EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 15 de septiembre de 2019

"El Lingüista", de Diego Jesús Jiménez

Vista de la ciudad de Cuenca


                            EL LINGÜISTA

     Es ambición hermosa someter las palabras.
Reclamaba el lingüista
la precisión del tiempo para nombrar las cosas.
Conocer los arroyos, las escondidas sendas de los sabios, y las
     noches
abrasadas de flores; donde el lenguaje abre sus palabras más
     justas.
Juan de Valdés sabía
que las palabras pueden penetrar la materia
y, con su luz más diáfana, establecer un orden en su universo
     helado.
Trabajó con las sombras, vivió oculto en la niebla
de su taller obscuro; en fríos alambiques de vidrio, acontecieron
los más bellos vocablos. Destilaba la razón en matraces,
     calentaba sus pétalos
en busca del aroma que las palabras dejan en el aire al
     nombrarlas.
Atravesó la noche donde el silencio habita
los perfumes más cálidos. Ese resol perdido
incendiando la tarde por las hoces de Cuenca
iluminó su frente. Y acaso viera al cielo, con su escritura pálida
     en las aguas,
transcribir la belleza, la exactitud de toda su penumbra infinita.

Que la palabra nombre con sabiduría, llene de sonidos
     exactos y de luces precisas
nuestro conocimiento. Si es en los ríos donde se detiene
sea fría su música, transparentes y frescas sus dormidas imágenes;
transcurran las palabras reflejando el silencio
o queden derrotadas recorriendo sus bóvedas, entre polvo, a la
     sombra
de sus casas en ruinas, si acuden a las plazas vacías de la Historia.
Someter la palabra, Juan de Valdés, es ambición hermosa,
pues que así se da nombre y destino a la vida, la materia ilumina
su corazón cerrado.
        
De Itinerario para náufragos, 1996

Diego Jesús Jiménez, por Julián Garu
 Santos, 1961
Diego Jesús Jiménez Galindo (Madrid, 1942-2009) fue escritor, periodista y pintor español. Pasó su infancia en Priego (Cuenca), donde su padre ejerció la medicina,  y la adolescencia, en la capital conquense, ciudad en la que conoció a su futura esposa, Társila Peñarrubia. A comienzos de los años 60 se trasladó a Madrid para estudiar Periodismo. En la capital frecuentó las tertulias literarias del Café Comercial y del Gijón y entabló amistad con Ignacio Aldecoa, José Hierro, Francisco Brines, Félix Grande y Francisco Umbral. En la década de los 70 dirigió la colección de poesía 'Alfa' de la Editora Nacional, de la que fue expulsado por su compromiso político. El poeta fue militante del PCE y director de 'Mundo Obrero'. A partir de 1982 se dedicó, en exclusiva, a la pintura y a la literatura, si bien se sentía más pintor que poeta.

Aunque pertenece por edad a la Generación del 68 o de los 70, en la que se integran también los Novísimos, su línea poética se encuentra más próxima a la de autores de la generación anterior. Algunos críticos lo incluyen en la Promoción de los 60, que constituye una especie de paréntesis entre la Generación de los 50 y los Novísimos. Publicó su primer libro de poemas, Grito con carne y lluvia, con el que obtuvo el Premio del Club Internacional de Poesía de Jerez. A partir de ahí, se sucedieron los galardones, entre los que destacan el Adonáis por La ciudad, en 1964; el Premio Nacional de Literatura 1968 con Coro de ánimas; el Premio de Poesía Bienal de Zamora 1976 con Fiesta en la oscuridad;  el Premio Juan Ramón Jiménez 1990 con Bajorrelieve, y con Itinerario para náufragos, punto culminante de su trayectoria poética,  obtuvo el Premio Jaime Gil de Biedma 1996, el Premio Nacional de la Crítica 1996 y el Premio Nacional de Literatura 1997. Su obra no goza, sin embargo, del reconocimiento merecido por su extraordinaria calidad, y actualmente no está recogida en muchas antologías.

