EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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miércoles, 16 de marzo de 2016

Azorín: "Las nubes"


Foto: Josefina López


LAS NUBES

Calixto y Melibea se casaron —como sabrá el lector si ha leído La Celestina[1]— a pocos días de ser descubiertas las rebozadas entrevistas que tenían en el jardín. Se enamoró Calixto de la que después había de ser su mujer un día que entró en la huerta de Melibea persiguiendo un halcón. Hace de esto dieciocho años. Veintitrés tenía entonces Calixto. Viven ahora marido y mujer en la casa solariega de Melibea; una hija les nació, que lleva, como su abuela, el nombre de Alisa[2]. Desde la ancha solana que está a la puerta[3] trasera de la casa se abarca toda la huerta en que Melibea y Calixto pasaban sus dulces coloquios de amor. La casa es ancha y rica; labrada escalera de piedra arranca de lo hondo del zaguán. Luego, arriba, hay salones vastos, apartadas y silenciosas camarillas, corredores penumbrosos con una puertecilla de cuarterones en el fondo, que, como en Las Meninas de Velázquez, deja ver un pedazo de luminoso patio. Un tapiz de verdes ramas y piñas gualdas sobre un fondo[4] bermejo cubre el piso del salón principal; el salón, donde en cojines de seda puestos en tierra se sientan las damas. Acá y allá destacan silloncitos de cadera guarnecidos de cuero rojo o sillas de tijera con embutidos mudéjares; un contador con cajonería de pintada y estofada talla, guarda papeles y joyas; en el centro de la estancia, sobre la mesa de nogal, con las patas y las chambranas talladas, con fiadores de forjado hierro, reposa un lindo juego de ajedrez con embutidos de marfil, nácar y plata; en el alinde de un ancho espejo refléjanse las figuras aguileñas sobre fondo de oro de una tabla colgada en la pared frontera.
Todo es paz y silencio en la casa. Melibea anda pasito por cámaras y corredores. Lo observa todo, ocurre a todo. Los armarios están repletos de nítida y bienoliente ropa, aromada por gruesos membrillos. En la despensa, un rayo de sol hace fulgir la ringla de panzudas y vidriadas orcitas talaveranas. En la cocina son espejos los artefactos y cacharros de azófar que en la espetera cuelgan, y los cántaros y alcarrazas obrados por la mano de curioso alcaller en los alfares vecinos muestran bien ordenados su vientre redondo limpio y rezumante. Todo lo previene y a todo ocurre la diligente Melibea; en todo pone sus dulces ojos verdes. De tarde en tarde, en el silencio de la casa, se escucha el lánguido y melodioso son de un clavicordio: es Alisa que tañe. Otras veces, por los viales de la huerta se ve escabullirse calladamente la figura alta y esbelta de una moza: es Alisa que pasea entre los árboles. La huerta es amena y frondosa. Crecen las adelfas a par de los jazmineros; al pie de los cipreses inmutables ponen los rosales la ofrenda fugaz —como la vida— de sus rosas amarillas, blancas y bermejas. Tres colores llenan los ojos en el jardín: el azul intenso del cielo, el blanco de las paredes encaladas y el verde del boscaje. En el silencio se oye —al igual de un diamante sobre un cristal— el chiar de las golondrinas que cruzan raudas sobre el añil del firmamento. De la taza de mármol de una fuente cae deshilachada, en una franja, el agua. En el aire se respira un penetrante aroma de jazmines, rosas y magnolias. «Ven por las paredes de mi huerto», le dijo dulcemente Melibea a Calixto hace dieciocho años[5].

