EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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jueves, 4 de julio de 2024

"La lengua de las mariposas", de Manuel Rivas


Fotograma de la película de José Luis Cuerda La lengua de las mariposas (1998)
                                  

LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS

 A Chabela

 

“¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas”.

El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.

“La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa”.

Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Qué maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de almíbar.

Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender cómo yo quería a mi maestro. Cuando era un pequeñajo, la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que se blandía en el aire como una vara de mimbre.

“¡Ya verás cuando vayas a la escuela!”.

Dos de mis tíos, como muchos otros jóvenes, habían emigrado a América para no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América para no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores del Barranco del Lobo.

Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal[1]».

Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.

“¡Ya verás cuando vayas a la escuela!”.

Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada[2] del habla, para que no dijesen ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo[3]. ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!». Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de delantal de carnicero. No mentiría si les hubiese dicho a mis padres que estaba enfermo.

El miedo, como un ratón, me roía las entrañas.

Y me meé. No me meé en la cama, sino en la escuela.

Lo recuerdo muy bien. Han pasado tantos años y aún siento una humedad cálida y vergonzosa resbalando por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia, hasta que pudiese salir y echar a volar por la Alameda.

“A ver, usted, ¡póngase de pie!”.

El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mí me pareció la lanza de Abd el Krim[4].

“¿Cuál es su nombre?”.

“Pardal”.

Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me golpeasen con latas en las orejas.

“¿Pardal?”.

No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré hacia el ventanal, buscando con angustia los árboles de la Alameda.

Y fue entonces cuando me meé.

Cuando los otros chavales se dieron cuenta, las carcajadas aumentaron y resonaban como latigazos.

Huí. Eché a correr como un locuelo con alas. Corría, corría como sólo se corre en sueños cuando viene detrás de uno el Hombre del Saco[5]. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mí. Podía sentir su aliento en el cuello, y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo, empapado de sudor y meos[6]. El palco estaba vacío. Nadie parecía fijarse en mí, pero yo tenía la sensación de que todo el pueblo disimulaba, de que docenas de ojos censuradores me espiaban tras las ventanas y de que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarles la noticia a mis padres. Mis piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta Coruña y embarcaría de polizón en uno de esos barcos que van a Buenos Aires.

Desde la cima del Sinaí no se veía el mar, sino otro monte aún más grande, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y melancolía lo que logré hacer aquel día. Yo solo, en la cima, sentado en la silla de piedra, bajo las estrellas, mientras que en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi busca. Mi nombre cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros. No estaba impresionado. Era como si hubiese cruzado la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando apareció junto a mí la sombra recia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me cogió en brazos. “Tranquilo, Pardal, ya pasó todo”.

Aquella noche dormí como un santo, bien arrimado a mi madre. Nadie me había reñido. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira[7], tal como había sucedido cuando se murió la abuela.

Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado la mano durante toda la noche. Así me llevó, cogido como quien lleva un serón[8], en mi regreso a la escuela. Y en esta ocasión, con el corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.

El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. “Me gusta ese nombre, Pardal”. Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla. Él permaneció de pie, cogió un libro y dijo:

“Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso”. Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. “Bien, y ahora vamos a empezar un poema. ¿A quién le toca? ¿Romualdo? Venga, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta”.

A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.


Una tarde parda y fría…


“Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?”.

“Una poesía, señor”.

“¿Y cómo se titula?”.

Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado”.

“Muy bien, Romualdo, adelante. Con calma y en voz alta. Fíjate en la puntuación”.

El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura[9] y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano[10] de Montevideo.

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo y muerto Abel,

junto a una mancha carmín…

 

“Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?”, preguntó el maestro.

“Que llueve sobre mojado, don Gregorio”.

 

“¿Rezaste?”, me preguntó mamá, mientras planchaba la ropa que papá había cosido durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.

“Pues sí”, dije yo no muy seguro. “Una cosa que hablaba de Caín y Abel”.

“Eso está bien”, dijo mamá, “no sé por qué dicen que el nuevo maestro es un ateo”.

“¿Qué es un ateo?”.

“Alguien que dice que Dios no existe”. Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.

“¿Papá es un ateo?”.

Mamá apoyó la plancha y me miró fijamente.

“¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa bobada?”.

Yo había oído muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios. Decían las dos cosas: me cago en Dios, me cago en el demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían realmente en Dios.

“¿Y el demonio? ¿Existe el demonio?”.

“¡Por supuesto!”.

El hervor hacía bailar la tapa de la cacerola. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor y gargajos de espuma y verdura. Una mariposa nocturna revoloteaba por el techo alrededor de la bombilla que colgaba del cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. La cara se le tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriese a un desvalido.

“El demonio era un ángel, pero se hizo malo”.

La mariposa chocó con la bombilla, que se bamboleó ligeramente y desordenó las sombras.

“Hoy el maestro ha dicho que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?”.

“Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te ha gustado la escuela?”.

“Mucho. Y no pega. El maestro no pega”.

No, el maestro don Gregorio no pegaba. Al contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos se peleaban durante el recreo, él los llamaba, «parecéis carneros», y hacía que se estrecharan la mano. Después los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como conocí a mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro chaval, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, al que le hubiera zurrado con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandase darle la mano y que me cambiase del lado de Dombodán. La forma que don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio.

“Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo”.

Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiese dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y la sístole y diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi frío. Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relinchar de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en Ponte Sampaio[11] contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. Fabricábamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribíamos cancioneros de amor en la Provenza y en el mar de Vigo. Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata.

“Las patatas vinieron de América”, le dije a mi madre a la hora de comer, cuando me puso el plato delante.

“¡Qué iban a venir de América! Siempre ha habido patatas”, sentenció ella.

“No, antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz”. Era la primera vez que tenía clara la sensación de que gracias al maestro yo sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, mis padres, desconocían.

Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche y azúcar y cultivaban setas. Había un pájaro en Australia que pintaba su nido de colores con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba el tilonorrinco. El macho colocaba una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.

Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y festivos que pasaba por mi casa e íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras[12], el bosque y subíamos al monte Sinaí. Cada uno de esos viajes era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Un caballito del diablo. Un ciervo volante. Y cada vez una mariposa distinta, aunque yo sólo recuerdo el nombre de una a la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o el estiércol.

Al regreso, cantábamos por los caminos como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: “Y ahora vamos a hablar de los bichos de Pardal”.

Para mis padres, estas atenciones del maestro eran un honor. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos: “No hace falta, señora, yo ya voy comido”, insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: “Gracias, señora, exquisita la merienda”.

“Estoy segura de que pasa necesidades”, decía mi madre por la noche.

“Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar”, sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. “Ellos son las luces de la República”.

“¡La República, la República! ¡Ya veremos adónde va a parar la República!”.

Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia. Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero a veces los sorprendía.

“¿Qué tienes tú contra Azaña? Eso es cosa del cura, que os anda calentando la cabeza”.

“Yo voy a misa a rezar”, decía mi madre. “Tú sí, pero el cura no”.

Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría tomarle las medidas para un traje.

“¿Un traje?”.

“Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes”.

El maestro miró alrededor con desconcierto.

“Es mi oficio”, dijo mi padre con una sonrisa.

“Respeto mucho los oficios”, dijo por fin el maestro.

Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año, y lo llevaba también aquel día de julio de 1936, cuando se cruzó conmigo en la Alameda, camino del ayuntamiento.

“¿Qué hay, Pardal? A ver si este año por fin podemos verle la lengua a las mariposas”.

Algo extraño estaba sucediendo. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban hacia delante, se daban la vuelta. Los que miraban para la derecha, giraban hacia la izquierda. Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca había visto a Cordeiro sentado en un banco. Miró hacia arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.

Oí el estruendo de una moto solitaria. Era un guardia con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró para los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: “¡Arriba España!”. Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de explosiones.

Las madres empezaron a llamar a sus hijos. En casa, parecía que la abuela se hubiese muerto otra vez. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo de agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.

Llamaron a la puerta y mis padres miraron el pomo con desazón. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en casa de Suárez, el indiano.

“¿Sabéis lo que está pasando? En Coruña, los militares han declarado el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil”.

“¡Santo Cielo!”, se persignó mi madre.

“Y aquí”, continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyesen, “dicen que el alcalde llamó al capitán de carabineros, pero que éste mandó decir que estaba enfermo”.

Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de repente hubiese llegado el invierno y el viento arrastrase a los gorriones de la Alameda como hojas secas.

Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a misa, y volvió pálida y entristecida, como si hubiese envejecido en media hora.

“Están pasando cosas terribles, Ramón”, oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor aún. Parecía que hubiese perdido toda voluntad. Se había desfondado en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.

“Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo”.

Fue mi madre la que tomó la iniciativa durante aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a misa. Cuando regresaron, me dijo: “Venga, Moncho, vas a venir con nosotros a la Alameda”. Me trajo la ropa de fiesta y mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo con voz muy grave: “Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro”.

“Sí que se lo regaló”.

“No, Moncho. No se lo regaló. ¿Has entendido bien? ¡No se lo regaló!”.

“No, mamá, no se lo regaló”.

Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. También habían bajado algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos con chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola al cinto. Dos filas de soldados abrían un pasillo desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande. Pero en la Alameda no había el bullicio de las ferias, sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.

Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardias, salieron los detenidos. Iban atados de pies y manos, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, los de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la Orquesta Sol y Vida, el cantero al que llamaban Hércules, padre de Dombodán… Y al final de la cordada, chepudo y feo como un sapo, el maestro.

Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un murmullo que acabó imitando aquellos insultos.

“¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!”.

“Grita tú también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!”. Mi madre llevaba a papá cogido del brazo, como si lo sujetase con todas sus fuerzas para que no desfalleciera. “¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!”.

Y entonces oí cómo mi padre decía: “¡Traidores!” con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, “¡Criminales! ¡Rojos!”. Soltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida hacia el maestro. “¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!”.

Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. “¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre!”. Nunca le había oído llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. “Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso”. Pero ahora se volvía hacia mí enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. “¡Grítale tú también, Monchiño, grítale tú también!”.

Cuando los camiones arrancaron, cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrieron detrás, tirando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la Alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: “¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!”.

(Manuel Rivas, ¿Qué me quieres, amor?, Nueva Narrativa, RBA, 1999, págs. 15-29. Traducción del gallego de Dolores Vilavedra)


[1] En gallego, gorrión. (N. de la T.)

[2] jeada o gheada, fenómeno fonético de la lengua gallega que consiste en la articulación de la g fricativa u oclusiva velar sonora como una fricativa velar sorda similar a la j castellana.

[3] En castellano en el original. (N. de la T.)

[4] Abd el Krim (1882 o1883-1963) fue un político y líder militar marroquí que encabezó la resistencia contra las administraciones coloniales de España y Francia durante la guerra del Rif (1911-1927).

[5] Personaje del folclore infantil español con el que se asusta a los niños.

[6] meos (vulg , reg), “meados, orines”.

[7] vieira, molusco comestible muy común en los mares de Galicia cuya concha es la insignia de los peregrinos de Santiago.

[8] serón, especie de espuerta o cesta de esparto u otros materiales, generalmente sin asas, que sirve para llevar carga por los caminos.

[9] picadura, tabaco picado para fumar.

[10] indiano, dicho de un español: Que emigró a América en busca de fortuna y volvió rico.

[11] Lugar emblemático de la provincia de Pontevedra en el que durante la guerra de Independencia las tropas gallegas derrotaron a las francesas, mandadas por el mariscal Ney. (N. de la T.)

[12] gándara, tierra baja, inculta y llena de maleza.

Imagen de La lengua de las mariposas

¿Qué me quieres, amor? es una colección de dieciséis relatos del escritor y periodista gallego Manuel Rivas. La obra, publicada en 1995, ganó diversos premios, entre los que destacan el Premio Torrente Ballester (1995) y el Premio Nacional de Narrativa (1996). Escrito en gallego, el título está tomado de un verso del trovador gallego (de finales del siglo XIII y comienzos del XIV) Fernando Esquío. 

El gran misterio de las relaciones humanas es el hilo conductor de ¿Qué me quieres, amor?. Relatos duros. Algunos con una dureza extrema, encaramados al dolor y a la soledad, pero donde emergen la ternura y el humor como los mejores amuletos y las posibles salvaciones de los males del mundo actual. Un viajante, vendedor de lencería, espera ansioso la reaparición de su hijo, y recibe la milagrosa ayuda de un héroe del rock. El misterio de la luz de un cuadro, La lechera de Vermeer, devuelve a un escritor al regazo de su madre. Un niño tiene su mejor aliado y amigo en un televisor portátil. Un joven saxofonista encuentra el don de la música en la mirada de una chica, en una verbena popular invadida por la niebla. "La lengua de las mariposas", el relato más conocido de los que recoge este volumen, en el que la amistad fraternal entre un escolar y un maestro librepensador, afianzada por la mutua curiosidad por la vida de los animales, queda destruida por la brutalidad de los hechos acaecidos en el verano de 1936.

Este relato -junto a "Un saxo en la noche" y "Carmiña"- dio origen al guion de Rafael Azcona para la película del mismo nombre dirigida por José Luis Cuerda y estrenada en 1998. 

* * *

Del mismo autor puedes leer en este blog:
-Un fragmento del artículo "La resistencia erótica de las bibliotecas": AQUÍ.
-Un fragmento de su libro Las voces bajas: AQUÍ.
-Tres poemas: AQUÍ.

domingo, 30 de junio de 2024

"Esta mañana, amor, tenemos veinte años", de Rafael Alberti


Rafael Alberti y María Teresa León. EFE


Retornos del amor en las arenas

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.
Van voluntariamente lentas, entrelazándose
nuestras sombras descalzas camino de los huertos
que enfrentan los azules de mar con sus verdores.
Tú todavía eres casi la aparecida,
la llegada una tarde sin luz entre dos luces,
cuando el joven sin rumbo de la ciudad prolonga,
pensativo, a sabiendas el regreso a su casa.
Tú todavía eres aquella que a mi lado
vas buscando el declive secreto de las dunas,
la ladera recóndita de la arena, el oculto
cañaveral que pone
cortinas a los ojos marineros del viento.
Allí estás, allí estoy contra ti, comprobando
la alta temperatura de las odas felices,
el corazón del mar ciegamente ascendido,
muriéndose en pedazos de dulce sal y espumas.
Todo nos mira alegre, después, por las orillas.
Los castillos caídos sus almenas levantan,
las algas nos ofrecen coronas y las velas,
tendido el vuelo, quieren cantar sobre las torres.

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.

(De Retornos de lo vivo lejano, 1958)

Retornos de lo vivo lejano (1948-1956) pertenece a la producción de Alberti (1902-1999) durante el exilio. Comenzó a escribirlo cuando llevaba casi diez años de destierro en Argentina. Sus poemas están vertebrados por el tema de la nostalgia y en ellos el verso culto alterna con el neopopular. El libro se compone de 55 poemas agrupados en tres secciones. En la primera rememora impresiones de su infancia, evocando sus días de colegial, la figura de la madre, o la visita a un desierto Museo del Prado; en la segunda, "Retornos del amor", recuerda momentos de plenitud de su vida amorosa, y dedica la tercera a una serie de homenajes a sus poetas predilectos.

El poema elegido pertenece a la segunda sección del libro, en que el poeta evoca los momentos vividos con la mujer amada, que a juzgar por sus obras de carácter autobiográfico, podemos intuir que se trata de su primera esposa, la escritora María Teresa León (1903-1988). El erotismo  forma parte de esa plenitud amorosa y se encuentra muy presente en todos los poemas de esta sección, incluido el seleccionado, como observa López Turcot:

"El erotismo recorre cada uno de los "Retornos de amor" y a ciegas, sólo con el tacto los cuerpos se encuentran una y otra vez, consiguiendo que el amor reviva por medio de la rememoración y hace que los amantes, junto con el comienzo del día, vuelvan a ser jóvenes por un instante, logrando traer luz a toda la oscuridad que habitaba en el poeta".

En la tumba de  María Teresa León, en el cementerio de Majadahonda, figura a modo de epitafio el verso que abre y cierra esta composición: "Esta mañana, amor, tenemos veinte años".

En relación con el exilio y cuando se cumplen cien años de la concesión del Premio Nacional de Poesía por Marinero en tierra, escribe Luis García Montero, actual director del Instituto Cervantes:

Rafael Alberti fue uno de los grandes poetas del exilio español. [...] Siempre había sido un marinero en tierra, un desenterrado del mar, un ángel caído, alguien que buscó la dignidad humana mientras se sentía expulsado del paraíso, víctima de una sociedad injusta, dentro o fuera de su patria. La experiencia de 1939 fijó en la realidad un sentimiento que años antes había vivido como ser humano  en Marinero en tierra o Sobre los ángeles (1929): "Paraíso perdido, /perdido por buscarte, /yo, sin luz para siempre".