El crítico Luis García Jambrina  ha escrito (en ABC, 13/10/1998) sobre la obra de este peculiar y extraordinario poeta:
Diego Jesús Jiménez  nos ofrece una visión del mundo centrada en el perpetuo misterio de la vida. [...] Y es que la labor del poeta no es conocer la verdad -tarea imposible-, sino soñarla. De hecho, la verdad del poema no es otra cosa que esa inmersión en lo desconocido, en lo misterioso, en lo oscuro de la vida. Todo esto, en fin, ha dado como resultado una poesía hondamente reflexiva y desmitificadora y una estética esencialmente barroca.
El autor define  Itinerario para náufragos como "un canto a los desheredados, los fracasados, las víctimas de la Historia o de cualquier historia". Por su parte, Manuel Rico (en "El jinete de las raras palabras", en Revista de Libros, 01/10/1997) observa sobre este libro que, en un panorama poético donde predomina la poesía realista, este poemario "surge como una saludable invitación a la heterodoxia" cuyos poemas "indagan e iluminan otras zonas de la experiencia: el espacio del sueño, el azaroso trayecto de la historia, la memoria íntima y colectiva, el poder revelador del lenguaje". Y añade que "no estamos ante una poesía 'descargada de realidad', sino ante un modo muy peculiar de enfrentarse a ella desde el lenguaje".

El poeta Diego Jesús Jiménez. ABC
En el poema seleccionado, el autor reflexiona sobre la labor del lingüista, representado por el conquense Juan de Valdés (Cuenca, 1509-Nápoles, 1541), humanista, erasmista y escritor protestante autor de Diálogo de la lengua, obra compuesta en 1535, pero que no vio la luz hasta 1736. Se trata de una obra clave para entender el ideal literario y lingüístico erasmista: verosimilitud en la narración, sencillez y precisión en el estilo e imitación de la lengua hablada.

Sobre ello explica  Marta Sanz Pastor (en Metalingüísticos y sentimentales, Biblioteca Nueva, 2007):
El símbolo del lingüista, del humanista Juan de Valdés, ilumina una concepción de la poesía, en que la búsqueda de la precisión, la exactitud y la capacidad evocativa de las palabras, en función del referente nombrado -hay referentes concretos y otros intangibles- se alía con la sabiduría referencial y con el conocimiento dimanante de ese proceso de búsqueda de lo exacto, de lo preciso, de lo bello, de esa "ambición hermosa" que consiste en "someter la palabra" " pues que así se da nombre y destino a la vida, la materia ilumina su corazón cerrado".
El pasado 13 de septiembre se cumplieron diez años del  fallecimiento de Diego Jesús Jiménez.

[Imagen principal: sitiosdeespana.es]

jueves, 12 de septiembre de 2019

"El pájaro azul", de Rubén Darío

[mike-mora.blogspot.com]


                                        El pájaro azul


París es un teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier, buenos y decididos muchachos —pintores, escultores, escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!—, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.
    En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix*, versos, estrofas enteras, escritas en la letra echada y gruesa de nuestro  pájaro azul.
    El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le bautizamos con ese nombre.
  Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
    —Camaradas, habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por consiguiente...

*   *   *

    Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el poeta.
    De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y rosada, que tenía los ojos muy azules.
    Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto! ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!

*   *   *

    Principios de Garcín:
    De las flores, las lindas campánulas.
    Entre las piedras preciosas, el zafiro.
    De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Niní.
    Y repetía el poeta:
    —Creo que siempre es preferible la neurosis a la estupidez.

*   *   *

    A veces, Garcín estaba más triste que de costumbre.
    Andaba por los bulevares; veía pasar indiferentes los lujosos carruajes, los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas ediciones, se declaraba decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado, pedía su vaso de ajenjo, y nos decía:
    —Sí; dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere su libertad...

*   *   *

    Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de la razón.
    Un alienista a quien se le dio la noticia de lo que le pasaba, calificó el caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban lugar a dudas.
    Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
   Un día recibieron de su padre, un viejo provinciano de Normandía, comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o menos:

    "Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás de mí un solo sou. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero."

    Esta carta se leyó en el café Plombier.
    —¿Y te irás?
    —¿No te irás?
    —¿Aceptas?
    —¿Desdeñas?
    ¡Bravo, Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la ventana, improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:

                                              ¡Sí; seré siempre un gandul,
                                                  lo cual aplaudo y celebro,
                                                  mientras sea mi cerebro
                                                  jaula de pájaro azul!

    Desde entonces, Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dio un baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema de tercetos, titulado El pájaro azul.
   Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era excelente, sublime, disparatado.
    Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que sin saber cómo ni cuándo anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y de da contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
    He aquí el poema.

*   *   *

    Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
    La bella vecina había sido conducida al cementerio.
    —¡Una noticia! ¡Una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha muerto. Viene la primavera y Niní se va. Ahorro las violetas para la campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El epílogo se debe titular así: De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul.