***

Calixto está en el solejar[6], sentado junto a uno de los balcones. Tiene el codo puesto en el brazo del sillón y la mejilla reclinada en la mano. Hay en su casa bellos cuadros; cuando siente apetencia de música, su hija Alisa le regala con dulces melodías; si de poesía siente ganas, en su librería puede coger los más delicados poetas de España e Italia. Le adoran en la ciudad; le cuidan las manos solícitas de Melibea; ve continuada su estirpe, si no en un varón, al menos, por ahora, en una linda moza de viva inteligencia y bondadoso corazón. Y sin embargo, Calixto se halla absorto, con la cabeza reclinada en la mano. Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, ha escrito en su libro:

                                  …et crei la fabrilla
                                  que dis: Por lo pasado no estés mano
                                                                         en mejilla.[7]

No tiene Calixto nada que sentir del pasado; pasado y presente están para él al mismo rasero de bienandanza. Nada puede conturbarle ni entristecerle. Y sin embargo, Calixto, puesta la mano en la mejilla, mira pasar a lo lejos sobre el cielo azul las nubes.
Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son —como el mar— siempre varias y siempre las mismas. Sentimos mirándolas cómo nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas —tan fugitivas— permanecen eternas. A estas nubes que ahora miramos las miraron hace doscientos, quinientos, mil, tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y las mismas ansias que nosotros. Cuando queremos tener aprisionado el tiempo —en un momento de ventura— vemos que van pasado ya semanas, meses, años. Las nubes, sin embargo, que son siempre distintas en todo momento, todas los días van caminando por el cielo. Hay nubes redondas, henchidas de un blanco brillante, que destacan en las mañanas de primavera sobre los cielos traslúcidos. Las hay como cendales tenues, que se perfilan en un fondo lechoso. Las hay grises sobre una lejanía gris. Las hay de carmín y de oro en los ocasos inacabables, profundamente melancólicos, de las llanuras. Las hay como velloncitos iguales e innumerables que dejan ver por entre algún claro un pedazo de cielo azul. Unas marchan lentas, pausadas; otras pasan rápidamente. Algunas, de color de ceniza, cuando cubren todo el firmamento, dejan caer sobre la tierra una luz opaca, tamizada, gris, que presta su encanto a los paisajes otoñales.
Siglos después de este día en que Calixto está con la mano en la mejilla, un gran poeta —Campoamor— habrá[8] de dedicar a las nubes un canto en uno de sus poemas titulado Colón.[9] Las nubes —dice el poeta— nos ofrecen el espectáculo de la vida. La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son «ideas que el viento ha condensado»; ellas se nos representan como un «traslado del insondable porvenir». «Vivir —escribe el poeta— es ver pasar». Sí; vivir es ver pasar: ver pasar allá en lo alto las nubes. Mejor diríamos: vivir es ver volver. Es ver volver todo un retorno perdurable[10], eterno; ver volver todo —angustias, alegrías, esperanzas—, como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas, como esas nubes fugaces e inmutables.
Las nubes son la imagen del tiempo. ¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado el porvenir?[11]

***

En el jardín lleno de silencio se escucha el chiar de las rápidas golondrinas. El agua de la fuente cae deshilachada por el tazón de mármol. Al pie de los cipreses se abren las rosas fugaces, blancas, amarillas, bermejas. Un denso aroma de jazmines y magnolias embalsama el aire. Sobre las paredes de nítida cal resalta el verde de la fronda; por encima del verde y del blanco se extiende el añil del cielo. Alisa se halla en el jardín sentada, con un libro en la mano. Sus menudos pies asoman por debajo de la falda de fino contray; están calzados con chapines de terciopelo negro adornados con rapacejos y clavetes de bruñida plata. Los ojos de Alisa son verdes, como los de su madre; el rostro más bien alargado que redondo. ¿Quién podría contar la nitidez y sedosidad de sus manos? Pues de la dulzura de su habla, ¿cuántos loores no podríamos decir?[12]
En el jardín todo es silencio y paz. En el alto de la solana, recostado sobre la barandilla, Calixto contempla extático a su hija. De pronto un halcón aparece, revolando rápida y violentamente por entre los árboles. Tras él, persiguiéndole todo agitado y descompuesto, surge un mancebo. Al llegar frente Alisa se detiene absorto, sonríe y comienza a hablarle.
Calixto lo ve desde el carasol y adivina sus palabras. Unas nubes redondas, blancas, pasan lentamente sobre el cielo azul en la lejanía.
               
