EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 5 de julio de 2020

"Catastro", de Fermín Herrero




                   CATASTRO

Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino,
vino. Donde collado, altozano o alcor, otero,
escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas
lo que nunca se dijo, lo que no se dice
en tu pueblo. Más vale mayo frío, la paja
poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde
la añoranza si es falsa o aprendida, anota
simplemente el silbido del viento
en los linares. No recuerdes la muerte aunque
te tenga, piensa que de tanta mies se emboza
el peine cada día, que eres este momento. Y al vino,
vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco
hables más de la infancia para embaucar al olvido, precisa
simplemente la orfandad del muérdago
en el hayedo. Más vale mayo frío. Si tempero,
arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di
berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra
amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora
bien, antes de escribirlas, hazlas.

                     De El tiempo de los usureros, Hiperión, 2003

En este poema, que el autor define como su poética y que se dirige a sí mismo para darse ánimos, Fermín Herrero defiende el uso de "las palabras viejas de Castilla" porque, como ha explicado el poeta, "decantadas durante siglos", encierran "el sabor de lo auténtico y lo verdadero". Esas palabras, añade, como la "sintaxis implícita y seca"  de los habitantes de esa tierra, procede "de una civilización campesina a punto de finiquitarse, la que conservaba un castellano natural propio de la hermosura de la prosa de santa Teresa de Jesús".

[Imagen: Meganicho]

jueves, 2 de julio de 2020

"Mariposas", un cuento de Samanta Schweblin



Mariposas

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos... Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla, Gorriti mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones...? Ah, no, con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude, y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, cuando intenta inmovilizarla para ver bien los daños termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, y ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, estas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas solo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a levantar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas los colores de la suya.

(Samanta Schweblin, Pájaros en la boca y otros cuentos, Literatura Random House, 2017)


Samanta Schweblin. Foto: Isabel Wagermann

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una escritora argentina que está considerada una de las mejores cuentistas argentinas de las últimas décadas. Estudió Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en guion cinematográfico. Ha vivido durante breves periodos de tiempo en México, Italia, Alemania y China. Desde 2012 reside en Berlín, donde imparte talleres de literatura. Cuentista por excelencia, sus relatos han obtenido numerosos premios internacionales. Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002), fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y en el Concurso Haroldo Conti. Pájaros en la boca (2009), traducido a varios idiomas y publicado en veintidós países,  fue galardonado con el Premio Casa de América y obtuvo la beca DAAD en Alemania. Su relato "Un hombre sin suerte" ganó el Premio Juan Rulfo 2012, y "La respiración cavernaria", incluido en el libro Siete casas vacías (2015), fue merecedor del Premio Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015. Distancia de rescate, su primera novela y su obra más celebrada, obtuvo el Premio Tigre Juan, el Tournament of Books y el Shirley Jackson, además  fue nominada al Man Booker Prize 2017. Su segunda novela, Kentukis (2018) desvela el lado más inquietante de las nuevas tecnologías. Pájaros en la boca y otros cuentos es una antología que reúne veinte cuentos publicados anteriormente en sus libros y otro relato aparecido en la revista 'Granta'. 

[Imagen inicial: Murales y vinilos]

lunes, 29 de junio de 2020

Libros. Novedades


El boletín de novedades de final de curso incluye el segundo lote de los "Libros para la Igualdad y la Coeducación, continuación de los reseñados en el boletín del mes de marzo.
Desde "El hacedor de sueños" os deseamos unas FELICES VACACIONES y unas FELICES LECTURAS. Y recordad que, aunque estemos de vacaciones, no faltarán colaboraciones como "Páginas escogidas" o "El poema de la semana".

domingo, 28 de junio de 2020

"Las nubes se dispersan...", de Basilio Sánchez

Foto: Josefina López


LAS nubes se dispersan
sobre un campo de arándanos.

Las montañas
entre el aire y la tierra
se cubren con el trébol
y con la lana blanca de la acacia.

He heredado un nogal
sobre la tumba de los reyes.

Dichoso el que, sentado
bajo los grandes árboles
que iluminan de verde las
mañanas del mundo,
no renuncia al regalo de lo inmenso.

De He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes,
Visor, 2019

Entrada relacionada:

domingo, 21 de junio de 2020

"Elogio de lo imperfecto", de Trinidad Gan


Foto: Marta Syrco


Elogio de lo imperfecto

Espero lo imperfecto
al acercar mis manos hacia el mundo,
cuando toco los bordes del alféizar
que se abre agrietado a otra mañana
y se cuela en el cuarto el disonante
voltear de campanas y sus ecos
de metal y de viento fundidos en la altura.