*   *   *

    ¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al campo.
    Hele aquí; viene con traje nuevo, a nuestro amado café Plombier, pálido, con una sonrisa triste:
    —¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós, con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
    Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus fuerzas, y se fue.
    Todos dijimos: "Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando. Musas, adiós; adiós, gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!"
    Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos del café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo rojo de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral... ¡Horrible!
    Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la última página había escritas estas palabras:
    Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro azul.

*   *   *

    ¡Ay Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!

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* Delacroix (1798-1863), pintor francés, colorista brillante y atrevido innovador, jefe de la escuela romántica. En las ediciones anteriores a 1905: Clay (Jan Carel Clay, 1817-1890), artista belga que sobresalió como pintor de marismas.

(Rubén Darío, Azul. Cuentos. Poemas en prosa, Madrid, Aguilar, 1987, pp. 61-66)

Edouard Manet, El suicidio (1877-1881). Fundación de la
colección E. G. Bührle, Zúrich

Con  diecinueve añosRubén Darío se trasladó a Chile, donde permaneció  tres años trabajando en la Aduana de Valparaíso y como periodista en diferentes medios. Azul... fue escrito por Rubén Darío  durante su estancia en este país.  Compuesto, según su autor,  por "un puñado de cuentos y poesías que podían calificarse de parnasianas", se terminó de imprimir el 30 de julio de 1888 en Valparaíso. Esta primera edición  constaba de dieciocho cuentos en prosa y los siete poemas de "El año lírico", textos que habían aparecido en la prensa chilena entre diciembre de 1886 y junio de 1888. El libro -prologado por su amigo Eduardo de la Barra, gran poeta romántico- no tuvo un éxito inmediato, pero fue bien acogido  por el novelista e influyente crítico español Juan Valera, quien escribió dos cartas dirigidas a Rubén Darío  publicadas en el diario madrileño 'El imparcial' en octubre de 1888. En dichas cartas, reproducidas por la prensa Chilena, reconocía en el autor a un poeta y un prosista de talento, si bien criticaba su "galicismo mental", sus excesivas influencias francesas. La fama que le proporcionó Azul le permitió obtener el puesto de corresponsal del diario 'La Nación' de Buenos Aires. Con las cartas de Valera a modo de prólogo, en 1980 apareció una segunda versión en Guatemala, en la que añadió poemas y prosas nuevos, entre ellos el famoso soneto "Capoulicán".

Azul está considerado como el libro fundacional del Modernismo. Incluso el propio Rubén, obviando la existencia de otros predecesores del movimiento, se declara iniciador del Modernismo cuando escribe (en "Los colores del estandarte", La Nación, 27 de noviembre de 1896):
Y he aquí cómo, pensando en francés y escribiendo en castellano [...] publiqué el pequeño libro que iniciaría el actual movimiento literario americano, del cual saldrá, según José María de Heredia, el renacimiento mental de España.
Y reconoce también la condición parnasiana de su obra:
El Azul... es un libro parnasiano y, por tanto, francés. En él aparecen por primera vez en nuestra lengua el "cuento" parisiense, la adjetivación francesa, el giro galo injertado en el párrafo clásico castellano, las chucherías de Goncourt, la câlinerie erótica de Mendès, el encogimiento verbal de Heredia, y hasta su poquito de Coppée.
De forma que, como observa Miguel Ángel Feria ( "La trayectoria poética de Rubén Darío a la luz del parnasianismo. II: de París a Nicaragua", en Anales de Literatura Hispanoamericana. 46 2017: 159-181), le confiere así al Parnasse "un papel fundamental en la génesis del Modernismo".

Mucho se ha insistido en la innovación formal de los cuentos, en los que resulta más evidente el afán innovador y la huella del parnasianismo. Por lo que respecta a  los poemas, Miguel Ángel Feria destaca como principal novedad "la ausencia del tono confesional y elegíaco propio del romanticismo y posromanticismo hispánico". En la edición de 1890 se incrementa el parnasianismo, y en los poemas nuevos resulta evidente la influencia del parnasianismo más canónico de Leconte Lisle y de José María de Heredia.

