EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 10 de marzo de 2019

"Otra vez más Orfeo se arrepiente", de José Antonio Gómez-Coronado


José Beulas, Sotonera



                      VI

Otra vez más Orfeo se arrepiente.
Ha bajado hasta el Hades suplicando
otra oportunidad: la nueva vida
para la luz perdida de sus ojos.
Ha bajado y aquí sopla el invierno
sordo de luces, ciego, despiadado,
con su silencio gris al horizonte
y sus azules mudos en el cielo.
Es todo el río un largo cementerio
de espejos rotos donde muere el agua,
un puñado de dedos delatores
los álamos. Vencida, mi tristeza 
busca restos del traje del otoño
y va zurciendo un cuerpo entre sus manos
que es mi cuerpo perdido y solitario.
Y así vamos: crepúsculo a crepúsculo,
noche a noche, calado de recuerdos,
esperando caer en otra hoguera
que nos levante al fin hacia la vida.
Callado, marzo apunta su principio
y renueva la sangre de la tierra
con raíces que ansían descubrirla
y beber de sus labios. Ya en el alto,
vuelvo hacia atrás la vista y nuevamente
nace la vida, nace y la he perdido
y otro invierno más frío me consume
en su sombra, sin voz, con la esperanza
triste de algún abril que me acompañe,
donde vuelva a nacer la primavera.

       De El triunfo de los días, Rialp, 2002


José Antonio Gómez-Coronado
José Antonio Gómez-Coronado Vinuesa (Sevilla, 1978) es un poeta  español representante de la nueva poesía andaluza. Ginecólogo de profesión, se aficionó pronto a la poesía y frecuentó las tertulias de poetas jóvenes al tiempo que componía sus primeros poemas. Ha publicado hasta la fecha tres poemarios: Números (2001, accésit del VII Premio Universidad de Sevilla), El triunfo de los días (2002, galardonado con el prestigioso  Premio Adonáis) y La derrota del sol (2005). Ha colaborado en revistas como Turia o Renacimiento, y ha participado en las antologías Veinticinco poetas jóvenes españoles (Hiperión) y Andalucía poesía joven (Plurabelle).  El triunfo de los días es un libro escrito mayoritariamente en endecasílabos blancos, que recuerdan a los de Don de la ebriedad (1953) de Claudio Rodríguez , y dividido en tres partes: "El alba" (a la que pertenece el poema seleccionado) , "El mar" y El olvido". La primera, según el autor, es la parte "más gozosa, más unida a la naturaleza", pues  representa "el nacimiento de la luz, la mañana", mientras que la segunda  habla de la vida "ante el crepúsculo y la muerte", hasta llegar en la tercera "al último paso de la degradación, el olvido". En el poema elegido, el autor recrea un mito, el de Orfeo, que , en opinión de José Luis García Martín, se adecua especialmente a su concepción de la poesía.

miércoles, 6 de marzo de 2019

'El tiempo regalado', de Andrea Köhler



Grupo de lectura "Leer juntos Hoy" del IES Goya
Sesión del 11 de febrero de 2019
Obra comentada: El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera, Libros del Asteroide, Barcelona, 2018
Autora: Andrea Köhler
Traducción: Cristina García Ohlrich





Andrea Köhler, fotografiada en Barcelona.
JUAN BARBOSA. El País
1. ¿Quién es Andrea Köhler?


Es una periodista y escritora nacida en Bad Pyrmont, en el sur de Sajonia, Alemania. Estudió
Literatura y Filosofía en las universidades alemanas de Friburgo y Braunschweig. Vive entre Berlín y Nueva York, donde lleva diecisiete años. Trabaja como corresponsal de cultura en Estados Unidos del periódico suizo Neue Zürcher Zeitung. Está casada y tiene dos hijos. En 2003 recibió el Premio Berlín de Crítica Literaria.


2. Sobre El tiempo regalado

Precioso e interesante libro de la escritora alemana Andrea Köhler, cuyo título completo -El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera- nos plantea directamente el tema y la forma en que la autora va a desarrollar el contenido. 