Espero lo imperfecto
si giro la cabeza para mirar tu rostro,
surco limpio en las sábanas, amor aún dormido,
y siento ese tumulto de palabras escritas
que nos dejó la noche en los estantes.
También en esos gajos de naranja
que dispongo a la mesa de nuestro desayuno,
y en la ropa arrugada, de verano,
que viste ahora mi prisa
al bajar la escalera que me aleja de ti.
Mientras buscan mis ojos
en los árboles quietos algún brillo de aurora
o cuando trato en vano de distinguir las voces
que aceleran mis pasos por la calle,
y sobre todo al verme ya vuelta multitud
entre los que caminan,
tan manchada como ellos de miedo y de esperanza,
espero simplemente lo imperfecto:
que una vez más me roce su trazo de belleza,
irremediablemente humano.

De El tiempo es un león de montaña, Visor, 2018


Trinidad Gan nació en Granada en 1960. Es licenciada en Filología hispánica por la universidad de
Trinidad Gan. (ffe.es)
su ciudad natal y una de las voces poéticas más personales de la generación de los 80. Sus primeros textos aparecieron en antologías colectivas: Antología (Colección Genil-21, 1996), Nuevas voces de la literatura en Granada (1998) y Plumas femeninas en la literatura de Granada (siglos VII-XX), 2002. Sus poemas se han publicado en revistas (Litoral, Crátera, Fábula y Nayagua) y en antologías de 2013, 2015, 2016 y 2017.  En 1999 salió a la luz su plaqueta Las señas del pirata, pero no publicó su primer poemario, Fin de fuga (XX Premio Ciudad de Cáceres), hasta 2008. Después aparecieron Caja de fotos (2009, XII Premio Surcos), Receta para el fuego (antología poética), en Casa de la Poesía, Costa Rica, 2014, Papel ceniza (2014), El tiempo es un león de montaña (2018, XX Premio de Poesía Generación del 27) y La nave roja (2020). Su poema "El fugitivo" (incluido después en Papel ceniza) obtuvo en 2009 el accésit al Premio del Tren. En 2014 fue invitada al Festival Internacional de Poesía de Costa Rica.  

El título de El tiempo es un león de montaña se inspira en un verso de Raymond Carver, uno de los principales representantes del realismo sucio. El jurado del Premio Generación del 27 destacó que el libro "revela una escritura clara y de notable precisión, que aborda los recuerdos del amor y de las derrotas cotidianas y se enfrenta al mismo tiempo a la soledad, la esperanza, el deseo y el dolor". La meditación sobre el tiempo, simbolizado por el león de montaña, es el hilo conductor de un poemario que José Luis Morante define como "el diario de un desencanto".  El tiempo, "un depredador de mirada certera", nos acecha con "la fijeza  de unos ojos selváticos" y al final nos da caza.

jueves, 18 de junio de 2020

"La felicidad clandestina", de Clarice Lispector


Tatiana Nilovna  Yablonskaya, Niña leyendo


La felicidad clandestina


Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísismas palabras como "fecha natalicia" y "recuerdos".

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Ya había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: "Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña". Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: "¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!".

Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: "Vas a prestar ahora mismo ese libro". Y a mí: "Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras". ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca  para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Yo no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

(De Felicidade clandestina, 1971. En Cuentos reunidos, trad. Marcelo Cohen, Madrid, Alfaguara, 2002, págs. 253-256)


Clarice Lispector (1920- 1977) es una de las grandes escritoras del siglo XX y, junto a Gimarães
La escritora Clarice Lispector
Rosa, está considerada la gran escritora brasileña de la segunda mitad del siglo XX. Tercera hija de  un matrimonio de judíos rusos, nació  en la localidad ucraniana de Chetchelnik el 10 de diciembre de 1920, y le fue impuesto el nombre de Chaya ('Vida') Pinkhasovna Lispector. Al año siguiente, la familia abandonó el país huyendo de los progromos  contra los judíos. Tras pasar por Moldavia y Rumanía, en 1922 se establecieron en Maceió (Brasil), donde vivían otros familiares, y adoptaron nombres portugueses, de modo que la pequeña Chaya pasó a ser Clarice. Su padre apenas lograba mantener a la familia vendiendo ropa, por lo que más tarde se trasladaron a Recife. Su madre, que había sido violada por soldados rusos y había contraído la sífilis, murió en 1930, cuando tenía 42 años y Clarice 9. En 1935  Clarice se mudó a Río de Janeiro con su padre y una hermana. Gracias al empeño de su progenitor, pudo estudiar Derecho en la Universidad de Brasil cuando eran raras las mujeres que accedían a esos estudios, y empezó a colaborar en periódicos y revistas. Su padre, que había tenido que renunciar su carrera como matemático para ganarse la vida, murió en 1940, con solo 55 años.