En cuanto a la razón del "Azul" del título, que pasará a ser emblema del Modernismo, para el autor  se encuentra en la frase de Victor Hugo, "L'art est azur", que sirve de epígrafe al prólogo de Eduardo de la Barra, y en Historia de mis libros expone el significado del color azul en su obra:
El azul es para mí el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y fundamental.
El color azul, que De la Barra identifica con el "ideal", ya había sido utilizado simbólicamente por José Martí  desde 1875 y, como recuerda  Javier Pérez ("Un momento del azul. Rubén Darío acuña un color", en Anales de Literatura Hispanoamericana, 2011, vol. 40: 161-169), a finales del siglo XIX el azul era "un color tópico de las poesías elitistas francesas. Mallarmé y su poema "L'azur" pueden servir como ejemplo". Y sobre la génesis del cuento que nos ocupa, explica:
El azul acompaña a un mito francés del XIX que se extiende como personaje de cuento en el que un pájaro azul es el pájaro de la felicidad. Este es el que motiva el cuento de Darío donde un escritor se enajena (debido a la mitificación) y que Maeterlinck versionará, no directamente a Darío, pero sí con curiosas similitudes, en 1908, en otro "Pájaro azul de la felicidad". En Maeterlinck el azul pasa de ser revelación  a ser sueño.
"El pájaro azul" es el primer cuento de Azul... escrito por Rubén Darío. Fue publicado en 'La Época', Santiago, el 7 de diciembre de 1887.  Para De la Barra (citado por Miguel Ángel García en "Los prólogos de Azul... (1890) de Rubén Darío", RILCE, 31.1 (2016): 159-181), este cuento sería el epílogo de la pequeña trilogía formada por "El rey burgués", "El velo de  la reina Mab" y "La canción del oro". De la Barra defiende el significado alegórico de todos ellos, cuyo protagonista es el poeta, "solo, abandonado, hambriento, casi un mendigo", que identifica con Rubén Darío:
Tiene epílogo en "El pájaro azul" donde ahora el mismo poeta a quien el rey burgués deja morirse de hambre, a quien la reina Mab envuelve en su velo, la especie de mendigo que canta su estridente canción de oro, se ha hecho bohemio, transformándose en el Garcín que se suicida como resultado de "esta lucha trágica del genio con el destino".
El cuento pertenece a los llamados 'relatos de artista", definidos por Carmen Luna Sellés en "Érase una vez..." en el Modernismo hispanoamericano, en Hesperia. Anuario de Filología Hispánica IV (2001):
En ellos se reproduce el conflicto entre el mundo interior del artista vs. mundo exterior o lo que es lo mismo, entre una dimensión más amplia, entre una sensibilidad finisecular y una realidad hostil.
El título es el seudónimo de Garcín, un amigo del narrador, quien explicaba sus cambios de humor  por un pájaro azul que tenía  en el cerebro. Por tanto, el pájaro azul hace referencia al personaje principal, pero también a la pulsión encerrada en su cerebro y al poema que escribe el personaje. La historia de Garcín se desarrolla en el París de la Belle Époque y tanto el narrador como el protagonista forman parte de un grupo de artistas bohemios que se reúnen en el café Plombier, como nos recuerda Christian David Troncoso Castillo en su tesis La diferencia radica en los detalles. Elementos para una poética en los Cuentos Completos de Rubén Darío (2017), para quien el relato, una reflexión sobre el papel del artista en la sociedad, expresa el "rechazo al cientifismo y al afán positivista de la época".

En el mismo sentido se expresa Kelly Comfort (citada por Troncoso Castillo), para quien el suicidio es la única posibilidad que tiene Garcín de liberarse del sistema capitalista y, por tanto, su muerte "simboliza la resistencia del artista".


El escritor estadounidense de origen alemán Charles Bukowski (1920-1994) tomó este título para un poema suyo publicado en 1992, en el que el pájaro azul encerrado en su corazón, representa las emociones, pequeñas debilidades que  el yo poético procura ocultar,  reprimiéndolas en público, para que no destruyan la imagen de hombre duro y poeta maldito que los demás se han formado de él.


           El  pájaro azul

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir
pero soy demasiado fuerte para él.
le digo: quédate ahí, no voy a permitir
que te
vean.

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir,
pero lo empapo de whisky  e inhalo
el humo del tabaco,
y las putas y los camareros
y los dependientes de los colmados
no se enteran de que
está
ahí.

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir,
pero soy demasiado fuerte para él.
le digo:
no te muevas, ¿quieres
fastidiarme?
¿quieres joderlo
todo?
¿quieres que cargarte la venta de mis libros en
Europa?