Vivimos tiempos apresurados. El espacio y el tiempo han cambiado, casi no existen puesto que el mundo de las comunicaciones nos hace vivir en la ubicuidad y en la simultaneidad con relación a los eventos exteriores. Sin embargo, nuestro tiempo vivencial sigue teniendo el mismo ritmo, la misma cadencia, nuestro tiempo marcado por el pulso de la respiración, por la demanda del hambre, la sed y el sueño. Pero sobre todo por los impulsos de la insatisfacción, fruto del deseo de infinitud y eternidad que pedimos y esperamos saciar con los afectos y el amor que sentimos, que no acaban de ser satisfechos.

La sensación de inquietud, falta de calma, de paz interna, son la tensión, el "no estar en" sino "estar en más allá o más acá", "en un antes o en un después". Somos seres en tránsito, en movimiento, en dinamismo. Seres inacabados y que hemos de lograr nuestro ser, nuestro ser en la existencia, como ese ser que está ahí y que necesita hacer para ser y responder a las demandas de sí mismo, de los otros, de las cosas.
Penélope es el primer personaje literario en que la espera
se hermana con la narración. 'Penélope y Telémaco',
detalle de una pintura de figuras rojas (440 a. C)

El tiempo y la espera nos acompañan porque somos conscientes, inteligentes, porque sabemos que venimos, estamos y nos hemos de ir; que nacemos y morimos; que la vida que vivimos es un vivir para morir; que vivir es morir, un camino hacia la muerte. La vida es un estar, una espera constante de instantes para alcanzar esa "vida regalada", una vida que no nos hemos dado, sino que nos han dado y cuidamos, procuramos que dure o no dure al distanciar o acercar la muerte. En esta tensión constante buscamos diferentes formas de entender, aceptar, serenar este nuestro ser vida distendida.

Andrea Köhler, en las diferentes partes de este sugerente ensayo, nos regala sus reflexiones sobre diversas formas, manifestaciones o aspectos de esta ESPERA que es la vida. La autora se apoya en sus lecturas de pensadores, filósofos, literatos, artistas, que por medio de alguna de sus obras, citadas por ella, nos abre puertas para poder profundizar o completar el aspecto que más nos haya interesado, inquietado o bien iluminado sobre nuestra vivencia de la espera. Nos proporciona así una interesante bibliografía de importantes autores del panorama literario.

La inteligencia y la conciencia van unidas a la narración. Solo cuando podemos contar, narrar nuestra vida, logramos la serenidad que nos puede dar la sabiduría. Saber que nos puede ayudar a confiar y esperar esperanzadamente.

Estaría bien preguntar, a quienes hemos leído este libro y nos hemos reunido para comentarlo, qué esperábamos al tenerlo en nuestras manos. Las respuestas son múltiples. La mía es que esperar luz, claridad  y total comprensión es pedir desvelar el secreto misterio de la vida. Sería el final del pensamiento, del relato que empieza y acaba con cada vida al preguntarnos: ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué debo esperar?, ¿qué es ser humano? Se acabaría la filosofía, la ciencia, el arte. Se acabarían las preguntas inacabables, se acabaría la espera, viviríamos en lo absoluto, en lo en sí y no con otro, seríamos otra cosa o, mejor, infinitos, porque seríamos sin tiempo y sin espera.

La espera es la esencia, el ser de la vida humana, porque somos tiempo, "tiempo regalado", tiempo que nos han dado sin pedirlo, sin demandarlo, ya que no hemos elegido nacer y no hemos nacido por nosotros mismos, salvo en ese sentido figurado del nacer y renacer cada día al hacer. Tiempo que no nos hemos dado a nosotros mismos, pero que podemos cultivar, cuidar, ritmar -dándole un tempo, un ritmo- y decidir terminar, con el suicidio y la eutanasia. Podemos crear, componer relatos, melodías de contenidos, sonidos diferentes, según juguemos con los instantes, los "entres", los momentos del fluir del tiempo, del flujo de instantes, de la paradójica impermanencia-permanente. Instante que, en cuanto sientes, dices, vives como un "ya es", deja de ser, constante llegar a ser del no ser a ser, y vuelta a nada. Del no ser que éramos al no ser que seremos, vivencia que nos anticipa el dormir.