Referencias:

-Luis García Montero: "Un marinero en tierra", infolibre.es, 29 de junio de 2024. Consultado el 30/06/2024.
-Paola Berenice López Turcot, Temas y motivos en "Retornos de lo vivo lejano" de Rafael Alberti, UNAM, México D.F., 2013 

Otros poemas del autor en este blog:
-"Balada para los poetas andaluces de ahora": AQUÍ.
-"Gatos, gatos y gatos": AQUÍ.
-"Elegía": AQUÍ.
-"Se equivocó la paloma": AQUÍ.
-"Goya": AQUÍ.

Encontrarás información sobre María Teresa León y su cuento "Morirás lejos...": AQUÍ.

jueves, 27 de junio de 2024

"Morirás lejos...", un cuento de María Teresa León



Morirás lejos...


Aquel señor se señoreaba a sí mismo obligándose a ser metódico, ordenado. De mañana, con el sol arrebolado apenas, dejaba el lecho, estrechito, zancudo, medio saltamontes o cigarra que planteaba en el testero de su habitación. Sutilmente creía que estafando horas a la mañana engañaba a la vida y se reía un poco, casi sin querer, de dar con la palmeta en los nudillos del sueño. Como nadie más que algunos pájaros y el vaho de las charcas se levantaban con tanta premura, él mismo se encendía un cacito eléctrico para fabricarse su primera taza de tila. Íbase luego a la ducha. Castigaba su sistema nerviosos con agrios chorritos alimonados por la primera luz y se sentaba ante una mesa donde se hallaba de antemano dispuesta una lista de trabajos que consumirían en su candela toda la jornada. Se daba candela de trabajos como las enamoradizas de ciertas islas del Caribe se rocían de petróleo y se prenden el alma para conseguir arder en un fuego más brillante. Así el señor se consumía en trajines, domando, domesticando sus nervios. Siempre han porfiado en decirnos que esa era la perfección máxima a que un ser humano podía aspirar: "Niño, hay que tener dominio de sí". Y él trataba de conseguirlo.
  A lo lejos de su existencia se divisaba con abrumadores encajes sobre un vestido de terciopelo negro. Como su madre no consentía que se meciese en la banqueta del piano, introdujo sus deditos entre la filigrana de su cuello de punto de Irlanda dejándolo en pingajos sobre sus hombros. Así se veía aún hoy cuando ya en torno de su cuello llevaba un durísimo collar de cincuenta años. Allí comenzó su mansedumbre.
   "El señor es rencoroso solo consigo mismo", decía Basilisa, que en veinte años de servicios había conseguido sorprender su timidez al hacer resonar sus primeras pisadas del día. "Buenos días, señor", y el señor temblaba al verla con su caparazón de percal gris. Se volvía a mirarla con un trozo de mármol entre los dedos, suspendía la operación de limpieza y contestaba con la voz hecha hilos: "Ando mal, Basilisa, casi no ando". La sirvienta, pachona de casta, venteaba el aire y haciéndose cargo de la situación arrancaba el paño de manos del amo. "Traiga acá. No es de señores sacudir el polvo a vejeces". El coleccionista, vagos los ojos y el corazón anhelante, bien quisiera derribar a empujones su timidez. Pero no podía. "He de dominar mi mala condición de hombre. Dejemos a Basilisa ganar su sueldo". Entonces, sentado a la mesa, frente al balcón, seguía el vuelo terco de dos moscas emparejadas, entrándosele por los ojos camas floridas. Su novia Kristel fue una doncella rubia que no respondía bien al González de su apellido. Alguna cosa resquebrajada, de mal campaneo, ayuntaba estos dos nombres, especie de pareja de tiro formada por un ruiseñor y un percherón. Todo se presentaba cómicamente sensato: la mamá a regular distancia, la niña Kristel y el novio siguiendo mansamente la rueda del paseo, el paseo despidiendo de cuando en cuando carbones candentes de sus arcos voltaicos... Se acercaba mucho el novio a la muchacha para mirarla bien, y a pesar de la luz de los focos, sacudida por las notas aparatosas de la banda de música del regimiento de infantería, iba descubriendo en aquel cutis amplias zonas navegables, pozos secretos, orografías peligrosas. Se abría la blancura de la novia en ramos de estrellas, pugnaban por aparecer algunos canales... Quiso con toda su alma encontrar graciosa aquella urdimbre que descubría la formación auténtica de una piel de mujer. Pensó que todo ello era producto de su sinceridad transparente; se acercó mucho para encontrar en el agrandado de aquellos caminitos errantes una respuesta a su disgusto; pero solo consiguió que dijesen los que veían sus aproximaciones: "Se acerca tanto para no verla". Cuando creyó que ya había dominado sus instintos salvajes, cerrando los ojos para escuchar únicamente la voz, a Kristel se le ocurrió desaparecer por el laberinto de la muerte sin ser llamada. 
   Nadie, y menos que nadie el novio, al fin apasionado, consiguió explicarse los motivos. El cuarto estaba en orden. Únicamente el espejo del tocador lucía un balazo y otro la frente de la señorita. El novio dominó sus nervios, atormentó sus músculos y, a medio aplacar su desesperación, se precipitó a vivir en su casa de campo. 
   Allí fueron recibiéndose las colecciones de hermosas antigüedades desde todos los rincones del mundo. Entre este y su cuerpo físico, quedaron tendidas cartas comerciales, cifras, reclamaciones. ¿Qué podía importarle todo lo demás? Leía libros para alcanzar la grata perfección del olvido, cultivando rosas enredaderas por tapiarse, aislándose más cuando el ruido del verano, devorando calores, se le volvía insoportable. Entonces introducía cera virgen en sus oídos para sentir únicamente la fragancia del jardín.
   Era esa la sola borrachera que se permitía. El coleccionista, el resto de aquellas horas voluntariamente multiplicadas, leía sugerencias de los posibles remotos orígenes de sus tesoros, o escribía notas en papelillos azules que escondía bajo sus monedas. Aquella mañana, cuando Basilisa levantó el campo, anotó rápidamente bajo una moneda cretense: "¡Oh, dulces prendas por mí mal halladas!" El bigote negro, en hasta de toro hasta las mejillas, se cubrió de un suave rocío. Sacó el pañuelo, se atusó las guías a derecha e izquierda y levantando otra rodaja de oro colocó un nuevo pensamiento sobre papel azul: "Y no halló nada en que poner los ojos, que no fuera recuerdo de la muerte".   
   ¿Lo habían olvidado en ese lugar donde se señala la trayectoria de la vida, dejándolo en la playa como un zapato viejo desdeñado por el oleaje?¿Podría creer que aquellas altas enredaderas espigadas de rosas eran un blindaje suficiente, capaz de detener la obligación andariega del hombre? Así estaba él tentado de creerlo. ¿Y si yo no quiero moverme? Claro, su voluntad alerta al menor desliz le controlaba la mano, la mente, hasta los bigotes negros, pequeños mástiles hacia sus pupilas. Alcanzó una pequeñísima rodajita de oro hundida en terciopelo azul y la echó a rodar sobre el tablero. Dulces cobertores, lechos flotantes, criaturas humanas se le venían a las manos. Procuraba sacudirlas, dejándolas sobre la mesa; pero volvían navegando de perfil.
   ¿Cuántas mujeres por este trocito de oro? No, no. La paz. Prefiere el señor la paz. Cerró de un manotazo su riqueza y se puso a frotarse la región precordial con una esponja.
    En estos trasiegos se hallaba, cuando le pareció oír un rumor de alas. Luego, y no antes, Basilisa entró en su cuarto de baño empujando la puerta.  
     —¡Aviones, señor! Ya están aquí.
     —¿Y qué puede importarnos, Basilisa? Nuestra conciencia está segura de que nunca hizo mal. 
     —Señor, es que estamos en guerra.
    El señor apresurose a poner los resortes de su voluntad en juego. 
    —Eso puede interesarle a los malvados. Nosotros nada tenemos que cambiar en nuestra vida. 
    —Pero ¿y si llegan?
    Se descubrió en el espejo un torrente de pelo pegado con jabón calveándole por el tórax. Creyó que le acababan de atravesar la luna biselada con un balazo. 
    —Váyase, mujer. Es triste la guerra por los que mueren. 
    —Tengo sobrinos —informó Basilisa, iluminando repentinamente un sector familiar. ¿Cuántos años hacía que ni los recordaba? 
    —Váyase. Estoy ocupado. Me han enviado un paquetito desde Cambodge.
    Las alas de zureo siniestro aparecieron tercas, insistentes sobre el tejado mismo de la casa. Amo y criada pudieron verlas alejarse entre dos nubes.

