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jueves, 17 de julio de 2014

Javier Reverte: de ríos literarios

Congo. Río Onbangui. Getti Images/TCRC/Jonathan Torgovnit

LEYENDAS LITERARIAS

JAVIER REVERTE 02/01/2010

Los ríos han sido siempre los amables compañeros de viaje de los hombres en esta tierra hostil y la literatura ha crecido en sus orillas como crecen, pongamos por caso, los huertos y los palmerales en las riberas del Nilo. Más aún: la literatura ha cobrado tanto peso en algunos escenarios fluviales que, a estas alturas, es inconcebible nombrar, por ejemplo, el Misisipi sin hablar de Mark Twain, o el Drina sin mentar a Ivo Andric. Algunos escritores han despojado casi de su carácter de accidente geográfico a los ríos para transformarlos en leyenda literaria. Cuando llegué al río Congo, en 1998, en mi bolsa viajaba Corazón de Tinieblas, de Joseph Conrad (la traducción del título, más exacta que las que se suelen usar, se la debo a Mario Muchnik). No hubo mejor compañero de navegación que la inquietante novela del escritor anglopolaco, una narración en la que los recovecos insondables del alma humana se enredan con las lianas de la selva, sobre el paisaje de un río atroz en donde la civilización ha sido capaz de imponerse al primitivismo y la barbarie. Marlow, el narrador vagabundo álter ego de Conrad, describía así el escenario: "Una corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. No había ninguna alegría en la luz del sol. Sentí un peso intolerable, la presencia invisible de la corrupción victoriosa, las tinieblas... Y hay en todo ello una fascinación, la fascinación de lo terrible". En ese paisaje abominable, un personaje antes civilizado, Kurtz, sufre la destrucción de sus principios y de su propia naturaleza de hombre inteligente. "¡El horror!", es su grito final, poco antes de morir. Y Marlow lo juzga así: "Su mente seguía siendo perfectamente lúcida, pero su alma estaba loca...".

Recuerdo mis días a bordo de Akongo-Mohela, el transbordador en el que remontaba las aguas del río entre Kinshasa y Kisangani, como una mezcla de pesadilla y fascinación, tal era el grado de peligro que los pasajeros corríamos, con partidas de soldados incontroladas en las selvas y el río, y tanta la belleza que nos rodeaba. En el río Congo percibí esa extraña e inexplicable comunión entre el horror y la belleza que ha fascinado a tantos escritores, entre ellos al propio Conrad, y que resume muy bien en sus Elegías del Duino el poeta Rilke: "Todo ángel es terrible". Nunca hubo un río tan literario como el Congo de Conrad. Navegar el Congo casi me cuesta perder la vida, a manos de un grupo de soldados drogados y borrachos. Pero no olvidaré nunca una naturaleza que hoy sigue tal cual la describía Marlow: "Remontar aquel río era como volver a los inicios de la Creación, cuando la vegetación estalló sobre la faz de la Tierra y los árboles se convirtieron en reyes".

Casi me mata también, a causa de una grave malaria, otro río hermoso y perverso: el Amazonas. Aquí la belleza se humilla ante la atrocidad: estremecen la miseria de los habitantes de sus orillas, el genocidio disfrazado de avance de civilización que sufren sus etnias indígenas, la codiciosa y pertinaz agresión sobre su naturaleza, la historia de una explotación que pesa sobre sus gentes desde los días en que comenzó a extenderse la recolección del caucho y la malignidad de un "hábitat" fecundo en la propagación de temibles enfermedades letales para el hombre. El Amazonas no es un río para disfrutar ni la Amazonía un marco apropiado para una literatura amable. La mejor novela que, en mi opinión, se ha escrito sobre el universo amazónico es, por el contrario, de signo trágico: La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera. Cuando yo recorrí el río recordaba, casi como si las llevara clavadas en la memoria, las palabras con que Arturo Cova, protagonista de la narración, comienza su relato: "Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia". Y es cierto que allí sientes la Violencia -con mayúscula- como si fuera la esencia singular de la vida amazónica. El Amazonas me dictó un libro cargado de melancolía y miedo que no pude titular de otra manera que El río de la desolación.

