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domingo, 18 de marzo de 2012

"Poética a la que intento a veces aplicarme", de Ángel González

"Escribir un poema: marcar la piel del agua."


Escribir un poema: marcar la piel del agua.
Suavemente los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
-adormecido el viento,
la luz alta-
o ve su propio rostro
o -transparencia pura, hondo
fracaso- no ve nada.

       (Ángel González, “Poética a la que intento a veces aplicarme”, en Muestra de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan [1977]. Se incluye en Palabra sobre palabra. Obra completa (1956-2001), Barcelona: Seix Barral, 2011, p. 315)

Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008) pronto aprendió que “largo es el arte; la vida en cambio/ corta como un cuchillo”, aunque nunca quiso convertir su compleja peripecia vital en mapamundi. Nacido en una familia de clase media que sufrió las consecuencia de la Guerra Civil, González se aficionó a la lectura y a la creación de poesía durante la convalecencia de la tuberculosis que contrajo en 1943. Estudió y ejerció el Magisterio, se licenció en Derecho y cursó estudios de Periodismo; tras llevar a cabo varias actividades profesionales (técnico de Administración Civil del Estado, corrector de estilo de diversas editoriales barcelonesas…), acabó por enseñar Literatura Española en varias universidades estadounidenses y, desde 1974, fue profesor permanente de la de Nuevo México en Alburquerque.
Su primer poemario, Áspero mundo (1956) ya fue accésit del prestigioso Premio Adonais. A esta obra siguieron numerosos libros: unos, ya de título magistral, como Sin esperanza con convencimiento (1961); otros, con irónica visión de las paradojas de cosas y comportamientos, como Tratado de urbanismo (1967); y algunos netamente elegíacos, como Deixis en fantasma (1992). El poeta fue laureado en numerosas ocasiones: por ejemplo, con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 o con el Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana en 1996.
Ángel González es uno de los grandes de la poesía en español, por tantas cosas: su machadiana destreza para cantar y contar; su hábil construcción del yo cómplice que aparece en sus versos; su desmitificación del arquetipo del poeta, que nunca es vate, sino testigo crítico sin complicados vericuetos; su humor penetrante; su incisiva contemplación de las ciudades; su estatuto zozobrante, “en medio/ de la cruel retirada de las cosas”; su carácter de precursor de lo que luego será ya toda una escuela de poesía de la experiencia. Quienes lo leemos podemos aferrarnos a las esquinas de su ambigua relación con la esperanza; a su pulcritud al despojarse de casi todo para limitarse a la palabra precisa; y a la dignidad sin alharacas de un hombre que fue superviviente de un áspero mundo. Y, en cualquier caso, de Ángel González nos quedaremos siempre con su honesta e inconfundible voz poética en el/su tiempo, como él se quedó en el mundo que se extiende detrás de la sonrisa de la amada (“En ti me quedo”, en Palabra sobre palabra [1965]; http://www.cervantesvirtual.com/multimedia/archivo/angel_gonzalez/Track24.asx).
Baste, pues, esta sutilmente hermosa reflexión de González que hemos elegido como acompañamiento de esta semana en la que se celebra el Día Mundial de la Poesía (el 21 de marzo, en torno a la entrada de la primavera), para preguntarnos qué es para nosotros la poesía al tiempo que volvemos a visitar (hay más sobre él en este mismo blog -http://elhacedordesuenos.blogspot.com.es/2012/02/entonces-entonces-era-otono-en.html-) otra de las caras de este poeta imprescindible.
Esther Ortas Durand

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