domingo, 14 de abril de 2024

"La pregunta" y "Undécima elegía", de Marisa Martínez Pérsico




La pregunta

Cuando crezcas,
¿qué te gustaría ser?
pregunto mientras por la ventanilla
se ven los faros rojos del mundo que se aleja,
como si un despegue brusco
nos lanzara
a un futuro más próximo
que el real.

"Ser maestra de baile"
"Cuidadora de cisnes"
"Jardinera de parques con columpio"

Si no fueras mi madre, ¿qué serías?
"No quiero ser un pájaro", te digo.
"Ni una lluvia con pez en un arroyo"

Quisiera ser,
María,
una pregunta.

Una duda sin bordes más allá de mi voz.
Vivir de labio en labio de quien sufre un misterio,
de quien peina ilusiones con cuidado,
del que ignora.

Ser una boca abierta a la sorpresa.

¿Dónde oculta
el escombro su guarida?
¿Quién desnuda las ruinas que se amaron
sin grieta, con verdad?

Yo quiero esa pregunta
en donde quepan todas las mentiras
que nunca se respondan, 
como este vuelo apenas suspendido
entre las nubes, sin luces
a la vista, se propulsa, en sordina,
hasta el final.

Quisiera ser pregunta pero voy en silencio.
Lo más dulce es callar,
volando juntas.

(De Principios y continuaciones, Pre-Textos, 2021)

Panorámica de los acantilados de Duino, desde el sendero de
Rilke, con las ruinas del viejo castillo medieval.
Foto: Lisbeth Salas (La Vanguardia)


Undécima elegía

Frente a la torre
del castillo de Duino dos turistas
hablan en alemán
mientras la hiedra antigua cubre
la piedra estremecida de calor y silencio.
Van con visera de tela y las mejillas
mojadas y encendidas.

Miro el paisaje
y pienso en los ángeles de Rilke.
Las almenas que miran al Adriático
son reptiles atribulados por un dios inclemente.
Cada gaviota tiene su cetro en una cúpula
de asientos previsibles (pero no numerados)
y el agave,
que tarda una vida en florecer,
parece una criatura lunar.

A lo lejos, las islas
son damas que quieren estar solas.

Las piedras y los árboles
irradian una sabiduría secular
pero no han oído nada 
de nosotros:
las instrucciones que inventamos para domesticar un caracol,
las migas que arrojamos de los barcos para alimentar a las sirenas,
una hija que se llamaría Svetlana,
las cosas que dijimos mientras caminábamos juntos
como esos alemanes que comparten
la botella de agua mineral.

Por entonces, mis viajes 
solían coincidir con el presente
y los mirlos cantaban como oráculos
mostrándonos la única
dirección del suceder.

¿Sabías que los mirlos
desarrollan su propia melodía
y cuando acaban la canción
repiten —esa misma— hasta morir?

Quizás un día vuelva a creer en lo que dura.
Pero aún me distrae
la belleza.

(De Las cosas que compramos en los viajes, Esdrújula, 2022)


Marisa Martínez Pérsico es una poeta, investigadora y profesora universitaria nacida en Lomas de Zamora, Buenos Aires, y residente en Italia desde 2010. Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y doctora en Literatura española e hispanoamericana por la de Salamanca, es también traductora de poesía italiana contemporánea e investigadora de la Universidad de Údine, en el norte de Italia, en las áreas de traducción español-italiano y de literatura contemporánea en español.

Su abuela materna emigró de Galicia a la Argentina en 1938 y, gracias a la Ley de Memoria Histórica, que reconoce el derecho a solicitar la ciudadanía a los hijos y nietos de los españoles que la perdieron como consecuencia del exilio, en 2009 optó por adquirir la nacionalidad española, que actualmente posee junto a la argentina.

Ha publicado los poemarios Las voces de las hojas (1998), Poética ambulante (2003), Los pliegos obtusos (2004), La única puerta era la tuya (2015), El cielo entre paréntesis (2017), Finlandia (2020) y Principios y continuaciones (2021). En octubre de 2021 obtuvo en Colombia el XXIV Premio Internacional de Poesía Ciro Mendía por su libro Un cielo para los gatos, publicado en 2022 con el título Las cosas que compramos en los viajes. La antología Peces de ojos tristes. Poesía escogida 2023-1998 (2023) incluye textos de Los parques interiores, libro inédito con el que ganó en 2022 el 48º Premio de Poesía Rafael Morales.