                                  Azorín: Castilla. Ed. Juan Manuel Rozas. Labor, 1973, pp. 133-138



NOTAS DEL EDITOR:

[1] Sólo de tarde en tarde se muestra Azorín irónico con el lector, como en este paréntesis, en el que indica la técnica que van a tener los siguientes capítulos: continuar, con distinto final, un texto clásico.
[2] En efecto, Alisa se llama, en la obra de Rojas, la madre de Melibea. Pero en ABC Azorín las llamó Lucrecia a ambas, confundido, tal vez con la criada de la protagonista que así se llama.
[3] ABC, 1912 y 1943: parte, que parece mejor lectura.
[4] 1912 y 1943: sobre fondo.
[5] ABC: veintitrés años. Y en la cita, seguramente por errata, huerta por huerto.
[6]ABC: solana.
[7] Versos de la estrofa 179. En la ed. de Manuel Criado de Val y E. W. Naylor, Madrid, CSIC, 1965, pág. 53, se da la lectura siguiente: …e crey la fabrilla / que diz: “por lo perdido non estes mano en mexilla”. Y lo mismo en las eds. de Chiarini, Cejador, etc.
[8] ABC: había.
[9] Es uno de los poemas más ambiciosos que escribió Campoamor. La cita corresponde al principio del Canto XII, titulado precisamente Las nubes, cuyos primeros versos son: “Vivir es ver pasar. Ya iba alboreando / del dieciocho de septiembre el día, / cuando estaban las gentes contemplando / las mil nubes y mil que el sol tenía. / Tantas nubes tan varias, revolando, / el juego de la vida parecía. / Y, bien pensado al fin, ¿qué es en la esencia / más que un juego de nubes la existencia?”. Por la coincidencia de títulos y conceptos se ve que el influjo del poema de Campoamor es fundamental para este capítulo. […] La influencia de Campoamor ha sido admitida por Azorín en Clásicos y modernos (II, 901). Al poeta de las Doloras le ha dedicado varios estudios (II, 852-57; VII, 755-61, etc.).
[10] ABC, 1912 y 1943: Es ver volar todo en un retorno perdurable.
[11] 1912 y 1943, respectivamente: lo por venir y lo porvenir. Esta última forma es la usada en ABC.
[12] Imita con estas interrogaciones retóricas el lenguaje de La Celestina y, en general,  del siglo XV.


José Martínez Ruiz, Azorín, (1873-1967) fue un escritor español, miembro de la Generación del 98. Nació en Monóvar (Alicante) en una familia acomodada de ideología  tradicional. Tras estudiar en el colegio de los Escolapios de Yecla, inició Derecho en la Universidad de Valencia, pero pronto decidió dedicarse al periodismo.
   Durante su juventud simpatizó con el anarquismo, aunque a partir de 1897 fue moderando su posición hasta llegar a ser elegido diputado por el Partido Conservador de Maura en 1907. En 1896 se trasladó a Madrid, donde, salvo breves interrupciones, vivirá hasta su muerte. Allí conoció a otros escritores, entre ellos, a Pío Baroja y a Ramiro de Maeztu, con quienes formará el grupo de "los Tres". Juntos participarán en diversos actos -como la difusión de un Manifiesto, en 1901, en el que denuncian los males del país: la "descomposición" de la "atmósfera moral", la desorientación de la juventud...- que darán pie a la formación de la generación del 98.
   En los primeros años del siglo XX publica sus primeras novelas, de carácter autobiográfico y centradas en lo subjetivo y personal: La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo, publicada en 1904, año en que adopta definitivamente el seudónimo "Azorín" y abandona la novela para pasar a escribir una serie de textos de difícil clasificación que suelen considerarse como ensayos. La mayor parte de estos libros son recopilaciones de artículos de prensa en los que intenta captar la realidad española y la esencia de lo intemporal a través de detalles de la vida cotidiana, llenos de nostalgia por el paso del tiempo -El alma castellana (1900), Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1905), Castilla (1912)-; otros de tema político o sobre temas literarios, como Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), en el que acuña la etiqueta de "generación del 98", Al margen de los clásicos (19015) o Con Cervantes (1945). A partir de 1922 escribirá otra vez novelas, en las que predomina una voluntad experimental: Don Juan (1922) o Doctor Death de 3 a 5 (1927). Es autor, asimismo, de algunas obras de teatro: La fuerza del amor (1901), Old Spain (1926) y  Brandy, mucho brandy (1927).
   En 1924 entró en la Real Academia Española. Durante la Guerra Civil se trasladó a París. Falleció en Madrid.

    Como señala Juan Manuel Rozas, en "Las nubes", igual que en otros capítulos de Castilla, utiliza el argumento de un autor clásico (La Celestina, en este caso) para crear una ficción nueva que continúa  la ideada por Fernando de Rojas, cambiando el desenlace y  el género de la tragedia por el cuento. En la segunda parte, cuando Calixto medita contemplando las nubes, la narración se detiene para comentar el poema de Campoamor que da sentido al capítulo entero, cuyo tema es el paso del tiempo, un tiempo que se convierte en la tragedia cotidiana de los personajes a quienes Azorín ha resucitado, según explica Rozas en el prólogo a su edición:
Frenada la tragedia, el grito de dolor, el planto de Pleberio, sólo queda vivir en paz, en el tiempo. Pero este tiempo, alargado para los héroes tras su resurrección, desemboca de nuevo en dos calles sin salida. Una, en la tercera parte del capítulo, el eterno retorno. Alisa y el joven del halcón vuelven a ser Calixto y Melibea. Otra, en la parte central: el hombre está preso de su tiempo, de su meditación en su tiempo, porque está hecho para morir y para darse cuenta de su cotidiana y anodina agonía. El eterno retorno de las cosas y la cotidianidad aburrida de los días es un freno a la tragedia de la pasión y el grito (muerte y suicidio), pero es una tragedia más honda, segura y consciente. Ese mundo igual y monótono de Calixto y ese eterno retorno de las cosas es la esencial tragedia del hombre, y es el centro de la meditación literaria de Azorín. No quiere el final de la tragedia. Pero sí le interesa la otra tragedia, la cotidiana, la invisible destrucción del hombre por el tiempo.

domingo, 13 de marzo de 2016

'Oda a la inmortalidad', de W. Wordsworth [fragmento]


ODA A LA INMORTALIDAD
   [FRAGMENTO]
Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,

aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la yerba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.
En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre,
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
 en la fe que mira a través de la
muerte,
y en los años que traen consigo 
la mente filosófica.
   De “Oda: Imitaciones de Inmortalidad de los Recuerdos de una
Infancia Temprana”, en Poemas en dos volúmenes (1807)

 VERSIÓN ORIGINAL EN INGLÉS:
What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering;
In the faith that looks through death,
In years that bring the philosophic mind.

 “Ode: Intimations of Immortality from Recollections
of Early Childhood”, in Poems in Two Volumes (1807)

William Wordsworth (1770-1850) fue un poeta británico perteneciente, junto a Samuel Taylor Coleridge y Robert Southey, al grupo de poetas lakistas, denominados así por haber vivido en Lake District, región de los lagos en el noroeste de Inglaterra.
   Wordsworth nació en el norte  del país y pasó su infancia y juventud en constante contacto con la naturaleza, circunstancia que tendrá una profunda influencia en su obra.      Tras un recorrido a pie por los Alpes y por Francia, llegó a París cuando se celebraba el primer aniversario de la Revolución. Movido por su simpatía hacia los revolucionarios, regresó a Francia, donde se unió a la joven Annette Vallon, a quien abandonaría, tras tener una hija, por motivos económicos y  diferencias familiares. No obstante, en 1802 (el mismo año en que contrae matrimonio con  Mary Hutchinson, que le dará cinco hijos) irá a visitarlas,  y les envía dinero cuando disfruta de cierto alivio económico.
    Conoció a Coleridge, con quien le unió una estrecha amistad, y del que más tarde se distanciaría debido a la evolución ideológica de Wordsword hacia posiciones cada vez más conservadoras. Juntos realizaron un viaje a Alemania para estudiar la filosofía idealista, y  se establecieron en la región de  los lagos que daría nombre al grupo; Wordsworth, acompañado de su hermana Dorothy,  gran compañera y colaboradora.
   En 1798 apareció el libro anónimo Lyrical Ballads, with a few other poems  (Baladas líricas con otros pocos poemas),  un volumen de poesía en verso blanco del que eran autores ambos poetas: Coleridge había escrito las cuatro primeras composiciones, y Wordsworth, el resto. La aparición del libro señala el nacimiento oficial del Romanticismo en Inglaterra, y su prefacio constituye un auténtico manifiesto.

    Wordsworth es el poeta de la naturaleza por excelencia, que se revela como fiel seguidor de Rousseau en su amor por el mundo  tal como ha sido creado, y en su rechazo de las ciencias empíricas y las artes industriales. Por otra parte, la búsqueda de la universalidad de la poesía lo lleva a democratizar el lenguaje huyendo de la artificiosidad y acercándose al lenguaje de la prosa.
  Entre sus obras más importantes figuran: Un paseo por la tarde (1793), Esbozos descriptivos (1793), Michael (1800), Poemas dedicados a la libertad y a la independencia nacional (1802-1816), El preludio (1805-1850), de carácter autobiográfico; Poemas en dos volúmenes (1807), su obra maestra, que contiene algunas de sus odas más célebres; La excursión (1814), La blanca paloma de Rylstone (1815), Peter Bell (1819) y Sonetos eclesiásticos (1822).
    En 1843 alcanzó la dignidad de poeta laureado, pese a lo cual, este renovador del lenguaje poético en inglés fue rechazado por la siguiente generación de poetas románticos  a causa de sus ideas.

Esplendor en la hierba

Algunos  versos del fragmento seleccionado encierran la clave de la película Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961). Ambientada en los años veinte del pasado siglo y protagonizada por los jovencísimos Natalie Wood y Warren Beatty, narra la historia de amor imposible, debido a las diferencias sociales y las circunstancias históricas, entre los adolescentes Bud Stamper y Deanie Loomis. En dos momentos de la película se hace referencia a los versos de Wordworth. Primero la protagonista, completamente rota por el dolor, los lee en voz alta a petición de la profesora, en clase de literatura*. Después, en la escena final, recuerda estos versos, que adquieren para ella un nuevo sentido.

Puedes leer el poema "Los narcisos": AQUÍ.

[La imagen inicial procede de www.panoramio.com]

*Puedes ver esta escena en versión original:



miércoles, 9 de marzo de 2016

Leer juntos Hoy: 'La colina del mal consejo', de Amos Oz



Grupo de lectura I "Leer juntos Hoy" del IES “Goya”
Sesión del 15 de febrero de 2016
Obra comentada: La colina del mal consejo, Barcelona, Ediciones Siruela, Colección “Debolsillo”, 2012
Autor: Amos Oz
Traducción: Raquel García Lozano

¿QUIÉN ES AMOS OZ?
Nacido en Jerusalén en 1939 con el nombre de Amos Klauser, era hijo de emigrantes judíos procedentes de Lituania y Polonia. Quedó tempranamente huérfano por el suicidio de su madre, tras el cual, pasó a vivir en un Kibutz hasta cumplir los 47 años. Actualmente vive con su familia en Tel Aviv.

Fundó en los años 70 el movimiento pacifista Shalom Ajshav ("Paz Ahora") y se ha declarado partidario de la división del territorio de Israel en dos Estados, judío y palestino. Actualmente es miembro del partido socialdemócrata pacifista Meretz.

foto: en.wikipedia.org
Profesor universitario de profesión, comenzó a escribir novela en la década de los 60: Otro lugar (1966); Mi Michael (1968); Tocar el agua, tocar el viento (1973); Las mujeres de Joel (1985); La caja negra (1987); Versos de vida y muerte (2007); Entre amigos (2013); Judas (2014), entre otras muchas de gran éxito. Es autor, además, de una autobiografía novelada, Una historia de amor y oscuridad (2003) y de varios libros de relatos, Donde aúllan los chacales y otros cuentos (1965) y La colina del mal consejo (1976), entre otros.

Escritor traducido a más de 30 lenguas, ha sido reconocido con numerosos galardones, entre los que destacan: Premio Goethe de Literatura, 2005; Premio Príncipe de Asturias de Las Letras, 2007; Premio Franz Kafka, 2013.

LA COLINA DEL MAL CONSEJO es un libro integrado por tres relatos que, aunque están íntimamente relacionados, se desarrollan en tres partes de título diferenciado: “La colina del mal consejo”, “El señor Levi” y “Nostalgia”. Los tres transcurren en Jerusalén durante los últimos tiempos de Palestina como colonia británica.

A lo largo de esas tres historias, Amos Oz va descubriendo al lector sucesivamente: los sueños de los recién llegados desde Europa en los años 30 a la Palestina colonizada por los ingleses; la disposición a la lucha de los más jóvenes para lograrla emancipación de la Metrópoli y la vida cotidiana de los judíos en el clima prebélico en los últimos días de septiembre de 1947.

Los tres relatos aparecen poblados básicamente por dos tipos de personajes: los adultos emigrados a Palestina desde Centroeuropa, que no perderán nunca sus raíces, frente a aquellos que llegados de niños o  nacidos ya en Israel, han pasado de judíos a hebreos.

Los personajes femeninos más relevantes constituyen un mundo especial de mujeres mal implantadas en Israel. Han llegado adultas a la tierra prometida para emprender una nueva vida y, a pesar de que dos de ellas han estudiado en la universidad de Israel, no se acomodan, no logran aclimatarse. 

En “La colina del mal consejo”, Rut Kipnis termina por fugarse con un británico y durante los años previos de estancia en Jerusalén ha sofocado la nostalgia por su amada Polonia, recitando una y otra vez al famoso poeta Mickiewitz. En el segundo relato­­ –“El señor Levi”–, la señora Colodnis, ajena al ambiente de compromiso y agitación política que la rodean, prepara ceremoniosa el té y toca constantemente el piano tras los cristales de una ventana, que ella mantiene siempre cerrada para aislarse del entorno. Por su parte, la protagonista de “Nostalgia”, Hermina Oswald, profesional de la medicina, ha emprendido un viaje a los Estados Unidos para impartir unas conferencias. Dará a conocer allí su estudio en los Kibut de las “Formas de comportamiento y conceptos normativos entre los niños de la educación colectiva”. Antes de partir, ha roto su relación sentimental con Enmanuel Nosbaun y nada hace presumir que desee regresar.

Frente a esta actitud vital de los personajes femeninos, los hombres aparecen  arraigados, deseosos de permanecer en esta tierra, aunque los de mayor edad no pueden evitar una permanente nostalgia del mundo del que proceden, de sus antiguos hábitos sociales, de sus lecturas y, sobre todo, de sus inolvidadas lenguas europeas: el alemán, el ruso, el polaco…

Mención especial merecen los niños, Hillel y Uri, que constituyen el nexo de unión más íntimo de estos tres relatos, y viven esa tierra como única y propia, porque en ellos fructifica, al fin, la mentalidad israelí, antes inexistente.

Todos ellos –mujeres, hombres y niños– viven un momento político de peligro de guerra inminente, pero aparecen ante el lector sumergidos en su tranquila rutina cotidiana.

Desde el punto de vista de la técnica narrativa, la obra ofrece una construcción compleja, porque el autor ha dotado a cada una de las tres partes de una estructura narrativa diferente. “La colina del mal consejo” es un potente relato de ecos bíblicos, concretamente del Antiguo Testamento. El doctor Hans Kipnis y el profesor Mitya observan y crean la realidad con la pasión del pueblo elegido. Acompaña al tono del relato, una cuidada y muy poética lengua especialmente en las descripciones del paisaje de Israel.

“El señor Levi” arranca como un cuento folclórico tradicional –Había una vez en Jerusalén, hace muchos años, un anciano poeta llamado Nejamkin– y continúa como una moderna narración lineal, con momentos de gran brillantez como el capítulo dedicado al Shabbat, donde se permite al lector ver con mayor claridad el problema colonial, a través de las redadas y el registro de las viviendas del vecindario. 

Por último, en “Nostalgia”, el autor ha construido la narración en forma epistolar. Utilizando la lengua oral y con magníficas y muy rápidas descripciones de Jerusalén, el lector se adentra en el mundo del doctor Emmanuel Nosbaun. Enfermo terminal, escribe ocho cartas a su amada Hermina entre los días 2 y 10 de septiembre de 1947. Su casa se ha convertido en el centro de reunión de los activistas del barrio. Conviene recordar que el mandato británico expiró el 25 de mayo de 1948 y ese mismo año se desencadenó la primera guerra árabe-israelí, que Amos Oz vivió como niño. Pasados los años, le tocó participar en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la Guerra de Yom Kipur (1973), en las cuales se fue forjando la mentalidad pacifista, por la que es hoy reconocido.

Domina todo el libro una lengua muy elaborada y poética de evidentes ecos bíblicos, de extraordinaria riqueza léxica, que se manifiesta especialmente en las descripciones de la ciudad de Jerusalén y de los jardines que, con una paciencia que recuerda a la de Job, plantan esperanzados los protagonistas.

El título, La colina del mal consejo, corresponde en la realidad a una colina al sur de Jerusalén en la que, según el evangelio, el sumo sacerdote Caifás decidió arrestar a Jesús. Desde ese monte se avistan numerosos lugares históricos que, sin duda, han hecho a Amos Oz reflexionar profundamente sobre el pasado y el futuro de su tierra y le han impulsado a compartirlas con los lectores de todo el mundo.

Francisca Soria

domingo, 6 de marzo de 2016

"Orígenes de la épica", de Jorge Urrutia

Ruinas de Baelo Claudia, ensenada de Bolonia, Tarifa (Cádiz).
Foto: Josefina López


Orígenes de la épica


"De una ciudad venimos, destruida,
dicen que conquistada. Sabemos que está muerta
y sólo es ya memoria de difuntos".
Él recuerda sillares derrumbados,
columnas que perdieron
su planta vertical tan elegante,
fosos nunca previstos, sangre oscura
marcando de vergüenza las miradas.
Han huido de Troya, de Kabul y Bagdad,
de Dresde incluso,
del barrio de Madrid en que su infancia
aprendiera a saltar como el olvido.
Sabe que el tiempo ha marcado su frente
con arrugas profundas
y surcos de borrar hoy imposibles.
Ya es tiempo sólo, edad no tiene.

Eternidad con muerte. Duración sin medida.
Se grita ante el espejo:
"De una ciudad venimos conquistada.
No supimos hacer que el canto fuera
anterior a los hechos que relata".


                           De El mar o la impostura, 2004


Jorge Urrutia Gómez  (Madrid, 1945) es poeta, ensayista, crítico literario y traductor. Hijo del poeta Leopoldo de Luis, se doctoró en Filología Románica con Premio Extraordinario. Es catedrático de universidad en la Carlos III de Madrid, donde dirige el Doctorado de Humanidades. Anteriormente lo fue  de la universidad de Sevilla, donde creó la Facultad de Comunicación y el Doctorado en Ciencias del Espectáculo.
    Ha sido profesor invitado en diferentes universidades extranjeras. Fue Director Académico del Instituto Cervantes de 2004 a 2009, después de haber dirigido su centro en Lisboa entre 2000 y 2002. Es miembro correspondiente de la  Academia Dominicana de la Lengua y Medalla de la Cultura Puertorriqueña.
    Colaborador de revistas literarias  y suplementos culturales, ha editado textos de clásicos españoles contemporáneos como Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Azorín, Camilo José Cela o Miguel Hernández, además de una antología de la poesía española  del siglo XIX y otra de la poesía de la guerra civil española (1936-1939). En 1972 obtuvo el Premio Fray Luis de León (Premio Nacional de Traducción) por su versión de Poemas, de Paul Éluard. Fue el organizador de los congresos sobre Juan Ramón Jiménez (La Rábida, 1981) y sobre Antonio Machado (Sevilla, 1989), así como Secretario General de los Congresos Internacionales de la Lengua Española en Rosario (Argentina) y Cartagena de Indias (Colombia), y  uno de los primeros introductores de la reflexión semiótica en España.
   Jorge Urrutia forma parte de un grupo  de autores que empieza a publicar a mediados de los años sesenta del siglo XX y  renueva la poesía española a partir de la experimentación lingüística sin renunciar a la tradición. La obra poética  de Urrutia, tras buscar (sobre todo en los años setenta) "la conjunción de la poética del lenguaje y del compromiso [...] a través de una escritura vanguardista, culmina en el simbolismo". Entre sus obras  se encuentran Lágrimas saladas (1966), La fuente como un pájaro escondido (1968), Delimitaciones (1985) y La travesía (1987). Estas dos últimas marcan el inicio de una nueva etapa, de mayor simbolismo y concentración que se perfila definitivamente en  Invención del enigma (1991), a la que siguen Lectura de lo oscuro. Una semiótica de África (2000), El mar o la impostura (2004, Premio Internacional Jaime Gil de Biedma) y Ocupación de la ciudad prohibida (2010).

[La información sobre  Jorge Urrutia y su foto proceden de la página oficial del autor]


martes, 1 de marzo de 2016

Encuentro en el aula con el actor Carmelo Gómez


Foto europapress.es
     El pasado 24 de febrero los alumnos de Literatura Universal de primero de bachillerato asistieron a una clase especial, ya que el actor Carmelo Gómez tuvo a bien compartir con ellos y con su profesora algunos aspectos relacionados con la interpretación y con la literatura.
     Tras su presentación como un actor "hijo de campesinos", Carmelo Gómez introdujo a los alumnos en la obra que representa en la actualidad con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, El Alcalde de Zalamea. Destacó en esta el enfrentamiento contra el poder injusto por encima del hecho puntual referido a las vejaciones que sufre la hija del que será alcalde vitalicio. Esta introducción le sirvió de enlace para explicar la necesidad de encontrar en un papel una motivación que le anime a interpretarlo. En relación con esto, desmitificó un aspecto de la profesión que asombró a los alumnos: un actor interpreta sabiendo que se trata de una especie de juego; crea estados de ánimo según la necesidad de un papel, pero estos no dejan huella emocional. Lo que sí permite la actuación, en sus palabras, es poder entender las posibles reacciones a situaciones que de otra manera no entendería; el saber que no se ve la vida igual desde dentro de un caso determinado que desde la posición de espectador de la escena; de la enorme suerte de ese aprendizaje vital sin el riesgo de jugártela de verdad. La ventaja de ser actor y no torero (según la anécdota orteguiana con la que ilustró la explicación), para enfrentarse a la muerte y verla de frente pero con salvaguardas.
     Escucharon los alumnos con atención que el interpretar en verso lleva bastante estudio detrás (tipos de verso, acentos...), pero que el verso eleva todo lo que envuelve bajo esta forma. Habló con énfasis de la importancia de la metáfora, quizá influido, piensa ahora la profesora, por el filósofo José Ortega y Gasset al que lee. Escucharon los alumnos cómo le interesa mucho en estos momentos a Carmelo Gómez la filosofía más que literatura.
     Sorprendió a los alumnos la diferencia que subrayó el actor entre interpretar en el teatro o en el cine: en el primer género el actor disfruta de una libertad mucho mayor, dispone del espacio, elige hacia dónde dirigir la mirada... mientras que en el cine todo está pautado, marcado y demanda una absoluta compenetración con la cámara. Destacó la vacuidad de la mayor parte de las series de televisión o de las películas de nuestro país ("siempre hay alguna excepción", recalcó), que forman a un espectador ávido de sensacionalismo. Por todo ello, en la actualidad su interés se centra en el teatro.

Carmelo Gómez con los alumnos de Literatura Universal
     Al ser preguntado por cómo memorizaba las palabras de un papel, explicó cómo "jalona" (divide, marca) el texto que va a interpretar en los acontecimientos más relevantes; cómo lo estudia entretenido con una ¡navaja!, que a veces llegó a clavar en la mesa por la impotencia de no entender un papel. Habló a este respecto del desasosiego que sintió porque no entendía su personaje en Tierra, la mítica película de Julio Médem. Y sorprendió a los alumnos la confesión de que ya casi rendido y dispuesto a rechazar este papel, el nacimiento de su hija hizo que pudiera comprender poco a poco cómo era el hombre de esa inquietante película que esta profesora vio hace mucho tiempo, sin saber que tantos años después "caería" ese actor que tanto admiraba desde al menos La Regenta como recién llegado de otra parte a la cotidianeidad de su aula de Literatura.


Marily Gómez Llop
Profesora de Literatura del Instituto Goya