En 1943 Clarice se casó Maury Gurgel Valente, un diplomático católico al que había conocido mientras estudiaba Derecho y con quien tuvo dos hijos. En 1944, con veintiún años, publicó El corazón salvaje, una novela introspectiva reconocida con el prestigioso premio de la Fundación Graça Aranha. Este libro, construido sobre el monólogo interior y sin apenas trama, fue una revelación por su forma innovadora y por la juventud de la autora. La comparación con Joyce y  con Virginia Woolf fue inevitable, aunque la autora no los había leído. La profesión de su esposo la llevó a residir en Milán, Londres, París y Berna.  De vuelta a Río en 1949, retomó su actividad periodística firmando con distintos seudónimos y publicó cuentos en la revista Senhor. En 1952 se desplazaron a Washington DC, donde permanecieron hasta 1959, año en que, tras separarse de su marido, Clarice regresó a Brasil con sus hijos.

En su país compatibilizó la actividad periodística con la creación literaria. En 1966 el incendio fortuito de su dormitorio, provocado por un cigarrillo, le produjo graves quemaduras y secuelas que la sumieron en profundas depresiones. Convertida ya en leyenda, murió, víctima de un cáncer, en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977, un día antes de cumplir los 57 años. "Se muere mi personaje" fue su frase de despedida.  Fue enterrada en el cementerio de Cajú por el rito ortodoxo, envuelta en lino blanco. En su lápida figura su nombre hebreo: Chaya Bat Pinkhas, "la hija de Pinkhas". En 1976 le había sido concedido el Premio Nacional de Literatura.

Aunque pertenece por edad a la tercera fase del Modernismo, el de la Generación del 45 en Brasil, es autora de una obra muy personal, profunda, compleja y muy lírica, con la que renovó la narrativa brasileña, aportando una visión femenina, urbana y contemporánea. En sus  narraciones, de estilo desnudo, la trama pierde importancia en favor de la introspección. Sus protagonistas son mujeres de clase media muy reflexivas y sensibles. Es autora de extraordinarias colecciones de relatos como Lazos de familia (1960), La legión extranjera (1964) y Silencio (1974).  Entre sus novelas destacan La ciudad sitiada (1949), La manzana en la oscuridad (1971), La pasión según G. H. (1964) y Un soplo de vida (1978).

Clarice Lispector, con su perro Ulisses

[Imagen inicial: Pinterest]

domingo, 14 de junio de 2020

Dos poemas de Rosana Acquaroni


Foto: Peter Turnley


LA DESTRUCCIÓN Y EL AMOR

Se querían, sabedlo (Vicente Aleixandre)

Se querían.
Ocultos, pusilánimes, 
como ratones ciegos en su rueda infinita.
Al principio sufrían por la luz.

Se citaban de noche
primero en los tranvías de azul amaneciendo,
después en los garajes
o en las bocas de metro,
o en la senda escondida
hallada en algún parque.

Se rendían
al arrecife calcáreo del deseo.

Sus cuerpos se buscaban 
como busca la herida el salitre del tiempo.

Se querían
como las flores a las espinas hondas,
a pesar del misal y la ceniza,
de los ciclos bursátiles,
de la murmuración de los serenos.
De los viajes de él
                      la costura de ella
(y la culpa acechante
como un rifle apostado en cualquier agujero).

Se querían de noche, cuando los perros hondos
nunca en los cines
nunca entre las familias
que arropan a sus hijos.

Se querían.
Sabedlo.


MADRE
he venido hasta aquí a restañar tus ataduras
a contener el frío alojado en tu boca.

Soy la hija 
que te aguardó despierta cada noche
y que ahora regresa
para lavar tu lengua
de la herida silente.

He cruzado el jardín del abandono.
He abatido sus puertas,
llevo una piel de niña para arropar tu cuerpo
y llenarte de juncos
mariposas
botones.

He vaciado tus frascos de pastillas,
las trago una por una
—sagrada eucaristía del olvido—.

Me he cubierto de musgo
para no lastimarte
y llevarte conmigo
hasta un claro del bosque
donde enterrar por fin
todo lo que perdimos.


De La casa grande, Bartleby, 2018


Rosana Acquaroni. (sites.uclouvain.be)

Rosana Acquaroni (Madrid, 1964) es poeta y grabadora. Licenciada en Filología hispánica y doctora en Lingüística aplicada, trabaja como profesora en el Centro Complutense para la Enseñanza del Español. Su tesis doctoral obtuvo en 2009 el Premio Extraordinario, así como el Premio Telémaco, dedicado a las publicaciones científicas que promueven los hábitos lectores y de escritura en el marco de los distintos niveles educativos. Es autora de materiales didácticos e imparte cursos de formación de profesores de ELE/L2 dentro y fuera de España. Ha publicado los siguientes poemarios: Del mar bajo los puentes (1987, Accésit del Premio Adonáis), El jardín navegable (1990, 2017), Cartografía sin mundo (1994, Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad), Lámparas de arena (2000), Discordia de los dóciles (2011) y La casa grande (2018), Premio Libro del Año 2019 en la modalidad de poesía, otorgado por el Gremio de Libreros de Madrid. Ha sido incluida en numerosas antologías y traducida al francés, alemán, árabe y portugués.