¡Qué distintos el Congo y el Amazonas a ese Yukón que corre entre Canadá y Alaska para desembocar en el mar de Bering! En el verano, el aire es limpio, los días luminosos y las noches frescas. Remar sobre sus aguas supone una inyección de entusiasmo, un chute de vitalidad. Pero ¡ojo con sus terribles inviernos! Jack London recorrió aquellas latitudes cuando era casi un chaval, un jovencísimo minero en busca de fortuna, a finales del siglo XIX. Años después, dedicó sus mejores narraciones a recrear el universo del Yukón de los días del Gold Rush, la carrera del oro. En una de ellas escribía: "La Naturaleza tiene muchas
artimañas para convencer al hombre de su finitud: el incesante fluir de las mareas, la furia de la tormenta, la sacudida del terremoto, el largo retumbar de la artillería del cielo... Pero la más estremecedora y terrible de todas es la pasividad del silencio blanco. Cesa todo movimiento, el aire se despeja, los cielos se vuelven de latón; el más pequeño susurro parece un sacrilegio y el hombre se torna tímido, asustado del sonido de su propia voz. El temor a la muerte, a Dios y al Universo se apodera de él; y también su esperanza en la resurrección y la vida". De nuevo la literatura... Y así, cuando recorres aquellos espacios de naturaleza virgen, puedes evocar el verbo vigoroso de London mezclando en tu corazón y en tus oídos el aullido del lobo con los ladridos eufóricos del perro Buck, o el sonido de los pasos de Malemute Kid en los bosques primigenios con el grito agudo del águila de cabeza blanca. Escuchas la llamada de lo salvaje en territorios en los que, todavía hoy, un hombre puede disfrutar de la soledad sin otra presencia humana que la suya en más de cien kilómetros a la redonda.

Hace unos años escribí en uno de mis libros: "Yo creo en el alma singular de los ríos. En cierto modo, nos hablan, y no siempre lo que nos dicen posee un significado benigno. Lo he sentido en todo momento cuando los he navegado. Los ríos han estado, en un par de ocasiones, a punto de matarme y luego, con cierto desdén o algo de generosidad, me han perdonado la vida. Pero también me han enseñado mucho sobre los hombres y sobre mí mismo". Recorrerlos es una buena razón para escribir y, al tiempo, no es una mala manera de disfrutar de la vida mientras vamos a dar a ese mar de Jorge Manrique "que es el morir".

                                                                                                            Publicado en EL PAÍS
* Sin la negrita y sin las imágenes en el original.

Javier Reverte (Madrid, 1944) es periodista, escritor y viajero que ha recorrido los cinco continentes, ha navegado el Índico, el Pacífico y el Atlántico; ha cruzado el Ártico de este a oeste y pisado el cabo de Hornos. Ha descendido el Amazonas desde su nacimiento hasta su desembocadura, recorrido el curso del Nilo, del Misisipi y del Yangtsé, y se ha embarcado en el Congo, en la misma ruta que hizo Joseph Conrad a finales del siglo XIX. Ha seguido los caminos de escritores como Homero -en la Grecia clásica- o Jack London -en el río Yukón- y se ha internado en las sabanas del este de África. Ha cruzado el lago Victoria, el Tanganika y el Tana, y se ha acercado a pie hasta las orillas del Turkana. Ha vivido en Londres, París, Lisboa, Nueva York, Roma e Irlanda. Y todas sus experiencias las ha contado en sus libros de viajes, género literario que lo ha convertido en uno de los autores más leídos en España. Entre sus libros de viajes se encuentran obras que son ya verdaderos clásicos: El sueño de África, Vagabundo en África o Corazón de Ulises.