—Señor, es un agente de la defensa pasiva. 
    —No quiero ver a nadie, Basilisa. Desde hace diez años no veo a nadie y para qué voy a enrarecer el ambiente. 
 —Pero, señor, estamos en guerra. Quieren inspeccionar los sótanos y saber si es bueno para resistir bombas y cuántos vecinos pueden caber en él. 
    —¿Vecinos? ¡Basilisa, han perdido la razón! En este sótano apenas caben las escobas viejas y las arañas. 
     —También dicen que hay que colocar papeles azules en las ventanas. 
     —Imposible, Basilisa. De día no podría nunca más ver el cielo. 
     —También van a subir un carrillo de arena a la azotea. 
    —¿Para qué? La resistencia de los materiales puede no soportar el peso y entonces se nos vendrían abajo estos viejísimos tejados que edificó mi abuelo con la primera plata que ganó. 
     —Yo le comunico lo que me dicen, pero si el señor insiste en que...
   El jefe del sector, hombre decidido, que debía a su temperamento el puesto tan responsable que le entregó la defensa pasiva, se hizo presente en el descote de la puerta. Protegiéndose con una toalla el bosque peludo de su pecho, el coleccionista lo miró, aterrado. 
    —¿Pero me acompaña usted a ver el sótano, sí o no? La multa para los que ponen dificultades es de...
    Quiso responderle, pero una vez más dominó sus ímpetus. 
    —Acompáñale, Basilisa. En el llavero grande están las dos llaves. 
   —No, señor; el reglamento dice que tiene que ser el dueño de la finca. ¿Es usted el dueño de la finca?  
    —Sí, señor. 
    —Vístase.
    Obediente a la voz de mando, pasó sobre sus hombros un batín de motas blancas, dispuesto a decirle cuatro verdades cuando terminase la visita. 
    —Primero, a la azotea.
    El jefe de la defensa contra bombardeos hablaba mucho. En cuanto vio la terraza, calculó su situación estratégicamente. 
    —Aquí se puede emplazar también un cañón antiaéreo. 
    —¿Qué está usted diciendo? 
   —Además, contra las bombas incendiarias, mandaremos un carro de arena. Es gratis. Por su cuenta, aquí, junto a esta chimenea, mandará construir un cajón, y comprará una pala y un pico.
    Bajaron las escaleras. 
    —Este sótano no sirve contra los gases. 
    —Claro... Apenas si las escobas viejas y las arañas... 
   —Pero reforzándolo con cemento... Una pequeñísima obra, y podrán guarecerse veinte vecinos a la menor señal de alarma como dentro de un caparazón de tortuga cuando hay tormenta. 
    —¿Quiere decir que vendrán veinte vecinos? 
   —Sí. Pero no habrá desorden. Un jefe los controlará, una enfermera se encargará del botiquín, yo mismo pasaré de cuando en cuando de inspección.
  Sentía el pobre coleccionista desgajarse, destrozarse el árbol de su existencia. Aquellas futuras promiscuidades le mordían corrosivamente el alma. ¿Cómo oponerse?
    Basilisa aprobaba todo con golpes secos de cabeza.  
    —Ya he explicado a su cocinera la forma de encender la lumbre para que su cocina no eche humo. Aquí, en estas instrucciones, está la manera de colocar las tiras de papel engomado sobre los cristales para evitar que se quiebren por la expansión de las explosiones. Y al final de este cuadernito pueden leer las multas en que incurrirá todo aquel que desde esta noche no consiga un oscurecimiento completo de todas las ventanas y puertas. La patria está en peligro, ciudadano.
    Se cuadró militarmente, afirmó en sus sienes un sombrero modesto y dejó sobre la mesa el cuaderno de instrucciones más una tarjetita con esquina rosa. Mientras el jefe de la defensa pasiva se alejaba, el coleccionista agarró la tarjeta, mordisqueándola desesperado de no poder morderle el corazón. Después miró a Basilisa. Estaba muy ufana de conocer al dueño de la confitería La Bola de Nieve, enérgico y mofletudo hombre, que doblaba el camino sin volver la cabeza. Al señor se le fue la suya. Creyó que las patas de los muebles, vueltas puntas de espada, se precipitaban contra el techo mientras una a una rodaban las monedas de su colección de numismática.

Al segundo vuelo, se escuchó en la puerta un griterío igual que si todo el gallinero se desplomase apretujándose a la entrada. Basilisa, revoloteando las alas, indicaba con el dedo índice la dirección: 
    —Tendremos que poner flechas. 
    —Señor... Sí, ese que lleva el niño. Más deprisa.
    Todo el tumulto, hasta la voz de coronel disfrutada por el dueño de la confitería, le fue ascendiendo al cerebro. El señor comenzaba a no soñar. Insensiblemente los aromos floridos se pasaron sin su contemplación. Algunas mañanas, aquella por ejemplo, olvidó la ducha. Amanecía un día insólito en su existencia. Por una parte, el barullo que remontaba la escalera se le sentaba sobre la vesícula biliar; por otro, la inexorable presencia de un número indeterminado de aviones que las sirenas de alarma acongojadas no podían precisarle. Sintió mareo. Navegaba por aguas pretéritas que no volverían, por aquellos pacíficos mares de contemplación, que se le quedaban convertidos en dos lágrimas dentro del cuenco de la mano derecha. ¡El mundo! Sí, claro es, el mundo del cual había conseguido salir por la puerta falsa, cuando aquel tiro memorable, y ahora se le colaba empujando sus recuerdos demasiado al fondo para que el señor pudiera pescarlos poniéndolos en uso cada vez que los necesitaba. Abrió la arquilla del monetario. No le hablaban ya aquellas que eran las espumas de su entusiasmo. Ni fechas, ni tiempos mejores, ni batallas, ni héroes saltaron de los trocitos de metal. Un silencio de pana azul le fue envolviendo. Entonces, asustándose, el coleccionista volvió los ojos a las cerámicas árabes, a los pocos incas, tocando levemente las talaveras retozonas y sanotas. ¡Tenía un miedo! Le entró huesos abajo un frío insufrible. 
    —¡Basilisa!
  Resonó, abombó la casa. Contestó el eco. La luz, cuadriculada por las tiras de papel previsoras, convertía en un cuaderno de escuela las losas del suelo. Abrió torpemente el balcón. 
    —¡Basilisa!
    Un tiro hizo estallar el vidrio próximo a su sien derecha. 
    —¡Cállese, hombre! Le puede oír el enemigo.

Y la bomba cayó. Aquella acacia de aliento varonil voló hacia el cielo de los árboles hermosos. Como reventara una conducción de agua soterrada bajo sus raíces, quedaron de ella su recuerdo y un borbotón azul que llenó el cráter.
    La casa, resquebrajada en su parte norte, se mantuvo tiesa con la monterilla de un trozo de tejado verdipardo, un poco toreril. El jefe de la defensa pasiva vio confirmados sus pronósticos: "Si la bomba estalla sobre el improvisado refugio, mueren veinte vecinos". Hacía falta cemento. Un cajón de cemento, aunque se inutilizasen las trojes donde se guardaban las cosechas. El señor vio caer a sus pies la más hermosa de sus piezas de cerámica. Al partirse, lanzó un lamento más agudo que la propia explosión.
    Se incorporó temblando. Encendió la luz y, de hinojos ante ella, olvidó su propio peligro. La luz le fue descubriendo su cariño hacia las cosas inanimadas, agobiándole de ternura. Apretó los puños. Quiso hacer jugar el dominio de su voluntad, como le enseñaron cuando adiestrando sus nervios le repetía su madre: "Hay que tener dominio de sí". Pero sintió que la histeria le tomaba por los cabellos canos. 
    —¿Qué está usted haciendo? ¿Pretende que nos asesinen a todos? ¿Señas al enemigo? Apague la luz inmediatamente, mal patriota.
    Giró el conmutador. El propietario de La Bola de Nieve, olvidando su dulce oficio, lanzaba alaridos escaleras abajo. Lanzaba esos alaridos para darse valor y poder ejercer las funciones de controlador del miedo de los vecinos. Los vecinos, en el rincón de las escobas y de las arañas, temblaban soplados por la guerra.
    El pobre señor gemía en el primer piso con la nariz machacada contra los trozos rotos. Gemía porque durante su vida entera le enseñaron a refrenar sus impulsos y eso le había restado fuerza para hundir la mandíbula al jefe de la defensa pasiva cuando le dijo mal patriota.