 La casa grande toma su título del nombre con que designaban en la familia de la autora el primer piso donde residieron, una vivienda amplia situada en una calle próxima al parque de El Retiro.  El poemario, dedicado Manuela Muñoz,  madre de la autora,  es un retorno a la infancia, como observa su editor: 
Una infancia marcada por un secreto familiar y atravesada por la presencia / ausencia de una madre, víctima de una época siniestra y tenebrosa como fueron la posguerra y la dictadura. La casa grande se convierte así en escenario vivo donde ir recuperando, a través de la mirada de una niña, sensaciones, vivencias, desencuentros; no como un ejercicio de nostalgia sino de denuncia.
La madre, amante desde su juventud de un hombre adinerado, se vio en la necesidad de casarse con otro porque, según la mentalidad de la época,  "no sirves de nada sin un hombre". Vivió, por tanto,  una pasión clandestina tejida de esperas, ausencias y sentimiento de culpa. Esa  doble vida le provocó problemas emocionales y fue internada en un centro psiquiátrico.  La hija adulta recupera ese pasado y expresa su comprensión, su empatía, hacia una madre que se rebeló contra las convenciones sociales en una época en que las mujeres  no gozaban de independencia en nuestro país.

En el primer poema, Rosana Acquaroni recurre a la intertextualidad para hablar de la pasión amorosa vivida por su madre. El título del poema se forma a partir de La destrucción o el amor, sustituyendo la conjunción o, con valor identificativo, del libro de Vicente Aleixandre  por la conjunción y, para expresar una relación de causa-efecto, un amor que inexorablemente conduce a la mujer a la destrucción. El poema se crea partiendo de una de las composiciones más célebres del libro de Aleixandre ("Se querían"), del cual inserta fragmentos, destacados en cursiva. Mediante este juego intertextual expresa la intensidad amorosa, pero también pone de relieve el carácter oculto y clandestino de esa pasión, frente al poema de Aleixandre, donde el amor trasciende a los amantes y se funde con el universo.

Puedes escuchar otros poemas de La casa grande, recitados por su autora:

domingo, 7 de junio de 2020

"Yo, también" (I, too), de Langston Hughes

Langston Hughes with neighborhood children in a Harlem garden.
Photo: Don Hustein, 1955


YO, TAMBIÉN

Yo, también, le canto a América.

Soy el hermano oscuro.
Me mandan a comer a la cocina
Cuando vienen las visitas, pero yo me río,
Y me alimento bien,
Y crezco fuerte.

Mañana
Me sentaré a la mesa 
Cuando vengan las visitas.
Nadie se atreverá 
A decirme:
"Come en la cocina"
De nuevo.

Entonces,
Ellos verán cuán hermoso soy
Y se avergonzarán.

Yo, también, soy América.

(Versión al castellano de Mijail Lamas*)

VERSIÓN ORIGINAL EN INGLÉS:

I, TOO

I, too, sing America.

I am the darker brother.
They send me to eat in the kitchen
When company comes,
But I laugh,
And eat well,
And grow strong.

Tomorrow,
I'll be at the table
When company comes
Nobody'll dare
Say to me,
"Eat in the kitchen",
Then.

Besides,
They'll see how beautiful I am
And be ashamed-

I, too, am America.

(The Collected Poems of Langston Hughes, 1994)

*En "Poesía norteamericana: Langston Hughes", Círculo de Poesía. Revista Electrónica de Literatura.

Otro poema del autor en este blog:

jueves, 4 de junio de 2020

"Rumores", de Cristina Peri Rossi

Berlín


Rumores


A finales del siglo XX se propagaron rumores sobre las ciudades. Algunos hablaban de su consunción; otros, de un raro renacimiento de los escombros. Grupos clandestinos y secretos cuchicheaban sobre ciudades todavía habitables, donde se podía caminar, ver un pájaro, recorrer un museo o contemplar el color del cielo. Pero eran las menos. Poco a poco se empezó a hablar de Berlín. No en público, ni en los diarios, ni en reuniones sociales. El nombre de Berlín empezó a circular como una clave secreta, una consigna mística, una cifra de iniciados sin sentido para los demás. Se hablaba de Berlín recogidamente, en la intimidad de la conversación luego del amor o en una habitación apartada, entre amigos escogidos. Una mujer desnuda, a la tenue luz de un cuarto privado, decía a su amiga, por ejemplo: 
    — He oído decir que en las calles de Berlín todavía crecen los tilos y hay cisnes en los lagos.
    O: 
   — Los mirlos cantan entre la nieve, en Berlín, y se bebe té en tazas de porcelana, con manteles de hilo.
    El hecho de que Berlín estuviera entre muros no desestimulaba a nadie: daba, a la ciudad, esa calidad de símbolo de los sueños que falta a tantas otras.
    Las amigas se pasaban recetas de strüdel entre ellas, como si de raros poemas se tratara, y al atardecer, detrás de las ventanas de metal o en los ásperos andenes deletreaban der traum in leben, a punto de comprender la lengua sólo por el deseo.
    Otros hablaban de San Francisco, pero una horrible peste anuló su prestigio: los elegidos eran también los apestados y la ciudad se hundió en un letargo de sábanas y cloroformo, convertida, de pronto, en una célula cancerosa en el redondel del mundo.
    Había ciudades —como Madrid— donde cundía una breve euforia, igual que la alegría antes de morir, y ciudades, como París, ensimismadas, vueltas hacia su antiguo prestigio, ahora llenas de indolencia.
   Pronto no quedó adonde ir y quienes huían hacia El Cairo, Praga, Buenos Aires o Varsovia lo hacían sin ilusión, sólo para demorar un poco más la muerte. La declinación de las ciudades se  extendió como una mancha de petróleo sobre las aguas.
    Quien esto escribe, en las postrimerías del siglo XX, no sabe si hay futuro, no sabe si hay ciudades, no sabe si hay lectura.

                  (Cristina Peri Rossi, Cosmoagonías, Laia/Literatura, Barcelona, 1988)


Cristina Peri Rossi
Cristina Peri Rossi nació en Montevideo, Uruguay, en 1941. Es una escritora y activista política, hija de inmigrantes italianos. Su madre, que era maestra, alentó su amor por la literatura y la música y la educó en los ideales feministas de igualdad. Trabajó y estudió hasta licenciarse en Literatura comparada. Ha sido profesora de literatura, traductora y periodista. Perseguida por la dictadura uruguaya, en 1972 se exilió en España, donde vive desde entonces. Se nacionalizó en 1975. Actualmente posee la doble nacionalidad.  Está considerada una de las escritoras más importantes en lengua castellana, de la que la crítica ha destacado su enorme imaginación y su lirismo. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Cultiva el cuento, la poesía y la novela. Ha colaborado con El País, Diario 16 y El Periódico de Catalunya. 

Sus primeras obras narrativas fueron los libros de cuentos Viviendo (1963),  Los museos abandonados (1969) e Indicios pánicos (1970), y la novela El libro de mis primos (1970, Premio Marcha). En 1971 apareció Evohé, su primer libro de poemas, que escandalizó por su erotismo transgresor. Entre su producción posterior destacan los poemarios Descripción de un naufragio (1975), Diáspora (1976), Lingüística general (1976),  Babel bárbara (1991, Premio Ciudad de Barcelona 1990), Estado de exilio (2003, Premio Rafael Alberti),  Habitación de hotel (2007, Premio Ciudad de Torrevieja), Playstation (Premio Loewe 2008) y Estrategias del deseo (2013, Premio Don Quijote de poesía); las novelas La nave de los locos (1985), su libro más conocido, Solitario de amor (1988),  La última noche de Dostoievski (1992), El amor es una droga dura (1999) y Todo lo que te pude decir (2017), además de sus colecciones de relatos La rebelión de los niños (1980), El museo de los esfuerzos inútiles (1983), Una pasión prohibida (1986), Habitaciones privadas (2010, Premio Vargas Llosa) y Los amores equivocados (2016). El erotismo, el humor y la angustia están siempre presentes en su obra narrativa

[Imagen inicial: Berlín es turismo. Foto de la autora: buscabiografías.com]

domingo, 31 de mayo de 2020

Dos poemas de Antonio Manilla



IMPROMPTU

El motivo inmutable 
es la muerte.

—la vida, variaciones
que un músico improvisa
sin partitura
ni cobijo, desentrañando
nota a nota la oculta melodía.

En el atril del mundo, 
las páginas en blanco de los días,
las horas fugitivas,
las inconformes nubes.


ELOGIO DEL PAISAJE

                                            J. G.

Los tensos chopos,
la orilla laboriosa,
el verde general del río, 
                                        nadie
supo observar jamás igual que tú,
con tan precisos adjetivos
y curiosa mirada 
el ser del hombre.

Este pasar y estar al mismo tiempo.