Actualización (31-10-2020):
Javier Reverte ha fallecido hoy en Madrid a los 76 años.
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Mark Twain, seudónimo del escritor estadounidense Samuel L. Clemens (1835-1910), ambientó en la región del Misisipi sus dos novelas más conocidas. La primera, Las aventuras de Tom Sawyer, narra las vivencias del niño protagonista en la pequeña población de Saint Petersburg, en las orillas del río Misisipi, al sureste de Estados Unidos. La vida en la localidad discurre de manera tranquila, incluso aburrida, pero Tom, un chico travieso de enorme curiosidad, es capaz de disfrutar tanto de los sucesos cotidianos como de otros extraordinarios: la persecución de un malvado asesino o la búsqueda de un tesoro escondido en una cueva, siempre acompañado de su inseparable Huckleberry Finn, un chico rebelde que, abandonado por su familia, vaga por las calles y es mirado con recelo por los mayores pero admirado por los niños, que ven en él la encarnación de la libertad. En la segunda, Las aventuras de Huckleberry Finn, Huck es capturado por su malvado padre, que lo lleva a vivir en una choza río abajo; sin embargo, el joven, que consigue fugarse en una balsa, se encuentra con su amigo Jim, un esclavo prófugo. Escapando de su pasado y en busca de la libertad, ambos emprenden la huida a lo largo del río hasta que en un inesperado final reciben la ayuda del valiente Tom Sawyer.  Vida en el Misisipi (1883) recoge sus memorias sobre sus días como piloto de un vapor de ruedas en el Misisipi.

El escritor yugoslavo Ivo Andric (1892-1975), Premio Nobel de Literatura en 1961, es conocido sobre todo por su novela Un puente sobre el Drina (1945). Ambientada en la ciudad de Visegrad (en Bosnia, a orillas del río Drina, frontera natural entre Bosnia-Herzegovina y Serbia), que alcanzó su máximo esplendor en la Edad Media por ser un lugar de tránsito entre el mundo musulmán y el cristiano, narra la historia de una comunidad  diversa y conflictiva tomando como pretexto narrativo el gran puente otomano sobre el río, lugar de tránsito y encuentro para sus habitantes. La historia, suma de pequeñas historias particulares, abarca desde el siglo XVI hasta principios del siglo XX y da cuenta de las tensiones y enfrentamientos que se suceden  de generación en generación.


En Corazón de Tinieblas (El corazón de las tinieblas), una novela que puede leerse como una reflexión sobre la colonización del continente africano,  Charles Marlow narra su peligroso viaje a bordo de un vapor que remonta el río Congo en busca del misterioso señor Kurtz, un agente comercial convertido en leyenda que había logrado desentrañar los misterios del la selva africana y enviar grandes cantidades de marfil a la Compañía. Finalmente, lo encontrará enfermo en una choza, rodeado de cabezas humanas empaladas, adorado por los indígenas a los que domina por medio del terror. El superhombre  se convierte así en símbolo de la corrupción y personificación de los efectos depredadores del colonialismo.


La vorágine, la gran novela de la selva,  relata en primera persona la aventura del poeta Arturo Cova que, huyendo de las convenciones sociales de la sociedad colombiana, llega a  los llanos orientales (extensa región de ríos caudalosos) en compañía de su amante Alicia. La búsqueda de Alicia, de quien se ve separado, lleva a Cova a la amazonía colombiana, donde será testigo de  las duras condiciones de vida de los colonos e indígenas esclavizados durante la fiebre del caucho. La selva, sus ritos ancestrales y sus alucinaciones, así como la lucha del ser humano para sobrevivir en medio de una naturaleza grandiosa son los verdaderos protagonistas de esta novela que narra, además, la tragedia social de Colombia.