Basilisa recogía los baúles. Acercaba la línea de fuego sus banderines rojos. Los aviones llegaban en cuña como los estorninos y las bombas exageraban su tarea. No volvería el señor a escribirse papelitos azules recordándose la muerte. La muerte estaba detrás de cualquier mata de espino que se abría a las veinticuatro horas como una caja de sorpresas. 
    —¡Cuidado con los tibores!
 Basilisa rogaba en sus entretelas por la desaparición de aquella impedimenta. 
    —Las figuritas de jade, en caja aparte,
    Como no hallaron viruta, rompían las sábanas y las camisas. Al fin, treinta cajones de dimensiones diferentes se alinearon en la veredita que lleva al portón. El señor, constantemente, regresaba por alguna cosa que se le olvidaba. 
    —¡Una cesta, Basilisa!
   A gritos, sudados de emociones y de trabajo, entre dos bombardeos, consiguieron ponerse en situación de marcha. "Pasará un camión", les había dicho el jefe de la defensa pasiva. Basilisa y su amo se sentaron a esperarle.
    Como a las cuatro de la tarde apareció el camión. No, ese no podía ser: descubierto, sin bancos ni sillas... Imposible. Tal vez llevase municiones. Pero el camión se detuvo.
    —Debemos recoger aquí dos refugiados.
    Entonces el señor vio que sobre la especie de toril o barrera pintada de gris surgían mujeres ojerosas, niños de cabeza grande, algún viejo...
    ¿Iba a tener él, el señor, que subir entre aquellas tablas, consentir aquella promiscuidad? Prefería morirse entre sus rosales trepadores.
    —Cincuenta kilos por persona. Ni uno más.
  Entonces se mordió los labios para no responder, para perfeccionar su sufrimiento hasta límites inauditos.
    —Me quedo —dijo simplemente con un dejecillo señorial.
   —Evacuación obligatoria. Lo sentimos en extremo.
    A brazo partido consiguieron apartarlo de su riqueza.
    —¡El cofre, Basilisa! ¡El cofre!
    Subieron el monetario. Basilisa trató de explicar que necesitaba el cesto con dos pollos. Imposible. Arrancó el camión como zorro perseguido. Enfilaron la carretera. A su espalda, inexorables, tres trimotores hacían doblarse los álamos contra la tierra.
    Llegaron a un refugio. Masticaba el señor su fracaso de coleccionista. Comía en un bote de tomate una comida perruna que Basilisa consiguió para él. El recuerdo de su casa vacía, de sus colecciones amontonadas le daban fuerza para ser indiferente. Iba sucio. No había ducha, ni hora de levantarse, ni silencio. Junto a su pie lloraba un niño muy chico.
    —No lo pise, señor.
   Sobre sus rodillas solía dormirse una vieja. En el desconcierto que juntaba a los seres humanos, a veces se podía ver alguna mujer joven, olvidada de sí misma, que se levantaba dejando un rastro húmedo. Basilisa, buscando aderezar todas las anormalidades, decía:
    —Tiene miedo, pobre.
    El señor no veía más que las piernas mojadas volviendo más rubias unas pobres medias que fueron de seda. ¡Qué extraño! Había mujeres de carne en los refugios para los refugiados temblorosos. ¡De carne! Los bigotes mal cuidados que fueron antes torrecillas negras hacia sus párpados, se inclinaban, mongólicos. Sentado sobre su cofre, aguardaba, dominándose los nervios, una prueba más.
    —Señor, señor, ¿no ha sentido los piojos?
    La voz de Basilisa apenas si agitaba el aire.
    —¿Piojos?
    —Sí, va a venir la Sanidad para que no nos rasquemos tanto.
  Un temblor le sacudió la boca. Metió su mano bajo la axila. ¡Piojos! Claro es, piojos. Ahora comprendía aquel andar constante de sus manos explorando el cuerpo. Llamaban a la puerta del refugio a grito herido:
    —¡Todos los hombres a la derecha! ¡Las mujeres a la izquierda!
  Quiso no ir, desertar de aquella cuerda trágica de seres anónimos, ser de nuevo el coleccionista respetado a quien escribían los arqueólogos y las instituciones de mayor prestigio, rebelarse en nombre de su sabiduría, de su casta, de su condición... ¡Pobre! La guerra le llevaba en su pico. Al pasar, distraídamente, alguien le dio un número. 
    —Cuélguelo en la camisa.
    Así, marcado como un potro, entró en la fila de los desdichados que iban a matar su orgullo y sus piojos en la estufa de la desinfección.

—Más deprisa, Basilisa. Corramos. Están ahí. 
    —Pesa mucho el cofre. 
    —Espera.
    Brilló el monetario a los rayos de tenue naranja de un sol invernizo. Eran pupilas de niños muertos, niños antiguos con ojos de oro, plata, bronce... Se les quedó mirando extraviadamente. Había que decidirse. La selección le sepultaba un cuchillo de dudas. 
    —Vamos, señor. Es el último tren.
    Nadie miraba. Ninguno de aquellos seres machacados de asombro miró la belleza de las monedas antiguas. ¿Servían para comer? ¿Se podía esperar que mágicamente detuvieran la agresión? Entonces, preferían las cebollas que la Cruz Roja llevaba en un carrito hacia los vagones delanteros. 
    —Apártese, hombre.
    En improvisadas parihuelas iban entrando heridos graves. 
    —Han vuelto a bombardear la carretera.
    El señor, alzados los ojos hacia Basilisa, le pedía consejo. 
    —¿Cuáles? 
    —Las de oro, señor. 
    —Según. Estas cartaginesas de plata valen más que estos doblones de oro. 
    —Entonces, señor, vamos a meterlas en mi chal y envolverlo todo en las camisas.
    Así hicieron. Un petate de soldado con licencia salió perfecto de la operación. No quiso ni mirar las monedas que quedaron en la bandeja de terciopelo. Cerró el cofre y lo apoyó contra el muro junto a un banco de hierro, mohoso de aguardar trenes. Con el pie empujó bajo él todos los papelillos azules que le sirvieron de comunicación subterránea con los siglos pasados. "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo"...       
         —¡El tren, señor!
  El ciervo mugiente de la locomotora entraba en agujas. Con algunos techos y portezuelas sueltos seguían los vagones. Basilisa se unió al clamor. El coleccionista apretaba contra sí el tesoro y seguía agarrado a la mano de la mujer para no perderse. Quisieron desunirlos. 
    —¡Los hombres solos, en aquel furgón de caballos!
    Alguien que intentaba controlar la avalancha, los detuvo: 
    —¿Con quién va usted?
    Entonces el señor, sintiendo desangrársele toda posibilidad de huida, contestó dulcemente: 
    —Con mi mujer.