La autora reconoce dos grandes influencias en su escritura: la poesía de indagación ontológica argentina (Roberto Juarroz, Hugo Mujica y Alejandra Pizarnik, entre otros) y la poesía de la experiencia española, bautizada por sus fundadores como "la otra sentimentalidad", en especial, Javier Egea, Ángeles Mora y, sobre todo, Luis García Montero, a quien considera su maestro. Daniel Gigena señala, como motivos constantes de la poesía de Martínez Pérsico, "el viaje, la tradición literaria, la observación como método, los semblantes del amor y el doble tránsito de lo particular a lo universal". En el prólogo a Peces de ojos tristes, la profesora Laura Scarabano añade un "hispanismo trasatlántico" y una imaginería "desbordante y onírica" que en algunos textos decanta en reflexiones sobre la fragilidad. En sus poemas conviven el español rioplatense con el ibérico, mezcla que la autora denomina "panhispánico", una lengua mestiza  que surge como necesidad expresiva y reflejo de su periplo vital.

El castillo de Duino, al que alude el segundo poema, se alza sobre un acantilado del mar Adriático, cercano a Trieste. El viejo castillo medieval, que albergó a Dante, se encuentra en ruinas. En el siglo XIV se edificó una nueva fortaleza  en la cual se alojó entre octubre de 1911 y mayo de 1912 el poeta de Praga Rainer Maria Rilke. Allí comenzó a escribir sus Elegías de Duino (1923), uno de los libros de poesía más relevantes y enigmáticos de todo el siglo XX. Un día en que el poeta paseaba por los acantilados de Duino, entre el viento y el ruido del mar, sintió que un verso brotaba de su interior: "¿Quién, si yo gritara, me oiría de entre los ángeles?", que pasó a ser el comienzo de la primera elegía. Escritas en un momento de crisis espiritual,  las diez elegías que componen el libro desarrollan la reflexión del poeta sobre el papel, el sufrimiento y la angustia del ser humano y las posibilidades del arte, postulando la creación de un espacio interior y considerando al poeta como mediador entre la naturaleza y la forma pura. En palabras del poeta Antonio Lucas,  "van de los humano, a lo invisible, del espíritu a la caída (...). Una lucha del hombre contra sus demonios que es un canto de integridad y una forma de regresar a la pureza después del desplazamiento por las habitaciones del daño". En ellas otorga un importante papel a ciertos ángeles nada cristianos, de los que escribe en 1922: "El ángel de las Elegías es la criatura en la que aparece completa esa transformación de lo visible en lo invisible que realizamos nosotros..., testimonia el reconocimiento de un grado más alto de realidad en lo invisible. Por tanto, es 'terrible' para nosotros, porque nosotros, sus amantes y transformadores, aún dependemos de lo visible". Sería, pues, lo que perturba y a la vez fascina al poeta en cuanto tal: lo alto, puro e ideal, destructor de lo humano, como señala José María Valverde. En recuerdo y homenaje a Rilke, Marisa Martínez Pérsico titula  este poema, en el que evoca una visita al castillo de Duino, "Undécima elegía".

Marisa Martínez Pérsico. (sivuvalo.com)

Referencias:

-Daniel Gigena, La lengua mestiza de la poeta Marisa Martínez Pérsico. Consultado en: https://www.pagina12.com.ar/560166-la-lengua-mestiza-de-la-poeta-marisa-martinez-persico

[Imagen inicial: Freepik]

1 comentario:

  1. Claro, no puedo comprenderlos en su totalidad pero vale, ya veo por donde van los tiros y me gustan.
    El gusto por la ignorancia y la duda (y la curiosidad, obviamente) para poder aprender y asombrarse ante las respuestas a los misterios de la vida. Aunque esas respuestas no sean ciertas o luego se contradigan.
    Jo, el segundo es complejo porque el que lo lea sin todas esas explicaciones tan oportunas que das... ¡Cuánta divagación esa de Rilke para venir a decir, pues, que lo que nos hace humanos desaparecerá cuando lleguemos a ese "ideal" que sólo puede sobrevenir por la muerte, supongo, porque el poeta -por mucho que pretenda vivir el ideal en vida no puede despegarse de las necesidades mundanas y naturales.
    ¡Qué lío
    Ah, y que me gusta mucho ese panhispanismo de la autora.
    Carlos San Miguel

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