Se hace aquí referencia a dos de las  narraciones de London ambientadas en la región ártica próxima al río Yukon. La cita corresponde al relato El silencio blanco,  en el que Malamute Kid debe matar a su amigo, herido a quien es imposible salvar, para lograr sobrevivir él mismo y  la mujer de su amigo, amenazados por el despiadado silencio blanco del Gran Norte. La otra es La llamada de lo salvaje (o La llamada de la selva), en la que el perro Buck,  en manos de los buscadores de oro y  obligado a tirar de un trineo, demuestra con la fidelidad hacia su amo que los perros pueden ser más humanos que el hombre. Cuando su amo muera, seguirá la llamada del instinto, de la naturaleza salvaje, y se unirá a su hermano el lobo.

lunes, 22 de julio de 2013

Javier Reverte: "Viaje al mar de la literatura"


VIAJE AL MAR DE LA LITERATURA
Javier Reverte
    El viaje del Mediterráneo es, por fuerza, un recorrido literario. No puede uno navegar sus aguas ni recorrer sus litorales sin cargarse el alma de literatura. O por lo menos, sin manifestar una cierta voluntad de abrir los oídos a los cantos de la sirenas en Capri; o al rumor de los pasos que Justine deja en las calles de Alejandría; o al eco de los versos de Virgilio sobre los campos romanos. El Mediterráneo tiene alma mitológica y mística. Pero sobre todo, posee un alma poética. Muchos de los grandes caminos del mar de la literatura salen desde sus puertos o van a morir en sus orillas. Y cada ola escoge una canción.
     Podemos zarpar de cualquiera de sus dársenas. Y a mi se me ocurre que la primera de todas sea Sidón, hoy un pedazo de tierra de las costas libanesas y, hace treinta siglos, más o menos, el lugar en donde se alzaba la fastuosa ciudad de Tiro. Desde allí, los marinos fenicios iniciaron los grandes viajes mediterráneos desde el Este hacia el Oeste y, en el curso de sus arriesgadas navegaciones, sin duda sufrieron no pocas penalidades y vivieron al tiempo imponentes aventuras que fueron corriendo de boca en oreja. Y aquellos relatos de la mar, unidos a los que los micénicos habían acuñado en navegaciones anteriores, llegaron a los oídos de los cantores ciegos. Y los cantores los convirtieron en mitos. Y los mitos, en fin, se tradujeron en palabras cuando el alfabeto fenicio formó con el verbo griego la diabólica fusión que provocó la más honda de las revoluciones humanas: la aparición de la lengua escrita. De los viajes, pues, de los cuentos marineros del Mediterráneo, del genio fenicio unido al talento griego, brotó la voz enorme de la literatura. Y lo hizo sobre las olas y en las orillas del mar que de nuevo surcamos.

     Seguimos viaje, pues, de la mano de un primer mito del que se guarda memoria: el de Jasón y los Argonautas, que navegaron desde las costas continentales griegas, en Tessalia, hasta la Cólquide, en las riberas del Mar Negro, en busca del Vellocino de Oro. La aventura que dio pie a la epopeya pudo suceder en el siglo XII antes de Cristo. Y aunque los versos que recitaron los cantores ciegos de los días anteriores a Homero se hayan perdido en su mayoría, algunos de los personajes de la historia sobrevivieron en la literatura clásica, como la infeliz Medea y el propio Jasón. La épica de aquel viaje la cantó siglos después Apolonio de Rodas. Y hace unas pocas décadas la repitió, incluso con más talento, un poeta británico al que se le antojó rebautizarse mediterráneo en las soledades de Mallorca: Robert Graves.