—Aquí tampoco pueden quedarse. Vayan más al sur.
  Ya no había trenes. La carretera conservaba los indicadores. Uno de ellos señalaba a trescientos kilómetros de distancia un puerto de mar. A derecha e izquierda, campamentos de gentes cansadas. A derecha e izquierda, árboles y huertos. A derecha e izquierda, casas construidas con los frágiles materiales de la paz. Basilisa se apoyaba en el brazo del señor. Dormía el señor sobre el regazo de Basilisa. Volvía a sentir una pierna femenina junto a su marcha. Quería convencerse de que aquella media recia de algodón casero le agarraba también a él los talones, para que la tierra no lo despidiera totalmente. Alternaban la dulce carga. En ocasiones, ella exigía que se desprendiese de algunas monedas. El señor, con los ojos llenos de lágrimas, suplicaba: "Aguarda que pasemos un puente". Al principio quiso convencerla de que aquello era dinero, sumas importantes de dinero, pero tuvo que desistir. Basilisa continuaba llamándolas medallas en lugar de monedas.
   Cuando echaron a andar, se sintieron jóvenes. Creyó el coleccionista que podría reconstruir su aislamiento. Era ancha la tierra. Se está bien en el mundo cuando hay tierra para andar. Por primera vez comprendía el gran espacio que necesitan los hombres aunque sean muy chicos. Esto era confortable, aunque se sintiese pequeño, desamparado... Desamparado en un silencio lleno de palpitaciones sonoras, de venas, murmullos y pausas. Este sí que era un silencio profundo para leer su correspondencia un coleccionista. Pero le llegaba, justamente, cuando no había carteros. Nunca se había dado cuenta. 
    —Basilisa, ¿qué te parece el campo? 
    —Bueno para señoritos ociosos, señor.
    ¡Esta Basilisa! Le oprimió con ternura el brazo. Un brazo cuarentón, resquebrajado de soles. Solo un momento pensó que opinaban distinto. Pero era una sola honradez la que iba del brazo en aquel hoyo de luz que las guerras permiten, riéndose. 
    —¿No tienes hambre?
    Se conmovieron al ver gallinas picoteando entre las malvas reales. 
    —Te quiero convidar.
    Abrió la puerta. Levantó su sombrero. 
    —Nos han dicho, señora, que usted vende comida. 
    —Pago adelantado. 
    —Está bien.
   Deslizó sus camisas. Las monedas, soltando brillos infantiles y juguetones, mostraron su linaje. La ventera se inclinó sobre el mostrador. 
   —Mire, legítima. De la época de los Trastámaras. Estas esquinas que la hacen perder su redondez vienen de la avaricia de aquellos que al pesar las monedas sacaban provecho de las virutas de oro. Vale... 
    —Vayan al prestamista, buena gente, y que se lo cambien por billetes de banco.
    Salieron a la carretera. Basilisa quiso defender a voces los monarcas desdeñados. 
    —No. Calla. Déjala. Hay que saber en qué tiempos vivimos.
   Basilisa vio el arco iris de una gota redonda sobre el bigote negro de su amo. Aunque fuera desdecirse de su palabra, le pudo más el corazón. Giró su busto matronil, buscando en él una bolsita bordada en crucetillas rojas. Cuando la halló, su dedo mojado en saliva separó un papel. 
    —Ande, señor. Cómprele huevos a esa arpía.
    El señor, automáticamente, empujó la puerta y dejó en manos de la mujer desconfiada el papelucho renegrido y se quedó aguardando el milagro de un billete de banco.

El muelle. Andar por un muelle es difícil. ¿Contra qué grúa se apoyará el señor? Los barcos interceptan la vista al mar. Cuando entre dos cascos se adivina el agua, es solo una plancha caliente o fría, según la temperatura del aire. Hoy hace frío. No tiene el señor brazo cuarentón donde agarrarse. Se le han ido desapareciendo de la memoria todos los asideros que con tanta firmeza lo amarraban al pretérito. Piensa que es un globo libre. Cabecea y se da encontrones contra recuerdos que lo empujan  despiadadamente. 
    Basilisa ha quedado tendida en una linde, más gorda, más fea, más criadil su atavío pobre. Apenas si sobre la boca la nariz le floreció un poco. Al señor lo empujaron brutalmente. La tierra rechazaba la agresión con chorros de arena y piedras. El señor se vio obligado a huir con el rebaño, colgándole del hombro el chal de Basilisa. No sentía el peso. Cuando sentía cansancio en el hombro, le entraban ganas de tirarse al suelo y de llamarla hasta que acudiese. Pero no lo hizo. Va por el muelle buscando el barco. Le ha pisado los talones un enemigo alado que él no consiguió ver nunca. Pero se irá. Puede irse a otro continente. Huir por el agua. Necesita perder esa sensación de golpearse contra los vientos. De que todos los vientos lo golpean. Tampoco le es posible morir. Además, toda la humanidad anda, corre, se agrupa, se dispersa empujada por un cayado invisible. Él también anda y corre. Ya no lleva botas de sabio acordonadas hasta el tobillo. Basilisa, en una aldea, le compró alpargatas blancas. Pero el traje es negro, correctamente negro. Y, sin embargo, ¿dónde dormirá? Se le vuelve a cada momento más difícil el no tropezarse con los muros de los tinglados, con las patas dromedarias de hierro. Necesita aligerar el pensamiento para encontrar rumbo. Le gustaría que sus pies, aquellos pobres pies, aquellos miles de pies que se arrebatan ensangrentados, pudiesen entrar un instante en el agua fría del mar. Se enternece pensando que por su gesto de quitarse las alpargatas estirando los dedos, puede que a lo largo y ancho de una nación miles de hombres descansen su fatiga.
    ¡Qué gusto saberse rebaño! Cuando con los dos pies al aire, remangadas pulcramente las bocas de los pantalones, introduce sus dedos en el mar, le sube un borbotón de sorpresas. Empuja un corcho que flota. Hace un remolino. Cree que canta: "Basilisa, Basilisa, ¡espérame!".
    ¿Cómo no vio antes su ternura doméstica? ¡Estos millones de rayos de sol! En los puertos hay mujeres que se entregan por oro. Están en las esquinas. Nunca a media calle. Siempre hay una esquina y un farol. Pero se reirían de él. ¿Pero por qué nadie se ha reído de verlo huir? Es que todos van ridículamente apretados en bloque y más solos que nunca. Definitivamente solos con su muerte saltándoles delante, detrás, a los costados... ¡La guerra! ¿Por qué la guerra? Su conciencia está bruñida y solitaria. Tal vez demasiado solitaria. ¿Demasiado solitaria? Sí. Ese volumen de su inteligencia pudo ocuparse de formular la manera de oponerse a la matanza. Su inteligencia y la de los otros eran como los pañuelos de su uso personal. ¡Qué fracaso! Vacío, huecos, están los asientos de los estudiosos. ¡A él le han muerto a Basilisa! Empujó el corcho. 
    —Te vas a caer. 
    —Nada me importa. 
    —Sí, te vas a caer en agua sucia. 
    —Más sucio está el mundo. 
    —Tienes razón, chico.
   Una mujer casi joven se sentó, mostrándole las piernas. No era su propósito encandilarlo con seda artificial. 
    —¿Vienes de muy lejos?
    El señor hizo un gesto vago. Aplastó entre dos palabras una mosca. 
    —¿Eso nada más has traído?
   Intentó levantar con una mano el chal de Basilisa. 
    —¿Traes piedras?
    Introdujo sus dedos en el atado de ropa. 
    —¡Anda, medallas! 
    —Monedas. 
    —Claro, monedas viejas. Dame una. 
    —¿Y tú?
    Se atusó los bigotes otra vez en agujas hacia los párpados. 
    —¿Tienes dinero? 
    —Ya lo ves. 
    —No. Del otro. 
    —Esto es más. 
    —Puede, pero me detendría la policía.
   Saltó la moneda al aire, la recogió con la palma abierta. El señor dominó su espanto, se le nubló el habla. 
    —¡Ay!
    Se rio la mujer con crujido de grúa. 
    —Tienes otras, pichón. Hay que dar, como dice mi amante marinero, su sueldo al mar.

Durante todo el viaje, una a una de las noches de navegación, ofreció al mar una moneda. Se aligeraba el chal de Basilisa. Sentado sobre el suelo en la popa oscurecida por temor a los torpedeamientos, decía, casi en alta voz, para sí y las estrellas, la fecha aproximada de la época, de la vida, el hecho célebre que pudo ver y hasta la belleza capaz de venderse a aquel disco metálico que apenas agitaba la espuma. ¡Mala época eligió usted para ser coleccionista! Hay que ir ligero, sin lastre en los bolsillos. Nuestra época está bajo el signo de la huida, del éxodo en bloque; nunca la humanidad semejó más un rebaño calenturiento. Si se retirasen las selvas, si los torrentes se trasladasen buscando lechos más floridos, si las carreteras cansadas de sus trazados intentasen agrandarse, conquistando otras rutas y terrenos, un clamor de los hombres se levantaría para evitarlo. ¡Cuánto afanaría la inteligencia humana imaginando diques y represas! ¡Cuánto suplicarían las iglesias la unidad de las fuerzas espirituales! Pero hoy... Alguien ha dicho una terrible fórmula mágica y nadie encuentra la palabra que la detenga. Sacó su moneda. Pensó: "Con la luna pueden verla los peces, alguien puede luego pescarlos. Un niño, al partir su parte, es posible que la encuentre más nueva que nunca. ¿Un niño de qué año?". Él solo quiere un collar de peces para sujetarle bien la corbata que ya no usa. Ve a su novia con la piel agujereada por la viruela, entrándole y saliéndole pececillos por el cutis a la luz de los arcos voltáicos; su madre, con cara de Basilisa, limpiando el polvo de sus pensamientos; su padre, con la voz del jefe de la defensa pasiva... Tienes que dominarte. Ve los dedos que le afilaron las torrecillas de sus bigotes. Un corcho. La voz del funcionario de evacuación... Obligatoria, obligatoria. 
    —No nos deje usted. 
    —Capitán, pensaba descansar. 
    —Pues váyase a su cama. El agua está demasiado limpia. 
    —Como usted guste.