De Suavemente ribera, Visor, 2019



Antonio Manilla 
(León, 1967) es historiador, periodista y poeta español. Como periodista, colabora  desde 2013 en el Diario de León con la columna Cuerpo a tierra y le han sido otorgados el Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés y el Premio Don Quijote. Como poeta, ha publicado Canción de amor acaso (1993), Sin recuerdos ni afanes (1994), Una clara conciencia (1997), Salón de rechazados (1998), Canción gris (2003, Premio de Poesía Emilio Prados), Momentos transversales (2007, Premio José de Espronceda), Broza (2013), El lugar en mí (Premio Ciudad de Salamanca de Poesía 2013), Sin tiempo ni añoranza (2016), En caso de duda y otros poemas de casi amor (2016) y Suavemente ribera (2019, Premio de Poesía Generación del 27).  Consiguió, además, la beca Valle Inclán de literatura que concede el Ministerio de asuntos Exteriores en la Academia de España en Roma. Es autor asimismo de la biografía Un empresario modelo, sobre el magnate hispano- mexicano Antonio Fernández, así como del ensayo Ciberadaptados (2016), sobre cultura e Internet,  y de la novela Todos hablan (2019, Premio Encina de Plata). También ha realizado incursiones en la literatura infantil y juvenil con los títulos Mi primer libro del Real Madrid e Historia del Real Madrid para jóvenes. Actualmente es coordinador de poesía de la revista digital Epicuro.

El paso del tiempo (o "la melancolía de lo vivido") es el tema esencial de Suavemente ribera, cuyo título es un verso del poema "Preces", en el que pide al río que le permita ser "suavemente ribera / mientras el tiempo pasa". Está formado por 56 poemas ordenados en una meditada estructura con cinco secciones de ocho piezas (Suavemente ribera, Caminos de la tarde, Espacios despoblados, El tambor de la noche y Del lado de la aurora) y una de catorce (Tierra extraña), enmarcadas por un prólogo y un epílogo. El jurado destacó la "exquisita factura clásica" y el "depurado simbolismo" de  un libro en que "Los motivos paisajísticos funcionan como correlatos objetivos de una emoción íntima, se elevan a categoría simbólica y nos dan la clave de la temática del libro: son representaciones o trasunto de una serena angustia temporal".

[Imagen inicial: rtve.es]

domingo, 24 de mayo de 2020

"Campos de tierra" y otro poema de Maribel Andrés Llamero





Campos de tierra

Esto es Castilla,
                          mi cuerpo tan seco,
esta carne prieta y dura como alpaca,
levantada por leves lomas, colinas
modestas, algún apacible remanso.
Esto es Castilla,
los ojos oscuros color de barro,
la piel y las trenzas recias, pardas.

Vengo de la tierra del pan y del vino,
donde otros antes que yo 
escondieron la cebada
que no saciaría su hambre ni su sed.
Soy nieta de emigrantes, carbón humano,
las entrañas unidas con alambre,
mujeres y hombres ceñidos de esparto
y entregados al delito del trabajo
manual. Ellos me levantaron el alma
con golpes de azada que aún retumban
en amor áspero y tierno que me puebla
los surcos de las severas costillas.
En frágiles pasos de albarcas me han traído
para que un día yo soltara
las hoces de la siega, la esteva del arado
y cantara estos poemas;
me han colmado la boca de trigales,
me han confiado toda la luz,
la digna primavera de la maleza.

Soy de un hogar que se seca y se adhiere
como costra en los codos de la tez morena.
Soy de un hogar compacto hasta la grieta,
donde el roble solo sangra si lo partes.
Ay del agua oculta  —dentro siempre dentro
en nuestro pecho, quién oirá este canto
de labranza que cargo en las espaldas,
quién este ruido de savia entre los huesos.

Esto es Castilla
y todos los árboles
que me brotan en hilera
señalan que debajo
fluye un río.


Far West

Esta planicie sigue siendo el oeste
y en mí siempre cupo el espanto
de los grandes desiertos, 
de la soledad de la encina de Castilla.
Jamás laberinto más terrible
que aquel que no conoce muros.

La noche se cierne aquí sobre nosotros
de una sola vez y por entero
y cuando el sol te inunda
—qué hacer si te calcina
nadie se puede guardar.

Abandonados somos a la llanura.


De Autobús de Fermoselle, Hiperión, 2019


Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984) es licenciada en Filología portuguesa y en Teoría de la Literatura y Literatura comparada. Actualmente trabaja como profesora asociada de Literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de Salamanca, al tiempo que imparte clases de Lengua y cultura españolas a extranjeros, y realiza su tesis doctoral en Filología hispánica en el ámbito del estudio del bilingüismo literario luso-español. La vida académica la ha llevado a vivir en París, Río de Janeiro, Buenos Aires y Lisboa. En 2018 publicó su primer poemario, La lentitud del liberto. Con el segundo, Autobús de Fermoselle, ganó el XXXIV Premio de Poesía Hiperión (ex aequo).

Como un "viaje vindicativo de la infancia y los orígenes en Castilla"  define Enrique García Pozo este libro que toma su título de una canción de Agustín García Calvo.  La localidad zamorana de Fermoselle funciona, según Luis Bagué Quilez, en este libro tan alejado de "la fascinación neorrural como del lamento elegiaco", "como metáfora germinativa del corazón  de Castilla: decorado de película del oeste, ruta trashumante donde convergen todos los caminos o campo horizontal en el que solo desentona la verticalidad del ciprés y de la cruz". El jurado ha destacado "la defensa de los valores éticos, vitales y familiares" y "su conciencia del medio natural y de la lucha por la vida de las generaciones anteriores, como acicate para actuar sobre un presente áspero y difícil".