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo lo dejo salir
a veces por la noche,
cuando todos están dormidos.
le digo:  sé que estás ahí;
no te  
entristezcas.
luego lo devuelvo a su lugar,
pero se pone a 
cantar:  no le he dejado
morirse. 
dormimos juntos
así,
con nuestro
pacto secreto,
y es muy agradable,
tanto como para hacer llorar
a un hombre, 
pero yo no lloro,
¿y
tú?


De Poemas de la última noche de la tierra.
Traducción y prólogo de Eduardo Moga, DVD,
Barcelona, 2004

domingo, 8 de septiembre de 2019

"Con qué dulzura expira este verano...", de José Luis Parra




Adieu, vive clarté

                                                           A Antonio Cabrera

Con qué dulzura expira este verano
de corteses tormentas y turbias claridades,
y qué melancolía
no haber sabido disfrutar su regalada plenitud,
aunque el otoño, con pausada cadencia,
no menos pleno y sosegado se presiente.
En el confín de la orfandad,
cimas y abismos, que tanto me elevaron
y me hundieron,
                          por fin caminan juntos
en una extraña e inquietante calma.
Ah concordia tardía,
la alegría y la desesperación
son ya casi lo mismo.

De Inclinándome. En Cimas y abismos. Antología poética.
Selección y prólogo de Antonio Cabrera. Renacimiento. 
Sevilla, 2012


El poeta José Luis Parra. SUSANA BENET
José Luis Parra Fernández fue un poeta español nacido en Madrid en 1944  pero afincado en Valencia, donde falleció el 15 de octubre de 2012, a los 67 años. No terminó los estudios de Magisterio ni los de Graduado Social. Desempeñó trabajos muy diversos: en una editorial valenciana, en un establecimiento de perritos calientes en los veranos de la Costa Brava o  en una compañía de seguros en Murcia. Susana Benet ("José Luis Parra, hechida soledad", en Revista Estación Poesía Nº 5) lo presenta como "un hombre siempre de paso, una persona desarraigada que apreciaba sobre todo su independencia".

Empezó a publicar tarde, a partir de los 50 años. Desde entonces, dio a la imprenta ocho poemarios -Más lisonjero me vi, con el que obtuvo en 1989 un Accésit del I Premio Vila de Mislata; Un hacha para el hielo (1994); Del otro lado de la cumbre (1996); La pérdida del reino (1997); Los dones suficientes (2000); Tiempo de renuncia (2004); De la frontera (2009) e Inclinándome (2012)- y dos antologías: Caldo de piedra (2001) y Cimas y abismos (2012). No formó parte de ninguna generación o grupo poético y elaboró un estilo poético propio a partir de sus numerosas lecturas. Sobre la obra poética de Parra ha escrito Antonio Cabrera (El País, 17/10/2012):
Parra puso en su poesía, con suprema intensidad y eficacia, la conciencia del acabamiento, cuyos signos él detectaba omnipresentes, subrayados por el empuje entrópico del tiempo. No obstante, junto a esa lucidez colocó también, con absoluta sinceridad, con reverencia lírica, la constatación del resurgir, la flor entre los escombros.
Respecto a su último libro -al que pertenece el poema seleccionado, un poema plagado de antítesis, como ha señalado Santos Domínguez, que cierra  y da título a la antología Cimas y abismos- observa Susana Benet:
Delata con el título su rendición final. [...] Mientras el verano de su vida se aleja y presiente la cercanía de un otoño "no menos pleno y sosegado", acepta con serenidad lo que la vida le ha dado y le ha negado. El poeta asume su presente con apacible calma, con sabio coraje y encuentra finalmente el ansiado equilibrio. "En el confín de la orfandad, / cimas y abismos que tanto me elevaron / y me hundieron / por fin caminan juntos / en una extraña e inquietante calma. / Ah concordia tardía, / la alegría y la desesperación / son ya casi lo mismo".
[Imagen inicial: Pixabay]

domingo, 1 de septiembre de 2019

Dos poemas de Blanca Varela





LA pura letra del mar
despierta el alma
el cuerpo duerme todavía

único tono
el agua contra el agua

instrumento cortante
el viento
pulsa el instante

son uno ahora
mar y viento

no hay reposo

sólo el bélico dúo amoroso
de vida entrecortada
de párpados cerrados
de venas que se agitan
preparándose

                                   De Concierto animal (1999)



¿Qué dice ese cuerpo inmóvil en su movimiento? Está
    solo. Lo otro es aire alrededor de la isla que danza.

Digo isla y pienso en mar. Digo mar y pienso en isla. ¿Son
    lo mismo?

Se suceden vacío continuo y plenitud sin nombre,

                          
                                          De El libro de barro (1993-1994)


Entrada relacionada:


jueves, 29 de agosto de 2019

"Salidas para todo", un microrrelato de Manuel Moya

               
Sancho y Teresa Panza


                                         Salidas para todo

     Mira, guapo, vale que se te fuera la olla y te liaras con el vecino. Vale, que lo hicieras por ganarte el jornal, pero, hijo mío, a ver cómo te explicas que aparezcas al cabo de los meses sin un maldito maravedí. Y luego todo eso, vamos, de que anduvisteis por esos caminos de dios luchando con gigantones, magos, nigromantes, corregidores, vizcaínos, enamorados y toda la gentuza que os salió al paso. ¿Tú crees que yo me chupo el dedo? Que te regalaron una ínsula, que te montaste en un caballo que se echó a volar, que liberasteis a no sé cuántos galeotes, que si el bálsamo de ese Filabás, que si al final el desastre por esas playas de Barcelona... pero vamos a ver, alma de cántaro, tú por quién me tomas. ¿Es que tengo yo pinta de haberme caído de un guindo? De novios me tragué lo de los argonautas porque todavía estaba a medio socochar, después me tragué lo de que te largaras a Troya y te pusieras a jornal con ese Gamenón o como se llamara, y luego me volví a tragar eso de que anduvieras con el napias italiano para arriba y para abajo, del infierno al paraíso y del paraíso al infierno, ajustándole las tornas a sus paisanos. Me costó tragarme las fatigas de esos pobres muchachitos que decías haber conocido en Verona y la de ese majara que tenía nombre de moro y que no tenía mejor quehacer que hablarle a las calaveras, pero Sancho de mi vida, ¿tú por quién me has tomado? Mira, ya no te aguanto ni una más, así que a la próxima, cuando vuelvas de alguno de tus viajes y me encuentres por esas ventas de Maritornes en brazos de cualquier arriero, voy a soltarte que me embarqué con Melquiades, un gitano de Tomelloso, para enseñarles lo que era el hielo a los guajiros o que me he convertido en una cucaracha o en ajolote, a ver a ti qué te parece, guapo. De momento, mira lo que te digo, ya estás tirando para la ducha.

(En Pescadores de perlas: Los microrrelatos de Quimera. Ed. de Ginés S. Cutillas, Montesinos, 2019, pág. 135)


Manuel Moya  Escobar (Fuenteheridos, Huelva, 1960) es poeta, narrador, crítico literario y traductor español. Estudió Filología hispánica en la Universidad de Sevilla. Ha publicado más de veinte libros de poesía, con los que ha obtenido  premios como el Ciudad de Córdoba (1997) por La posesión del humo, publicado bajo el seudónimo de Violeta C. Rangel; el Ciudad de Las Palmas (2001) por Pese al combate; Leonor (2001) por Taller de Máscaras; Tomás Morales (2010) por Islas de sutura; Hermanos Machado (2014) por Apuntes del natural;Vicente Núñez (2015) con El corazón de la serpiente, y un accésit al Premio Fray Luis de León (2010) por Habitación con islas. Es autor, además, de libros de relatos -Regreso al tigre (2000), La sombra del caimán y otros relatos (2006), Cielo municipal (2009), Ningún espejo (2014),  Zorros plateados (2017)- y microrrelatos -Caza mayor (2014),  La deuda griega (2016)- , y  de novelas: La mano en el fuego (2006), La tierra negra (2009), Majarón (2009), Las cenizas de abril (2011) y Un buitre en el jardín (2017). Su obra ha sido incluida en numerosas muestras colectivas de relato y de poesía, tanto en España como en el extranjero, y ha sido traducida a otros idiomas. Como traductor, es especialista en la obra de Pessoa, pero ha vertido también al castellano la obra de otros autores lusófonos, entre los que se cuentan, Saramago, Miguel Torga o Lidia Jorge. Ha codirigido el proyecto editorial 'La biblioteca de Huebra'.

domingo, 25 de agosto de 2019

"Caballos de cartón cruzando el cielo", de Antonio Lucas


© Lola Catalá



Caballos de cartón cruzando el cielo


Del otro lado de la infancia vienen esas voces de colores,
estos lápices que tensan la verdad de la mañana:
volcán de niños golpeando el aroma de las flores en los parques.

Una vez ahí te viste, aunque no te reconoces,
coronado de cintas y dragones.
Clavicordio de risa permanente dando forma al vacío
de las horas, verbo al sueño. Ganando mil batallas.
Nunca el tiempo fue tan bello ni más alta su cima.