La entrada del Bósforo
     En un viaje posterior, un griego llamado Bizas (Bizancio le debe su nombre) levantó un fortín en la entrada del Bósforo, que con el paso de los siglos pasaría a convertirse en Constantinopla, primero, y más tarde Estambul. Y Estambul, pese a la "indolencia de Oriente" que se mece en su atmósfera, como escribía Pierre Loti, es esencialmente una ciudad mediterránea. Victor Hugo, Lady Montagu, Gérard de Nerval, Theóphile Gautier, Edmundo de Amicis, Juan Perucho, Hemingway y otros cuantos arrancaron literatura de sus calles, sus puertos y sus bazares. Y por los pasillos del fastuoso hotel Pera Palace deambuló varias noches Agatha Christie buscando un asesino.
    Pero regresa Jasón a Tessalia y es la hora de que Ulises (Odiseo en griego) se eche a la mar. Escribe Joseph Conrad: "¡Dichoso aquel que, como Ulises, ha hecho un viaje aventurero; y para viajes aventureros no hay mar como el Mediterráneo". El poderoso Agamenón reune a los príncipes micénicos y organiza la mayor expedición militar de su tiempo para rendir la ciudad de Troya y limpiar los cuernos de su hermano Menelao. Ulises se embarca en la aventura. Vencen los griegos a los troyanos tras diez años de lucha, los héroes supervivientes regresan, Agamenón muere asesinado y Ulises se pierde en el mar. Y la literatura se llena de los mitos, de los nombres y las voces que darán contenido a los cantos épicos homéricos (siglo VIII a.C.) que, tres siglos después, poblarán los escenarios de la tragedia en Atenas. Arde el mar de la poesía en la nave de Ulises, cuyo viaje de regreso a la patria, a la pequeña isla de Ítaca, le ocupa diez años. Y en el camino, nuestro héroe, tan sabio como cínico, tan astuto como truquista, lanza en la cara del gigante Polifemo, el hijo de Poseidón, el primer grito rebelde y desesperado de la literatura, aunque lo haga con ánimo de burla: "¡Mi nombre es Nadie!". ¿No estaremos percibiendo ya los lamentos de Hamlet en el eco de ese grito?
     Las llamas de Troya se extienden a la lírica y a la comedia. Se alumbran los géneros literarios. Safo teje en Lesbos los mejores poemas de amor de la Historia y Píndaro tersa las cuerdas de su lira para cantar en elegías a los atletas vencedores en los juegos. Junto a la montaña de la épica alzada por los versos de Homero, crece una nueva cima literaria: la tragedia. Los héroes de Esquilo, Sófocles y Eurípides son los mismos desafortunados guerreros de Troya, como Ajax; crueles criminales como Egisto; desafortunados vengadores como Orestes, y sufrientes doncellas como Medea. El armazón teatral creado por los tres atenienses y por autores de comedias como Aristófanes sienta, además, las bases del teatro del Siglo de Oro y, si me apuran, de la técnica del guión de Hollywood: eso que hoy nos parece tan sencillo como la estructura del planteamiento, el nudo y el desenlace.
     Descartes y Hume lo escribieron siglos después: "La filosofía nace del viaje". Y así sucedía sobre las ondas de aquel mar de ida y vuelta, donde los héroes navegaban en la leyenda y en la literatura, donde los Diez Mil de Jenofonte gritaban "¡el mar, el mar!" al divisar las aguas del Mediterráneo, su verdadera patria. Quizás lo vieron así los primeros hombres que rescataron el pensamiento de las manos de los dioses, que desdeñaron la magia a favor de la razón. En las costas del Egeo, en el Asia Menor, la civilización jónica dio a luz la filosofía. Y en la ciudad de Mileto, hoy un campo en ruinas de las costas del Egeo turco, nacieron y crecieron los tres primeros rebeldes que, dando la espalda a los dioses, quisieron explicarse el mundo: Tales, Anaximandro y Anaximenes. Tras ellos, otros dos hombres buscaron definir lo que era el ser: Heráclito, en Efeso, también territorio de Asia Menor, y Parménides, en Elea, la Magna Grecia de entonces y hoy Sicilia. En fin, ya en el esplendoroso siglo V, el siglo de Pericles, la filosofía dio el salto definitivo para instalarse en Atenas. Y tres nombres se clavaron para siempre en el firmamento literario: Sócrates, Platón y Aristóteles.

