y escaleras hacia las estanterías abiertas y, una vez allí, encontrar, exactamente donde se suponía que estaba, el libro deseado! Para un niño de diez años, descubrir que es capaz de orientarse entre decenas de millares de volúmenes hasta el que desea leer no carece de satisfacciones. Tampoco era moco de pavo llevar en el bolsillo el carnet de la biblioteca, pagar una multa, sentarte en un lugar desconocido, lejos de los padres y la escuela, y leer lo que quisieras en una atmósfera de anonimato y paz. Finalmente, llevar a casa, a través de la ciudad, e incluso de noche a la cama, un libro con un linaje local propio, un árbol genealógico de lectores de Newark a los que ahora se había añadido tu nombre. 
En los años cuarenta, cuando todavía la población de la ciudad era mayoritariamente blanca, que los libros nos pertenecían y que la biblioteca pública tenía mucho que enseñarnos sobre las reglas de la vida civilizada, así como placeres civilizados que ofrecer, era un hecho incontrovertible de la vida. Resulta extraño, por decirlo cortésmente, que ahora, cuando Newark es sobre todo negra, el Ayuntamiento (por razones fiscales, según nos dicen) haya tomado una decisión que da a entender que, al fin y al cabo, los libros no pertenecen al público, y lo que la biblioteca proporciona a los jóvenes ya no es esencial para su educación. Lo cierto es que, en una ciudad plagada de agravios sociales, probablemente pocas cosas podrían ser más esenciales para el desarrollo y la sensatez del joven reflexivo y ambicioso que acceder a esos libros*. De momento, el Ayuntamiento de Newark puede haber resuelto su problema fiscal; sin embargo, es una lástima que los concejales sean incapaces de calcular la frustración, el cinismo y la rabia que inevitablemente ha de generar este insulto, e imaginar lo que cerrar bibliotecas puede costarle al final a la comunidad. 
(Philip Roth: "La biblioteca pública de Newark", en  Lecturas de mí mismo. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori, 2008, pp.  225-227)
* Sin negrita en el original.

Interior del edificio que alberga la Biblioteca de Aragón

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