En la fila, el señor parecía de los más miserables. Era un pordiosero aseñorado tratando de ocultar las grietas de su fortuna. El chal de Basilisa al hombro le hacía poco bulto. Coleaban los emigrantes por los pasillos del barco hasta el comedor de segunda clase. Los funcionarios del nuevo país estaban relucientes. Les brillaba la paz en los semblantes. Miraban desdeñosamente ducales a los nuevos pobres. La mesa separaba dos continentes. De cuando en cuando, detenían la fila y encendían un cigarrillo. Cientos de corazones se encogían temerosos de no alcanzar a sentir la tierra extranjera bajo sus pies. Continuaba el examen. Una lección penosa. No recordaban ni los años que tenían. No tenían años. Una parte de la humanidad se encontraba suspendida por los cabellos en un pasillo misericordioso. Quisieran sonreír para acelerar los trámites. Están ávidos de una palabra suave que les limpie los oídos del odio de las explosiones. Pero nadie la pronuncia todavía. Un paso más. Un hombre más ante la máquina policial y aduanera.  
    —Señor... 
    —Yo soy un hombre honrado.
    ¡Pobre paraguas con las varillas rotas! Tú eres un derrumbadero de miserias. 
    —¿Trae dinero?
    Se le iluminaron los ojillos. Sí, traía dinero. Un tesoro de oros verdes antiguos. Había en él sirenas roncadoras y cabezas de emperadores y simbólicos toros y cruces y leones y castillos y flechas y números... La Humanidad traficando desde sus años más tiernos y la guerra, el arte, el amor, el comercio, las civilizaciones, los siglos, la muerte, la inmortalidad... El chal de Basilisa extendió su trama pobretona sobre la mesa. Los ojos de los ciudadanos de un país en paz lanzaron rayos de concupiscencia. ¡Oro! Las escamas de la civilización saltaron en las manos avariciosas. El coleccionista quiso explicar... ¡Para qué! Un funcionario contaba las monedas. 
    —Ciento veinte. 
   —Tendrá que venir un tasador, y los derechos de aduana van a ser elevados. Recoja eso. Ya se le llamará después. 
    ¡Ah! ¿Conque no desembarcaba? ¿Conque no podía, como los demás, sentir el asfalto en los muelles pacíficos? ¡Ah! ¿Conque tenía que pagar lo que no llevaba? El acordeón arancelario estrangulaba al señor. ¡Basilisa! Entonces volvió a popa, desanudó de nuevo el chal, dio ciento veinte besos a su corazón de oro y fue lanzando las monedas una a una a la bahía.
    Libre, acudió al tribunal. 
    —Nada tengo. Quiero la autorización de desembarco.
    Luego, desnudo y liviano, se dirigió al hombre probo y funcionario de aduanas y le lanzó, sibilino, cortante: 
    —Tú también morirás lejos...
    Y el señor se dirigió a la primera barbería para que se quedasen también con sus bigotes.

(María Teresa León, Morirás lejos (Buenos Aires, 1942). Incluido en: Ignacio Martínez de Pisón (ed.), Partes de guerra, Catedral, 2022, págs. 211 -227)

Exiliados españoles a bordo del Stanbrook, en el puerto de Orán (Argelia)
(archivodemocracia.ua.es)



María Teresa León, hacia 1928
María Teresa León Goyri
fue una novelista, ensayista y dramaturga española. Forma parte de "Las Sinsombrero", grupo de mujeres intelectuales y artistas que se atrevieron a desafiar las tradiciones y a reclamar la independencia y la autonomía para las mujeres, así como el acceso a una formación intelectual al mismo nivel que la de los hombres. Junto a María Teresa León, pertenecen a este grupo Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre, Margarita Gil Roësset; Margarita Manso y Maruja Mallo. Compañeras de los poetas de la Generación del 27, estas mujeres fueron invisibilizadas y sus voces silenciadas en la historia cultural hasta fechas recientes.

María Teresa León nació en Logroño en 1903, en una familia burguesa e ilustrada. Su padre, Ángel León, fue coronel del Ejército y su madre, Olivia Goyri,  era prima hermana de María Goyri, escritora y filóloga casada con Ramón Menéndez Pidal, pionera en la defensa de los derechos de la mujer y la primera mujer en obtener en España un doctorado en Filosofía y Letras. María Teresa pasó su infancia en Madrid y Barcelona. La influencia y el apoyo de sus tíos y de su prima Jimena resultaron decisivos para que prosiguiera sus estudios en la Institución  Libre de Enseñanza tras ser expulsada del colegio Sagrado Corazón de Leganitos  y más tarde se licenciara en Filosofía y Letras. En 1917 la familia se trasladó a Burgos y en 1924 María Teresa comenzó a publicar artículos y cuentos en el 'Diario de Burgos', casi siempre bajo el seudónimo de Isabel Inghirami, la heroína de Gabriele D'Annunzio. En 1920 contrae matrimonio con Gonzalo de Sebastián Alfaro, con quien tuvo dos hijos. En 1925 abandona a su marido y comienza una nueva etapa en libertad, para lo cual tiene que renunciar a sus hijos. En 1928 viaja a Argentina y en Buenos Aires desarrolla una intensa actividad cultural impartiendo conferencias. A su vuelta publica su primer libro, Cuentos para soñar (1929), prologado por su tía María Goyri. Ese mismo año se separa definitivamente de Gonzalo y marcha a Madrid, donde acaba su segundo libro, La bella del mal amor. Cuentos castellanos (1930).
María Teresa León con los hijos de su primer matrimonio


En 1930, durante una lectura de poemas del poeta gaditano en casa de un conocido abogado, conoce a  Rafael Alberti, quien ya había ganado el Premio Nacional de poesía por Marinero en tierra, y mantenía una relación con la pintora Maruja Mallo. Alberti, que se convertirá en su compañero de por vida, evoca así el encuentro con María Teresa, que le pareció inteligente y una de las mujeres más bellas de España: 
"Surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho".
Rafael Alberti y María Teresa León, en una imagen del 
Museo Alberti, Puerto de Santa María (Cádiz)

Tras obtener el divorcio de su primer marido, en 1932 se casa por lo civil con Rafael Alberti y juntos inician una etapa plena de proyectos comunes.  La pensión concedida a María Teresa por la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar el movimiento teatral europeo los lleva a viajar a Berlín, la Unión Soviética, Dinamarca, Noruega, Bélgica y Holanda. En 1933 fundaron la revista 'Octubre', en la que León publicará su obra Huelga en el puerto (1933). Al año siguiente viajan de nuevo a la Unión Soviética para asistir al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, donde conocen a Gorki y a Malraux. Tras el estallido de la Revolución de Asturias en octubre de 1934, marchan a Estados Unidos para recaudar fondos para los obreros damnificados. 

María Teresa León (primera a la derecha) en el homenaje a Cernuda por su obra
'La realidad y el deseo'. De pie, de izda. a dcha: Vicente Aleixandre, García Lorca,
Pedro Salinas, Alberti, Neruda, José Bergamín, Manuel Altolaguirre y María Teresa.
Sentados, en el centro, Concha Méndez y Luis Cernuda, 19 de abril de 1936

Rafael Alberti y María Teresa León, de excursión con Manuel Altolaguirre y
otros amigos, fotografiados por Concha Méndez hacia 1936

El golpe de estado del 18 de julio de 1936, que dio inicio a la Guerra Civil, los sorprendió de vacaciones en Ibiza, donde se refugiaron en una cueva con vistas a una playa virgen para evitar ser detenidos. Cuando el Gobierno de la República recuperó el control de la isla, pudieron regresar a Madrid. Durante la guerra, ambos se integraron en la Alianza  de Escritores Antifascistas, de la que María Teresa fue secretaria, y, junto a otros escritores de la Alianza, fundaron la revista cultural 'El mono azul'. Estas experiencias aparecen recogidas en sus novelas Contra viento y marea (Buenos Aires, 1941) y Juego limpio (Buenos Aires, 1959) y en algunos de sus cuentos. Ambos participaron en la Junta de Defensa y Protección del Patrimonio Cultural, que se encargó del traslado de obras de arte del Museo del Prado y de El Escorial. María Teresa participó en la confección del Romancero de la Guerra Civil, dedicado a García Lorca y llevó a cabo una intensa actividad de agitación cultural en los frentes de batalla, centrándose  sobre todo en el teatro. Fue subdirectora del Consejo General del Teatro y responsable del Teatro de Arte y Propaganda y más tarde de Las Guerrillas del Teatro, con las que puso en marcha diversas empresas teatrales en las que trabajó como dramaturga, directora de escena e incluso como actriz.