La fundación de Roma
     La nave vuelve a navegar, sigue el viaje por las aguas mediterráneas, esta vez camino de Occidente. El príncipe troyano Eneas, escapado del incendio de su ciudad, arriba a las costas de la entonces inculta Italia. Y funda Roma. Un poeta llamado Virgilio se ocupa de cantar la gesta. Grecia desfallece y el nuevo imperio toma el timón de la nave mediterránea. Los dioses se mudan del Egeo al Tirreno; cambian su nombre, pero no sus aficiones, sus poderes y sus vicios. Los nuevos poetas cantan y escriben teatro. Oímos la lírica de Ovidio y Horacio, escuchamos la oratoria de Cicerón, seguimos los caminos de la ciencia de la historia de la mano de Julio César, Tácito y Tito Livio, las crónicas de Pausanias y de los dos Plinios, las enseñanzas morales de Séneca, los epigramas de Marcial, las fábulas de Fedro, las narraciones de Petronio... ¿Para qué seguir? Entretanto, en Alejandría, los descendientes Ptolomeos del Gran Alejandro han dejado encendida una lámpara de sabiduría y allí se recogen, se ordenan, se codifican y se almacenan los conocimientos del mundo antiguo. Crecen la geografía y las ciencias que estudian el cielo, la mar y la tierra. Hay viajeros que recorren el interior oscuro de África y una mujer, Hypatia, la primera filósofa de la Historia, inventa el astrolabio, el instrumento que determina la distancia entre las estrellas y el horizonte. Sin ello, los europeos no hubieran alcanzado América tan pronto.
     Entonces los bárbaros atacan, Roma muere de asfixia y la literatura navega a la deriva en los siglos oscuros. Pero es el turno de la otra orilla. Con paciencia, tenacidad y sin descanso, hombres de ciencia y pensamiento surgidos de las hasta entonces silenciosas gargantas del Islam cruzan la mar y reconstruyen en Córdoba, Murcia, Sevilla y Toledo, sin alharacas y sin miedo, el tejido del saber. Salvan lo que pueden del desastre. Y lo entregan con generosidad a los hombres que van a abrir las puertas del Renacimiento.
Las campanas debieron de haber repicado en todos los campos de la Toscana, aunque no lo hicieron, aquel día de primavera en que Florencia vio nacer al Dante. De la mano del poeta Virgilio y de su amada Beatriz, el poeta paseó la literatura por los Infiernos y la elevó después al Purgatorio y el Paraíso. Y con generosidad, volvió a echarla a la mar, a bordo de un velero remozado, para que siguiera navegando durante los siglos siguientes. "El día terminaba -comienza el Canto II-. El aire oscuro de la noche a los seres de la tierra al reposo invitaba. Yo, inseguro y solo, me aprestaba a hacer la guerra del viaje y de la angustia, guerra mía que evocará la muerte que no yerra".