[Imagen inicial: valladolidenbici.wordpress.com]

jueves, 21 de mayo de 2020

"El pueblo en la cara", de Miguel Delibes

Palomar en Tierra de Campos

El pueblo en la cara 


Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: "¿Dónde va el Estudiante?". Y yo le dije: "¡Qué sé yo! Lejos". "¿Por tiempo?" dijo él. Y yo le dije: "Ni lo sé". Y él me dijo con su servicial docilidad: "Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?". Y yo le dije: "Nada, gracias Aniano".

Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): "Isidoro, ¿de qué pueblo eres tú?". Y también me mortificaba que los externos se diesen de codo y cuchichearan entre sí: "¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?" o, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente: "Ése no; ese es de pueblo." Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: "Allá en mi pueblo"... o "El día que regrese a mi pueblo", pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo valieran dos rectos: "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara". 

Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotaran más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el Isi; va cogiendo andares de señoritingo".

Así, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos.

Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao". O bien: "Allá, en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, hasta los pies". O bien: "Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón." O bien: "Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasca para reintegrarle a la colmena".

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo es un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

(De Viejas historias de Castilla la Vieja, 1964)

Fotografía "Entre el cielo y el suelo" de Alfredo López Hernangómez. (eladelantado.com)


Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-2010) fue escritor, periodista y profesor. Era el tercero de ocho hijos de una familia acomodada, en la que el padre, de ascendencia francesa e ideología liberal, era catedrático de Derecho Mercantil, y la madre, conservadora, era hija de un abogado carlista. Terminó el bachillerato en 1936 y, una vez comenzada la Guerra Civil (1936-1939), se enroló como voluntario en la Marina del ejército sublevado. Tras la contienda estudió Comercio y Derecho, y en 1945 obtuvo la cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio de Valladolid. Dos años antes había sido contratado como caricaturista  y crítico cinematográfico del diario El Norte de Castilla y, durante años compaginó la labor periodística con la dedicación literaria. Llegó a ser director de ese periódico, al que imprimió una orientación liberal no ajena a las reivindicaciones sociales en la línea del Concilio Vaticano II, lo que le ocasionó en los años sesenta serios problemas con la censura que acabaron con su salida del diario en 1963. En 1946 contrajo matrimonio con Ángeles Castro, con quien tuvo siete hijos, tres mujeres y cuatro varones. En 1947 obtuvo el Premio Nadal con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada. Aunque siempre residió en la ciudad de Valladolid, viajó por España y por el extranjero y fue profesor visitante en universidades norteamericanas. La muerte de su esposa en 1974 lo sumió en una profunda tristeza. Años más tarde escribió sobre la experiencia del duelo en Señora de rojo sobre fondo gris. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Príncipe  de Asturias en 1982 y el Cervantes en 1993. Desde 1972 fue académico de la RAE.

Delibes cuenta con una amplia obra narrativa  que evoluciona desde un relato de concepción tradicional a otro de técnica más novedosa. Sus obras de ambiente rural castellano alternan con otras sobre la burguesía provinciana. La contraposición entre la vida sencilla del campo frente al progreso incontrolado o la deshumanización de la ciudad, la denuncia de las injusticias sociales y la rememoración de la infancia son  motivos recurrentes en su obra, junto con la representación de los hábitos y el habla propia del mundo rural, muchos de cuyos términos incorpora al texto literario. Su visión crítica, que aumenta progresivamente, se centra sobre todo en la pequeña burguesía y en la  violencia de la vida urbana.