La estructura del texto es muy sugerente, con su Preludio y sus Intermezzos. Ya en el Prefacio, página 13, escribe Andrea Köhler:
Este ensayo quiere recordar que no es fácil deshacerse de la ambigüedad propia de nuestra existencia en su característico pulso entre presencia y ausencia. Seguramente es la música la que ha sabido dar una respuesta más concreta para representar este asunto, si bien sus pausas, ritmos y repeticiones siguen un esquema más preciso que las vicisitudes de nuestra vida ordinaria. En este libro trato de dar eco al ritmo de la espera, con interludios en cada capítulo que son interludios de la fantasía. El "yo" que ahí habla es ficticio.
Así pues, el libro, compuesto por una serie de capítulos que son otras tantas reflexiones
sobre las diferentes vivencias de la espera, lo inicia con un Preludio e intercala Intermezzos entre las partes.  El Preludio es la cosa o acción que precede a otra y le sirve de entrada, anuncio o comienzo. En música, es la composición instrumental concebida como introducción de una obra musical; una pieza musical breve sin una forma interna particular. El Intermezzo es una composición musical que se coloca entre otras dos mayores. Se puede intuir que la autora pretende con esta estructura aunar las dos grandes formas de expresar el devenir humano: la narración literaria y el lenguaje musical.

Resulta curioso observar cómo cambia el tono y la forma de expresión. En las formas que comparte con la música su lenguaje tiene un tono más poético, para diferenciarlas de los capítulos en que ordena su discurso filosófico. También llama la atención que los epígrafes del Preludio y los Intermezzos no figuran en el índice de la obra, las páginas de estas partes aparecen sin numerar, cambia el tipo de letra y los títulos son enormemente sugerentes: "Espero", "Futuro II", "Esperanza, tiempo saqueado", "La musa dormida", "Hacer esperar", "Siempre de regreso a casa", "Baños de revelado", "Bostezar".

En definitiva, un interesante ensayo en el que la autora crea un sugerente juego intercalando  dos formas de lenguaje, el narrativo y el musical, para reflexionar sobre la espera que es la vida humana.


                                    Inocencia Torres Martínez

   

Andrea Köhler, en el hotel Astoria de Barcelona. JOSEP LOSADA
(www.elpuntavui.cat)

domingo, 3 de marzo de 2019

"La levedad del pájaro", de Laura Casielles





LA LEVEDAD DEL PÁJARO


Aprender la levedad del pájaro.
Sacar los pies del nido y encontrar
que fuera el mundo es limpio
y el cielo es amplio
y no nos queda nada
por lo que valga la pena no amar.

Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir cómo pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a tierra.
Desafiar
la gravedad
como quien desafía
una norma, aprender
la levedad del pájaro.
Olvidar que las cosas pesan
y echarlas al aire,
quedarse quieta y ver
cómo
les nacen
alas.
Lo más parecido a volar
que puedo hacer,
yo que tengo
los pies de plomo.

Aprender
la levedad
del pájaro.

        De Los idiomas comunes,  Hiperión, Madrid, 2010

Los idiomas comunes obtuvo en 2010 el XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y en 2011, el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández. La autora ha explicado que el libro trata sobre "cómo encontrar las palabras más verdaderas para hablar del encuentro y de las diferentes formas de vivir, y de cómo dar vías para que esas formas de vivir sean lo mejor posible". Como observa Rafael Suárez Plácido, la poeta habla de sí misma y de las personas que la acompañan, pero también del mundo, un mundo del que desea conocer las diferentes voces y  problemas, para lo cual es necesario aprender los idiomas de la gente.

Entrada relacionada:

[Imagen: Pinterest]

miércoles, 27 de febrero de 2019

'Las lágrimas de Shiva', de César Mallorquí


FICHA BIBLIOGRÁFICA

Título: Las lágrimas de Shiva
Autor: César Mallorquí
Editorial. Lugar y año de edición: Edebé, Barcelona, 2005
Número de páginas: 237

PRESENTACIÓN

Género: Infantil y juvenil
Subgénero: Misterio

EL AUTOR

César Mallorquí estudió Periodismo y trabajó en “La Codorniz” y en la cadena SER. Más tarde se dedicó a la publicidad, pero al final se decantó por la literatura. Estas son algunas de sus obras: La pared de hielo, El coleccionista de sellos, La casa del Doctor Pétalo, El círculo de Jericó, El último trabajo del Señor Luna...