El rostro delgado del caballero
     Nadie detiene ya la derrota del navío. De costa a costa, de sur a norte, de oriente a occidente, lucen las luminarias de un fuego ya inextinguible. Estamos a salvo, no importan las guerras y ni siquiera los muertos. Hacia Levante, una escuadra de estados cristianos aliados le cierra la mar a una gran flota turca. Y en una galera española, La Marquesa, un soldado es herido en un brazo. Pero le queda el otro sano para escribir. Y quizás allí mismo en Lepanto, en lo que el soldado herido llamaría "la más alta ocasión que vieron los siglos", comienza su imaginación a entrever el rostro delgado del caballero que recorrerá las tierras manchegas para inventar por fin la novela, el género que ha salvado desde entonces los estragos y desánimos de quienes lo dan una y otra vez por muerto. Skakespeare, contemporáneo de Cervantes, se asoma también a las orillas mediterráneas y sitúa en Venecia la historia de un mercader y, más al sur, en la otra ribera, los desdichados últimos amores de Cleopatra con Marco Antonio. Nadie está inmune en literatura a la fuerza de ese mar que hierve.
     Baja del norte inglés una tríada de poetas que llevan en sus sienes el laurel de los clásicos. Pronto, el más frágil de ellos, John Keats, muere de tuberculosis en Roma; pero deja escrito un verso que define a todo el romanticismo: "La belleza es verdad y la verdad belleza; nada más es preciso saber en la tierra". Percy B. Shelley se ahoga en una playa toscana, con un libro de Keats en el bolsillo: "Desafiar al poder absoluto; amar y soportar", proclamaba en uno de sus versos. Y Lord Byron, el más bello, el más vigoroso, el más ardiente, fallecía devorado por la malaria en Missolonghi, no muy lejos de Lepanto. Luchaba, cuando murió, por la causa de la independencia de Grecia: "Busca la tumba de un soldado -pedía-; para ti, la mejor. Luego, mira a tu alrededor y elige el sitio, y entrégate al descanso (...), haciendo de la muerte una victoria".
    En España, Espronceda arría las velas de su barco y llega hasta Estambul: "Navega velero mío sin temor...". Chateaubriand viaja de París a Jerusalén y otros poetas franceses como Lamartine se arriman a las orillas de su mar. Unas décadas antes, en Alemania, el gigantesco Goethe ha enseñado el camino a los centroeuropeos con su fastuoso Viaje a Italia y ha cantado al clasicismo en sus Poemas Romanos. Se asombra a la vista de Venecia, y no siempre en un sentido positivo. Stendhal no tardará en seguirle unos cuantos años más tarde y, en su libro Roma, Nápoles, Florencia, traza una vigorosa pintura de la capital toscana.
     Bien entrado el XIX, Charles Dickens se embarca hacia el Sur para escribir su libro Imágenes de Italia. Queda prendado de Venecia, cuya realidad, en su opinión, "excede el sueño más extravagante". Y sobre la ciudad cae la riada de la literatura iniciada por Goethe. Llegan Ruskin, Twain, Henry James, Proust, George Sand, Gauthier, Morris, Hemingway, d'Annunzio, Carpentier..., la lista es interminable. "Es el Shakespeare de las ciudades -se le ocurre decir a John Addington Symonds-: incomparable, irrebatible, y por encima de la envidia". Thomas Mann pervierte a su personaje, el escritor Aschenbach, mientras persigue la belleza destructora, encarnada en la figura de Tadzio. El ruso Joseph Brodsky escribe: "Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo". No muy lejos de allí, en un castillo sobre el Adriático, a las afueras de Trieste, Rainer María Rilke canta en sus Elegías del Duino: "Pues lo bello no es más que ese grado de lo terrible que aún podemos soportar. Todo ángel es terrible". Y Joyce se larga de Zurich para vivir enseñando inglés y seguir tejiendo su monumental Ulises entre prostíbulos y tabernas.
     Hechizado, Henry Miller recorre los mares griegos. Su amigo Lawrence Durrell reflexiona en Sicilia: "Qué afortunado soy de haber vivido en el Mediterráneo y contemplado tan a menudo el sol y la luna juntos en el cielo". Más al Este, en Bosnia, Ivo Andric adelanta una crónica de la ira, la venganza y la sangre. Kazanzakis, Elites y Seferis hacen renacer el clasicismo allá en las islas egeas. No lejos, Amin Maalof nos relata historias del Levante mediterráneo, Naguib Mahfuz nos lleva a oler El Cairo y Albert Camus desciende a Orán para mostrarnos los límites del alma. El Chukri nos cuenta las penas de la gente del Rif y, dando un poco la vuelta, asoman en el litoral español el aroma a naranjos en las páginas de Vicent, las ramblas y las flores de la Barcelona brava de Marsé, el campo ampurdanés de Josep Plá. De nuevo en Italia oímos tambores de guerra en el Nápoles de Malaparte y Norman Lewis. Y más abajo, otra vez en Sicilia, Lampedusa nos retrata el fin de toda una era... No es posible continuar, el papel se acaba y el barco de la literatura navega todavía.
      Por cierto, ¿hemos dicho algo sobre un libro de viajes llamado la Biblia?

                                                                    (Publicado en El País, domingo 27 de noviembre de 2005*)
*En el original, sin las imágenes.

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