Su evolución  permite distinguir varios periodos distintos por los temas abordados y por su tratamiento formal:
  • A su etapa de iniciación (1947-1949) se adscriben sus dos primeros libros: La sombra del ciprés es alargada, con el que se dio a conocer, y Aún es de día (1949). Es una etapa de tanteo caracterizada por utilizar el esquema narrativo del realismo tradicional al servicio de argumentaciones filosóficas superficiales impregnadas de pesimismo. 
  • Su segunda etapa (1950-1962), de realismo crítico, se distingue por la depuración del lenguaje y el empleo de una técnica más moderna y objetiva, junto con el tratamiento de la problemática del momento y la observación atenta  de su entorno. Comienza con El camino (1950) y sigue con  Mi idolatrado hijo Sisí (1953), en la que se hace patente la crítica antiburguesa; Diario de un cazador (1955) y Diario de un emigrante (1958), acerca de temas tan queridos para el autor como la defensa del campo, la protección de la naturaleza y la caza; La hoja roja (1959), sobre la soledad de un pensionista, y Las ratas (1962), en la que se denuncian las duras condiciones de vida del protagonista.
  • La tercera etapa o de madurez se distingue por la renovación técnica,  una mayor conciencia, desarrollando temas como la deshumanización del hombre contemporáneo, y el interés por las experiencias personales del escritor. Se inicia con Cinco horas con Mario (1966) novela con la que emprende la vía de experimentación propia de la década de los 60. Se trata de un largo monólogo de la protagonista  durante la noche en la que vela el cadáver de su marido, en el que su visión conservadora y mediocre contrasta con las preocupaciones sociales de su marido. Parábola del náufrago (1969) es una parodia del hombre moderno, alienado por la sociedad capitalista, y del vanguardismo literario del momento. Otras novelas de  esta etapa son El príncipe destronado (1973), La guerra de nuestros antepasados (1975), El disputado voto del señor Cayo (1978) y Los santos inocentes (1981), otro de los hitos de su narrativa, en la que vuelve de nuevo al mundo campesino para denunciar la miseria, la explotación y el trato vejatorio sufrido por los débiles. A esta seguirán Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), 377 A, madera de héroe (1987), Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y la novela histórica El hereje (1998), Premio Nacional de Narrativa.
Delibes es autor asimismo de una treintena de relatos recogidos en El loco (1953), Los raíles (1954), La partida (1954), Siestas con viento Sur (1957), La mortaja (1970) y El tesoro (1985). Abundan en su producción los libros dedicados a la caza y la pesca, sus grandes aficiones, (El libro de la caza menor, 1964; Mis amigas las truchas, 1977; Las perdices del domingo, 1981...), a la tierra castellana (Castilla, 1960; Viejas historias de Castilla la Vieja, 1964; Castilla, lo castellano y los castellanos, 1979), a sus recuerdos personales (Un año de mi vida, 1972; La censura de prensa en los años 40, 1985; Mi vida al aire libre, 1989) y los libros de viajes: Por esos mundos (Sudamérica con escala en las Canarias), 1961; Europa: parada y fonda, 1963; La primavera de Praga, 1968; Dos viajes en automóvil, Suecia y Países Bajos, 1982. Recopiló  muchos de sus artículos periodísticos en libros como Vivir al día (1968) y Pegar la hebra (1990).

Tierra de Campos, Valladolid, 1962. Foto: Ramón Masats. La foto ilustró la portada de la edición de 1964

Delibes escribió Viejas historias de Castilla la Vieja  a petición de Jaume Pla, para ilustrar una serie de grabados realizados por el artista. El libro apareció en 1960 con el título abreviado de Castilla, en una edición limitada, en la que el texto de Delibes ilustra los grabados de Pla, y no al contrario, como puntualizó el escritor en su momento. Posteriormente Lumen recuperó el texto de Delibes para su colección 'Palabra e Imagen', donde se publicó con  el título completo e ilustrado por treinta y dos fotografías de Ramón Masats, tomadas principalmente en la comarca de Tierra de Campos. Previamente, en 1962, Miguel Delibes había acompañado al fotógrafo en un recorrido de un día por la zona, para conocer los parajes en que se ambienta el relato. Masats regresó unos días después para tomar unas instantáneas que reflejan la vida dura y la pobreza de un mundo que empieza a agonizar debido a la emigración a las ciudades.  El escritor confesó a César Alonso de los Ríos, en sus Conversaciones, que esta  obra  es consecuencia de la censura periodística:
En cierto modo Las ratas y Viejas historias de Castilla la Vieja son la consecuencia inmediata de mi amordazamiento como periodista. Es decir, que cuando a mí no me dejan hablar en los periódicos, hablo en las novelas.
Delibes retrata en diecisiete estampas (de las que hemos seleccionado la primera) el mundo rural del que proviene Isidoro, el protagonista, un mundo del que no logra desvincularse cuando emigra a la ciudad a comienzos del siglo XX. Isidoro tiene "el pueblo en la cara". Sus modales y pensamientos campesinos dificultarán que se confunda  con las multitudes de la ciudad y permitirán que su memoria rescate el universo del que proviene.  A través de Isidoro, que tras cuarenta y ocho años de ausencia decide regresar a su pueblo, el autor refleja la problemática del mundo rural y las consecuencias de la emigración de los campesinos  castellanos  en la primera mitad del pasado siglo.

Este relato, de apenas 70 páginas, era uno de los libros más queridos de Miguel Delibes, del que anota en Mi mundo y el mundo (1964):
En este breve relato resumo todo mi amor por la naturaleza y por la región donde he nacido y vivo, Castilla, país de agricultores pobres y hombres duros y resistentes.

EL 17 DE OCTUBRE SE CUMPLEN CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE MIGUEL DELIBES.

Ángeles de Castro y Miguel Delibes, entonces novios. Foto:
Archivo familiar, cortesía de Círculo de lectores (diariodemallorca.es)


Otra imagen de Delibes (Elcasar.com)