María Teresa, Rafael y su hija Aitana en La Gallarda,
Punta del Este (Uruguay), hacia 1948. Foto: Mandello

Tras la derrota republicana, el matrimonio emprendió el camino del exilio, que los llevaría a Orán, Francia, Argentina e Italia. En París trabajaron como traductores de la radio francesa Paris-Mondial y como locutores para las emisiones de América Latina hasta 1940, cuando el gobierno de Pétain les retiró el permiso de trabajo. Después vivieron veintitrés años en Argentina, donde nació su hija Aitana en 1941. María Teresa escribió allí, además de las novelas citadas anteriormente,  los libros de cuentos Morirás lejos (1942), Las peregrinaciones de Teresa (1950) y Fábulas del tiempo amargo (1962), las biografías El gran amor de Gustavo Adolfo Bécquer (1946), El Cid Campeador (1954) y Doña Jimena Díaz de Vivar, gran señora de todos los deberes (1960), así como los ensayos La historia tiene la palabra (1944) y, en colaboración con Alberti, Sonríe China (1958). El ascenso de Perón al poder los llevó a abandonar Argentina e instalarse en Roma, donde permanecieron desde 1963 hasta 1977, año en que pudieron regresar a España. En el barrio del Trastévere, donde vivían,  escribió su obra más valorada, sus memorias (Memoria de la melancolía, publicada en Argentina por la editorial Losada en 1970), mientras el matrimonio viajaba por medio mundo y María Teresa luchaba contra los primeros síntomas del alzhéimer, que se hicieron plenamente visibles en 1971. Cuando regresaron a España en abril de 1977, la enfermedad apenas le permitió disfrutar del regreso a la patria perdida y añorada. Mientras Alberti volvía a Roma para continuar su labor como pintor y poeta, María Teresa permaneció en España y fue ingresada en un sanatorio de Majadahonda, donde pasó sus últimos años y donde murió el 13 de diciembre de 1988, a los 85 años. En su lápida del cementerio figura, a modo de epitafio, un verso de Alberti que evoca los días felices: "Esta mañana, amor, tenemos veinte años"*.

María Teresa León fue una escritora brillante, cuya obra no gozó en vida del merecido reconocimiento, eclipsada por la luz de  Alberti, como reconoce la autora en sus memorias:

"Ahora soy yo la cola del cometa. Él va delante. Rafael no ha perdido nunca la luz".

*Puedes leer el poema completo AQUÍ

María Teresa León y Rafael Alberti, a su llegada a Madrid
tras su largo exilio, en 1977. /Foto: El País


[Imagen inicial: kuhoptorg.ru]
    

miércoles, 26 de junio de 2024

'No te veré morir', de Antonio Muñoz Molina

Grupo de lectura: “Leer juntos” del IES Goya

Sesión del 27 de mayo de 2024

Autor: Antonio Muñoz Molina

Obra comentada: No te veré morir. Seix Barral, 2023, 240 págs.



Antonio Muñoz Molina (Úbeda 1956). Entre otros muchos méritos reconocidos, podemos destacar que es académico de la RAE desde 1996 y Premio Príncipe de Asturias de 2013. Fue director del Instituto Cervantes de Nueva York entre 2004 y 2006.

En su página web escribe: “… defiendo la instrucción pública y la sanidad pública, el respeto escrupuloso de la igualdad democrática, la igualdad de hombres y mujeres, el derecho de cada uno a elegir su forma de vivir y, si es preciso, de morir dentro de la conciencia de nuestra responsabilidad como ciudadanos”.

No te veré morir

La primera parte de la novela de Muñoz Molina No te veré morir (2023),  aunque escrita en tercera persona, crea la  sensación de un monólogo interior en el que el protagonista, Gabriel Aristu, se describiese a sí mismo. En un continuo relato sin puntos, ni seguidos ni aparte, vemos al personaje que, a retazos en el tiempo, nos cuenta su biografía. Los problemas de su padre durante la guerra y tras ella, que van a influir decisivamente en su orientación educativa y profesional. Admite su sumisión cobarde a los deseos de su familia, que no percibe como imposiciones sino como una deuda. Abandona su afición, el cello. Abandona a su amor, Adriana Zuber, y abandona España para triunfar económica y socialmente en Estados Unidos.

Sabremos luego que, como el arpa de Bécquer, Adriana y el cello están ahí constantemente apartados; en este caso, ciertamente no olvidados. Gabriel guarda las partituras firmadas por Casals, pero renuncia a una vida en el mundo musical. Sueña con Adriana, guarda sus cartas, pero renuncia a una vida de amor con ella.

En la segunda parte tenemos un nuevo narrador, esta vez en primera persona, que de momento parece un espectador anónimo; sólo al final de la novela conoceremos su nombre, Julio Máiquez. Es, en realidad, un personaje secundario que el azar convierte en imprescindible cuando casualmente menciona a la profesora Adriana H.  Zuber, un nombre que vuelve y revuelve el pasado de Gabriel.  

Máiquez es un triunfador que podríamos definir de segunda, una especie de “contrahéroe” de Aristu. Ambos emigrados a Estados Unidos: Aristu, por su opción personal, no volverá a ver en cuarenta y siete años a su único amor verdadero; Máiquez, forzado por un divorcio del que ni él conoce las causas, añora a su hija a la que, a su pesar, nunca volverá a ver. Aristu llega a lo más alto en su profesión y vive en el Upper East Side, zona residencial para habitantes adinerados de Nueva York. Máiquez consigue labrarse un futuro aceptable como profesor universitario, pero no es lo que podría definirse como triunfador. Cuando menciona una de sus reuniones, Máiquez comenta que son amigos pero opuestos: “…rompiendo yo mi timidez y mi vergüenza y él su reserva, su hábito de presentar a los demás un personaje tan elaborado tan convincente, que él mismo acaba confundiéndolo con su verdadera identidad”.

Empieza recordando su cita con Aristu en Madrid, a la que, sorprendentemente, no acudió. En un continuo zigzag del tiempo vamos sabiendo sobre su vida, la de Aristu y la relación entre ambos. Termina mencionando otra vez esa cita que no se dio.

Conoceremos el porqué en la tercera parte. Un narrador omnisciente nos lo hace saber con los detalles del encuentro final de los dos protagonistas. El autor no ha querido recurrir ni a Adriana ni a Gabriel para que nos lo cuenten. Quiere que sea el lector quien opine, analice, interprete su desarrollo.

Todo el trascurso de la novela está encaminado hacia este reencuentro. Adriana, en su decrepitud física, le muestra a Gabriel, con toda la firmeza de cuando fue joven, lo que él había significado para ella, la necesidad que tenía de él, cómo había tenido a su hija por la violación de su propio marido, la agobiante decepción que supuso su abandono. Antes de emigrar, le suplicó que se quedara con ella. Ahora, le pide que la ayude a dejar esta vida. En lucha entre lealtad y traición, siempre hay alguien que, digamos, le facilita a Gabriel no asumir esas responsabilidades. En el pasado, los deseos de su familia. Ahora, la solicitud de la cuidadora, Fanny, siempre atenta a las necesidades de la señora.

En la cuarta parte vuelve Máiquez, en primera persona, a ser el informador. Constituye, en realidad, un epílogo a la vida de Gabriel Aristu.

Su amor de siempre le había pedido ayuda con total ausencia da amor: “a ella lo único que le importaba era morir cuanto antes”.

En resumen, un triunfador que renunció por cobardía y provocó un enorme desengaño y una gran amargura.

 

Cristina Baselga Mantecón