Un tal Lázaro Vélez se incorporó en su
tumba, se despojó lentamente de su sudario, abandonó el camposanto y empezó a
caminar en dirección a su casa. A medida que iba siendo reconocido, los vecinos
se acercaban a abrazarlo, le daban ropas para que cubriera su desnudez, lo
felicitaban, le palmeaban la espalda huesuda.
Sin embargo, a medida que la voz se fue
corriendo, la bienvenida ya no fue tan cálida. Un hombre que había ocupado su
vacante en la sucursal de Correos le increpó duramente: «Tu regreso no me
alegra. Vas a reclamar tu puesto y quizá te lo den. O sea que yo me quedaré en
la calle. Recuerda que en mi casa tengo cinco bocas para alimentar. Prefiero
que te vayas».
La viuda de Lázaro Vélez, que, pasado un
tiempo prudencial, se había vuelto a casar, le incriminó:
«¿Y ahora qué? ¿Acaso pretendes que me
condenen por bígama? Si quieres que sea feliz, desaparece de mi vida, por
favor».
Un sobrino, que en su momento había
heredado sus cuatro vacas y sus seis ovejas, le reprochó airado: «No
pretenderás que te devuelva lo que ahora es legalmente mío. Vete, viejo, y no
molestes más».
Lázaro Vélez resolvió no seguir
avanzando. Más bien comenzó a retroceder, y a medida que desandaba el camino se
iba despojando de las ropas que al principio le habían brindado.
Por fin, un viejo amigo que lo reconoció
y no le reprochó nada (quizá porque nada tenía) se acercó a preguntarle: «Y
ahora, ¿a dónde irás?» Y Lázaro Vélez respondió: «A recuperar mi sudario».

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