PERSONAJES

Javier: chico de 15 años que llega a Santander a causa de la enfermedad de su padre. Amante de la ciencia ficción. Él junto con Violeta resuelve el misterio de las lágrimas de Shiva.

Violeta: Tiene la misma edad que Javier. Es aficionada a la lectura. Al principio no se lleva muy bien con Javier, pero a lo largo del tiempo, con el tema del collar, la relación de los dos acaba siendo amorosa.

Beatriz Obregón: Antepasada de la familia de Violeta. Odiada por la familia por, supuestamente, robar las lágrimas de Shiva. Es el fantasma que ven Javier y Violeta. Al principio le tienen miedo, pero poco a poco se sienten más seguros y resuelven el misterio.

Secundarios: Luis y Adela (tíos de Javier), Margarita, Rosa y Azucena (las demás primas de Javier) y la familia Mendoza (están enfadados con la familia Obregón por cosas que pasaron hace mucho tiempo)

ESPACIO Y TIEMPO

La acción transcurre en Santander, principalmente en Villa Candelaria, en el año en que el hombre llegó por primera vez a la Luna.

ARGUMENTO

La historia trata de un chico de Madrid, llamado Javier, que tiene que pasar las vacaciones de verano en la casa de sus primas, en Santander, porque su padre está enfermo. Allí se le aparece un fantasma, el de una antepasada de la familia que robó un collar antes de casarse con un hombre de la familia Mendoza, una de las familias más ricas de España. Ese collar estaba hecho por las lágrimas del dios Shiva, así que ese collar era muy valioso. Su prima Violeta también ve al fantasma y juntos van encontrando pistas para entender qué es lo que quería el espíritu.

VALORACIÓN PERSONAL

Este libro me lo recomendó mi hermano, que se lo leyó y le gustó bastante. A mí también me ha gustado, he pasado un buen rato leyendo y contiene una historia muy entretenida. Se lo recomiendo especialmente a los jóvenes aficionados a las historias de misterio.
                            
 Alexis Usero Samarás, 2º A de ESO

domingo, 24 de febrero de 2019

"Los trescientos escalones", de Francisca Aguirre




LOS TRESCIENTOS ESCALONES


Estaba todo quieto en la casa apagada.
Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
No funcionaban las leyes del tráfico,
esas imprescindibles ordenanzas
que hay que acatar para transitar el pasillo.
Es como si la noche propusiera una tregua,
como si al apagar la luz se apagara el peligro.
Escucho. Nada. Todos callan unánimes.
Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
los ojos van de lo negro que nos habita
a lo negro que nos envuelve.
Somos los apagados, los ausentes,
los que gavillan tiempo en sus muñecas,
somos los auditores del silencio
y ese silencio es como un túnel por el que solo avanza el tiempo.
No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
porque se iban de viaje:
se acababan los bombardeos,
ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
que conducía a las habitaciones superiores
mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
Y así llegamos a Bañolas:
nosotras contentísimas de ver el lago,
papá, mamá y la abuela
arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
un gato que dormía al lado de una estufa.
Yo nunca vi París: tan solo vi ese gato.

Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
Nosotras con dos muñecos y un monito,
papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
un sueño convertido en pesadilla,
un sueño multitudinario
arrastrado como único equipaje
por una inmensa procesión de solos.
Pero aquel barco no llegó a su puerto:
esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
cantaba algunos días El niño judío: "De España vengo, soy española".

No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
que estaba frente al puerto.
Aquel hotel tenía un nombre,
se llamaba La Rotonde de la Gare.
Papá pintaba. Y, como Modigliani,
iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato.
Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
Para siempre quedé con mi abanico,
con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
en una edad más bien indefinida
y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
y luego vámonos corriendo a ver el Bois del Hallates,
vamos, que se perdió tu cuadro y ya solo podré verlo contigo y
                                                                                       [para siempre.

Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.

Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
Está mi casa sosegada,
apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
Los que más amo duermen:
mi hija arropada en sus nueve años
y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
Al fin se extingue el eco de los barcos.
Vuelvo a la cama.
—Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere. Que descanses.


                                De Los trescientos escalones, 1977

"Los trescientos escalones" es el poema clave que da nombre al segundo poemario de Francisca Aguirre, con el que ganó el Premio Ciudad de Irún en 1976. Toma su título de un cuadro perdido del padre de la autora, el pintor Lorenzo Aguirre, que fue también policía y ocupó cargos de responsabilidad durante la Segunda República. En él, la escritora rememora el pasado y desvela algunas claves fundamentales de su existencia: el exilio, la estancia en París y en el puerto de Le Havre esperando un barco que los trasladase a América, la llegada de los alemanes y el regreso a España, donde su padre fue detenido, condenado a muerte y ejecutado en la cárcel madrileña de Porlier bajo la acusación de auxilio a la rebelión.

Francisca Aguirre. Al fondo, el cuadro Japonesita,
 pintado por su padre en 1940. [Ed. Tigres de papel]
El poema está dedicado a sus hermanas, Susy y Margara, porque, como afirma Emilio Miró, en el prólogo a Ensayo general. Poesía completa (1966-200), "las tres se repartieron la orfandad, el miedo y el hambre, en un país y un tiempo terribles".

En entrevista concedida a Noni Benegas ("Francisca Aguirre: Las palabras y la memoria histórica son mis dos grandes amores", en www.cervantesvirtual.com), desvela su intención al escribir este poemario en la casa alquilada por su abuela en 1940, la casa donde sigue viviendo la autora y donde comenzó su idilio con las palabras:
Aquí rememoré los mágicos días que mis hermanitas y yo vivimos en Le Havre y fue aquí donde tras atravesar el infierno que fue la vuelta a España, recuperé, llena de nostalgia y miedo, los cantarines descensos de los trescientos escalones de Le Havre cogidas de la mano de papá hasta llegar al jardín donde él instalaba su caballete y pintaba mientras canturreaba. Duró poco ese tiempo. Un par de meses después empezaron los bombardeos alemanes. Pero ya para siempre mis hermanas y yo recordaremos a papá pintando y cantando mientras nosotras jugábamos al corro o saltábamos a la comba. Cuando escribí Los trescientos escalones solo pretendía, además de conservar los detalles de aquel tiempo, dejar constancia de que, a pesar de la desdicha y el horror de la guerra, aquellas tres niñas y su padre fueron felices bajo el cielo de Le Havre. Tanto mis hermanas como yo hemos tenido la suerte de tener una madre que nunca nos permitió olvidar todo lo hermoso que le debíamos a nuestro padre, siempre nos recordaba cómo cantaba, cómo nos mecía con sardanas, cómo nos llevaba a caballito a dormir. Y sobre todo, el extraordinario y feliz pintor que fue.
Porque,  como observa Santos Domínguez (encuentrosconlasletras.blogspot.com), Los trescientos escalones es también "una obra celebratoria en la que hay un homenaje constante a lo que nos salva de la desgracia": la amistad, la literatura, la música o la pintura.
Francisca Aguirre y Guadalupe Grande, su hija. Foto: Demian Ortiz

La  de Francisca Aguirre fue una de las muchas familias que se vieron obligadas a salir de España en los primeros meses de 1939: se calcula que, entre el 28 de enero y el 13 de febrero, 475.000 españoles cruzaron a Francia desde Cataluña huyendo del avance de las tropas franquistas, en lo que se conoce como La Retirada. La autora recuerda que su padre le contó que a la vez cruzó el poeta Antonio Machado, el que después se convertiría para ella -considerada la más machadiana de los poetas de su generación- en  "el primero de sus dioses literarios". Sin embargo, no llegó a ver a don Antonio, como lamenta en otro de los poemas de Los trescientos escalones, "Frontera", que puedes escuchar recitado por la autora:



Actualización (14/04/2019):
Francisca Aguirre falleció el 13 de abril de 2019 en su domicilio de Madrid, a los 88 años.

Otros poemas de la autora en este blog: