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domingo, 6 de enero de 2019

"A los Reyes Magos", de Claudio Rodríguez



 A los Reyes Magos 

Reyes Magos, de barbas bondadosas.
Abuelos porque sois niños,
porque en vuestro balcón
también han florecido las sonrisas...
¿Vendréis hoy, Reyes Magos,
a traerme el presente,
vendréis hoy?
Yo recorrí en mi infancia
de noches inefables
los extraños países
en que habitabais,
yo cambié de postura
para veros en sueños,
Baltasar y Gaspar y Melchor.
Pero un buen día... Reyes,
ahora os he pedido el gran presente;
no me lo negaréis
porque ya lo sé todo:
sé que no vais hablando de niñez...
¡lo sé todo!:
sé que sois verdaderos
porque sois ilusión.


En este poema,  publicado en El Correo de Zamora  (5 enero de 1950,  pág. 3) y no recogido en libro,  explica Eduardo Chirinos Arrieta ("Secreta unidad, epifanía y silencio", en Nueve miradas sin dueño: ensayos sobre la modernidad y sus representaciones en la poesía hispanoamericana y española), 
Claudio Rodríguez "asocia la 'ilusión' de los Reyes Magos con la verdad de su existencia para concluir con la certeza de que no le será negado el presente".

[Imagen inicial: La Vanguardia]

domingo, 12 de marzo de 2017

"Como si nunca hubiera sido mía...", de Claudio Rodríguez



Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podrá decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando 
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.
Sobre el abierto páramo, el relente
es pinar en el pino, aire en el aire,
relente sólo para mi sequía.
Sobre la voz que va excavando un cauce
qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no ser hostia para darse.

De Don de la ebriedad, Libro Primero, IX, 1953

Don de la ebriedad es el primer poemario escrito por Claudio Rodríguez (1934-1999),  un libro de  rara perfección  con el que ganó el Premio Adonáis antes de cumplir los veinte años. Se trata de una obra de adolescencia en la que, como el propio poeta escribió más tarde (Desde mis poemas), se concibe la poesía como un don: "Poesía -adolescencia- como un don y ebriedad como un estado de entusiasmo, en el sentido platónico, de inspiración, de rapto, de éxtasis, o, en terminología cristiana, de fervor". Se trata, en efecto, de una poesía en la que es fundamental el fervor lírico ante la vivencia inmediata y el contacto del poeta con la tierra y el mundo campesino. Ese estado de éxtasis vital, que lo aproxima a la literatura mística, se expresa con delicada musicalidad en endecasílabos  -versos que se  adaptan al ritmo andariego-, asonantados en los libros primero y tercero, y blancos en el segundo. Es una poesía marcada por el irracionalismo -que, por tanto, no debe entenderse sino captarse emocionalmente-, en la que la claridad -relacionada con la Verdad y con el conocimiento- y la ebriedad -la emoción, lo inconsciente del proceso de creación- son los símbolos centrales.

Sobre el poema seleccionado,  ha escrito Ángel Luis Prieto de Paula (Poetas españoles de los cincuenta. Estudio y antología, Salamanca, Ediciones Colegio de España, 1995, pág. 312):
La composición arranca de un ofrecimiento amoroso, de carácter cósmico y religioso, que el poeta hace a los demás de su voz poética, pero también, metonímicamente, de todo él. Los elementos naturales preceden al hombre en el ejercicio de la donación: así el viento, la luz, el canto de las aves, la flor que, al darse, se convierte "en ímpetu de entrega". El fervor irracionalista de Don de la ebriedad se muestra aquí en forma de imperativos, preguntas al aire, imprecaciones y rupturas del discurso lógico. Un lenguaje afín al de la mística, sincopado y paradójico -la noche que "en los chopos arde"-, expresa ese calambre visionario mediante la referencia a la muerte: "Que todo acabe aquí, que todo acabe / de una vez para siempre!" El poema, que había comenzado con el júbilo del ofrecimiento, termina con una amarga execración del cuerpo, incapaz de "ser hostia para darse" y cumplir así el afán panteísta de disolución en lo ajeno.
Luis M. García Jambrina y Luis Ramos de la Torre (Guía de lectura de Claudio Rodríguez: hacia sus poemas, Madrid, Ed. de la Torre, 1988, pp. 28-29) señalan, por su parte, la aparición de simetrías sintácticas y series binarias:
Todo esto proporciona una impresión de armonía y de unidad, justamente la misma impresión de armonía y unidad que se da entre las cosas, los seres, los elementos de la naturaleza, gracias a su "unánime entrega". Esta es la entrega que anhela, que persigue el poeta cuando le pide al invierno que le haga "parte", "inútil polen"... "de todos y de nadie", o cuando se duele por su limitación "de no poder ser hostia para darse". La hostia, con su significado y su redondez, se convierte así en la imagen más cabal y afortunada de la entrega, dado que esa entrega implica a la vez muerte y resurrección del poeta.
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domingo, 12 de enero de 2014

"Cielo" de Claudio Rodríguez




                           Cielo

AHORA necesito más que nunca
mirar al cielo. Ya sin fe y sin nadie,
tras este seco mediodía, alzo
los ojos. Y es la misma verdad de antes
aunque el testigo sea distinto. Riesgos
de una aventura sin leyendas ni ángeles,
ni siquiera ese azul que hay en mi patria.
Vale dinero respirar el aire,
alzar los ojos, ver sin recompensa,
aceptar una gracia que no cabe
en los sentidos pero les da nueva
salud, los aligera y puebla. Vale
por mi amor este don, esta hermosura
que no merezco ni merece nadie.
Hoy necesito el cielo más que nunca.
No que me salve, sí que me acompañe.

         (Claudio Rodríguez, de Alianza y condena)

Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999), poeta español perteneciente a la generación de los cincuenta. Tras concluir los estudios de Bachillerato en su ciudad natal, marchó a Madrid, en cuya Universidad Complutense se licenció en Filosofía y Letras, en la especialidad de Filología Románica, en 1957. Posteriormente, trabajó como lector de español en las universidades inglesas de Nottingham (1958-1960) y Cambridge (1960-1964). Durante este periodo ahondó en el conocimiento de la poesía en lengua inglesa, especialmente en la de los románticos ingleses y en la del norteamericano Dylan Thomas, cuya influencia será fundamental. En esta época se forja también su amistad con el poeta Francisco Brines*, por entonces lector de español en Oxford. De vuelta a Madrid, se dedica a la enseñanza universitaria.
    Es autor de una  poesía  intimista, ajena a modas y movimientos literarios,  marcada por la meditación sobre la naturaleza  y el paisaje castellanos y caracterizada por su originalidad expresiva y un intenso lirismo. Se trata de un poeta de producción lenta, que con tan solo cinco poemarios ocupa un puesto relevante dentro de la poesía española del siglo XX. Con diecinueve años publicó su primer libro, Don de la ebriedad (1953, Premio Adonáis), que asombró por su perfección y por la juventud del autor. Le siguen Conjuros (1958), Alianza y condena (1965, Premio de la Crítica), Poesía 1953-1966 (1971) y El vuelo de la celebración (1976). En 1983 publicó Desde mis poemas, una recopilación que le valió el Premio Nacional de Poesía de ese año;  en 1991, Casi una leyenda, y en 2001 Poesía Completa (1953-1991). Póstumamente apareció una edición facsímil de su última obra, Aventura (2005), inconclusa. En 1987 fue elegido miembro de la Real Academia Española, donde ocupó el sillón I, en sustitución de Gerardo Diego. En 1993 obtuvo el premio Príncipe de Asturias de las Letras y el II Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

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