Caballos de cartón cruzando el cielo.

Y nunca te asustó la fiebre, porque estaba hecha de espuma,
plegada en un océano de sábanas.
El dolor, entonces, aún era misterio.

Hacías de la tarde un vasto territorio,
un triángulo de llanto con sol en cada esquina;
y lentamente abrías abismos a tu paso,
vengabas las estrellas
lanzando tus ejércitos de llamas en la noche:
sonora turba virgen sin secretos.

¿Quién habitó esos días despojados de ira?
¿Quién anunciaba la muerte con pantalones cortos?
¿Quién dejó allá abajo, del otro lado de la infancia,
su huella como honda epifanía, su ansia de lo eterno?

De aquello que aprendiste nada queda,
pues tu memoria de entonces crepita en la memoria de los otros.
A veces es ceniza, a veces pura música inconcreta,
un círculo de oro con libélulas,
una leve vibración como un estanque,
una cueva de cristal dentro del pecho.

Era edad sin edad,
semilla verdadera.
Jamás andar descalzo fue tan cierto.

                                                             De Las máscaras, DVD, 2004



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domingo, 18 de agosto de 2019

"Cuarto de baño", de Gerardo Diego

Balthus, La salida del baño (1957)



         CUARTO DE BAÑO

                           A Eusebio Oliver.

    Qué claridad de playa al mediodía,
qué olor de mar, qué tumbos, cerca, lejos,
si, entre espumas y platas y azulejos,
Venus renace  a la mitología.

    Concha de porcelana, el baño fía
su parto al largo amor de los espejos,
que deslumbrados, ciegos de reflejos,
se empañan de un rubor de niebla fría.

    He aquí, olorosa, la diosa desnuda.
Nimbo de suavidad su piel exuda
y en el aire se absuelve y se demora.

    Venus, esquiva en su rebozo, huye.
Su alma por los espejos se diluye,
y solo -olvido- un grifo llora y llora.

                         De Alondra de verdad, 1941


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jueves, 15 de agosto de 2019

"El viaje", un microrrelato de Cristina Fernández Cubas

© Elliot Erwitt, 1949

    El viaje


Un día la madre de una amiga me contó una curiosa anécdota. Estábamos en su casa, en el barrio antiguo de Palma de Mallorca, y desde el balcón interior, que daba a un pequeño jardín, se alcanzaba a ver la fachada del vecino convento de clausura. La madre de mi amiga solía visitar a la abadesa; le llevaba helados para la comunidad y conversaban durante horas a través de la celosía. Estábamos ya en una época en que las reglas de clausura eran menos estrictas de lo que fueron antaño, y nada impedía a la abadesa, si así lo hubiera deseado, que interrumpiera en más de una ocasión su encierro y saliera al mundo. Pero ella se negaba en redondo. Llevaba casi treinta años entre aquellas cuatro paredes y las llamadas del exterior no le interesaban lo más mínimo. Por eso la señora de la casa creyó que estaba soñando cuando una mañana sonó el timbre y una silueta oscura se dibujó al trasluz en el marco de la puerta. "Si no le importa", dijo la abadesa tras los saludos de rigor, "me gustaría ver el convento desde fuera". Y después, en el mismo balcón en que fue narrada la historia, se quedó unos minutos en silencio. "Es muy bonito", concluyó. Y, con la misma alegría con la que había llamado a la puerta, se despidió y regresó al convento. Creo que no ha vuelto a salir, pero eso ahora no importa. El viaje de la abadesa me sigue pareciendo, como entonces, uno de los viajes más largos de todos los viajes largos de los que tengo noticias.

                Cristina Fernández Cubas, en Dos veces cuento. Antología de microrrelatos. Edición de José Luis González, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 1988

Cristina Fernández Cubas, 2016. (Àlex García)

Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945) es periodista y escritora. Sus cuentos, en los que mezcla con maestría lo fantástico y lo cotidiano,  se han convertido en  referentes  del actual relato breve en castellano. Su trabajo como periodista, que abandonó para dedicarse en exclusiva a la creación literaria, la llevó a residir en El Cairo, Lima, Buenos Aires, París y Berlín.  Ha publicado libros de relatos -Mi hermana Elba (1980), Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990),  Con Ágatha en Estambul (1994), Parientes pobres del diablo (2006), Todos los cuentos (2009, por el que recibió los premios Ciudad de Barcelona, Salambó, Qwerty y Tormenta) y La habitación de Nona (2015, Premio de la Crítica 2015 y Premio Nacional de Narrativa 2016)-, novelas -El año de gracia (1985) y El columpio (1995)-, una obra de teatro -Hermanos de sangre (1998)-, el libro de memorias narradas Cosas que ya no existen (2001), Premio NH de relato, y el ensayo Emilia Pardo Bazán (2001). Bajo el seudónimo  de Fernanda Kubbs publicó la novela La puerta entreabierta (2013). Su obra ha sido traducida a diez idiomas.

domingo, 11 de agosto de 2019

"La abandonada", de Olga Orozco



Foto: Saul Leiter, c. 1948


                                     LA ABANDONADA

Aún no hace mucho tiempo,
cuando el mundo era un vidrio del color de la dicha, no un
          puñado de arena,
te mirabas en alguien igual que en un espejo que te
          embellecía.
Era como asomarte a las veloces aguas de las ilimitadas
          indulgencias
donde se corregían con un nuevo bautismo los errores,
se llenaban los huecos con una lluvia de oro, se bruñían las
          faltas,
y alcanzabas la espléndida radiación que adquieren hasta en
          la noche los milagros.
Imantabas las piedras con pisarlas.
Hubieras apagado con tu desnudez el plumaje de un ángel.
Y algo rompió el reflejo.
Se rebelaron desde dentro las imágenes.
¿Quién enturbió el azogue?, ¿quién deshizo el embrujo de
          la transparencia?
Ahora estás a solas frente a unos ojos de tribunal helado
          que trizan los cristales,
y es como si en un día la intemperie te hubiera desteñido
y el cuchillo del viento hecho jirones y la sombra del sol
          desheredado.
No puedes ocultar tu pelambre maltrecha, tu mirada de
          animal en derrota,
ni esas deformaciones que producen las luces violentas en
          las amantes repudiadas.
Estás ahí, de pie, sin indulto posible, bajo el azote de la 
          fatalidad,
prisionera del mismo desenlace igual que una heroína en el
          carro del mito.
Otro cielo sin dioses, otro mundo al que nadie más vendrá
sumergen en las aguas implacables tu imperfección y tu
          vergüenza. 

                 De En el revés del cielo, 1987


Olga Orozco
Olga Nilda Gugliotta Orozco, conocida como Olga Orozco, fue una poeta argentina nacida en Toay, La Pampa, en 1920. Hija de un siciliano y una pampeña, cuando contaba ocho años su familia se trasladó a Bahía Blanca y, ocho años después, a Buenos Aires. Se graduó como maestra, profesión que nunca ejerció, y más tarde se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires. Muy joven, formó parte del grupo literario surrealista Tercera Vanguardia, al que pertenecía Oliverio Girondo. Más tarde colaboró en la revista 'Canto', que aglutinó a la llamada Generación del 40, y en otras como 'Sur', 'Cabalgata' y 'Anales' de Buenos Aires. Trabajó como periodista y, con frecuencia, firmaba sus trabajos con distintos seudónimos, pues escribió biografías,  páginas de consultas sentimentales y, de 1968 a 1974, redactó los horóscopos del diario 'Clarín'. Fue actriz de radio-teatro y secretaria general del 'Teatro de la Luna'.  Realizó estudios en Europa becada por el Fondo Nacional de Las Artes (1961) y por el Gobierno italiano (1976). Falleció en Buenos Aires en 1999.

Su obra poética, de gran intensidad y coherencia, ha sido definida por Graciela Maturo como una poesía metafísica "tocada por la ansiedad de lo eterno", cuyos grandes motivos líricos enumera Edelweis Serra en "Exploración de la realidad y estrategia textual en la poesía de Olga Orozco":
El motivo del tiempo con su devenir continuo y su fugacidad; el motivo de la nostalgia de un pasado viviente en la actualidad adulta; el motivo de la vida y el motivo de la muerte como dos caras del destino en busca de una realidad incontingente que apenas se vislumbra.
Publicó los poemarios Desde lejos (1946), Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987) y Con esta boca, en este mundo (1994), además de dos libros de relatos y una obra de teatro. Su obra poética ha sido traducida a varios idiomas y galardonada con prestigiosos premios como el Primer Premio Nacional de Poesía (1988), el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1989), el Konex de Platino (1994) y el Premio Juan Rulfo  de Literatura Iberoamericana y del Caribe en 1998.