EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


domingo, 23 de diciembre de 2018

"Zagalejo de perlas...", de Lope de Vega

Murillo, Natividad


Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?


Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
pastor y cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?


Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?


Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais que hace frío
tan de mañana?



En Pastores de Belén, 1612



Pastores de Belén, dedicada por Lope a su hijo Carlos Félix, es la única novela pastoril a lo divino de la literatura española y el más destacado compendio de villancicos, como el seleccionado, y canciones de cuna. En el villancico elegido, compuesto en metros tradicionales, el yo poético se dirige al Niño Pastor para expresarle su asombro ante la presencia tan temprana del Niño, y en mañana tan fría.


Entrada relacionada:

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Leer tiene premio


La alumna Sofía Lázaro Medina, de 2º A de ESO y usuaria habitual de la biblioteca, ha resultado ganadora del premio correspondiente al primer trimestre. La directora le ha hecho entrega esta mañana del libro obsequio en la biblioteca.

¡Enhorabuena, Sofía! Esperamos que disfrutes con la lectura en estas vacaciones de Navidad.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Relatos para pasarlo de miedo

Cuaderno de biblioteca nº 27: "Relatos para pasarlo de miedo 10"

El número 27 de los "Cuadernos de biblioteca" reúne, por un lado, una selección de los relatos escritos por los alumnos de ESO como parte de las actividades realizadas en torno a la Semana de la Literatura de Misterio y Terror, que se celebró del 29 de octubre al 5 de noviembre pasados, y, por otro, una serie de ilustraciones de los alumnos de 1º de ‘Artes del Libro’ del Bachillerato de Artes, que forman parte de un proyecto en el que, entre otras actividades, debían crear imágenes a partir de las sensaciones de Miedo, Susto, Asco, Temor o Terror.


domingo, 16 de diciembre de 2018

"Can vei la lauzeta mover...", de Bernart de Ventadorn [fragmento]

Alondra



 I       Can vei la lauzeta mover
      de joi sas alas contral rai,
      que s’oblid’ e·s laissa chazer
      per la doussor  c’al cor li vai,
      ai! Tan grans enveya m’en ve
      de cui qu’eu veya jauzion,
      meravilhas ai, car desse
      lo cor de dezirer no·m fon.

II       Ai, las! Tan cuidava saber
      d’amor, e tan petit en sai,
      car eu d’amar no·m posc tener
      celeis don ja pro non aurai.
      Tout m’a mo cor, e tout m’a me,
      e se mezeis e tot lo mon;
      e can se·m tolc, no·m laisset re
      mas dezirer e cor volon.

III      Anc non agui de me poder
      ni no fui meus de l’or’ en sai
      que·m laisset en sos olhs vezer
      en un miralh que mout me plai.
      Miralhs, pus me mirei en te,
      m’an mort li sospir de preon,
      c’aissi·m perdei com perdet se
      lo bels Narcisus en la fon.
    
(En F. Carmona, C. Hernández y J. A.
Trigueros, Lírica románica medieval, 1986)
     

Traducción al castellano de Martín de Riquer:
I. Cuando veo  la alondra mover sus alas de alegría contra el rayo del sol y que se desvanece y se deja caer por la dulzura que le llega al corazón, ¡ay!, me entra una envidia tan grande de cualquiera que vea gozoso, que me maravillo de que al momento el corazón no se me funda de deseo. 
II. ¡Ay de mí! Creía saber mucho de amor, ¡y sé tan poco!, pues no me puedo abstener de amar a aquella de quien nunca obtendré ventaja. Me ha robado el corazón, me ha robado a mí, y a sí misma y  todo el mundo; y cuando me privó de ella no me dejó nada más que deseo y corazón anheloso. 
III. Nunca más tuve poder sobre mí, ni fui mío desde aquel momento en que me dejó mirar en sus ojos, en un espejo que me place mucho. Espejo: desde que me miré en ti, me han muerto los suspiros de lo profundo, porque me perdí de la misma manera que se perdió Narciso en una fuente.

Bernat de Ventadorn (1147-1171) fue uno de los mejores, si no el mejor, de los trovadores provenzales y el principal representante del trobar leu, una de las formas adoptadas por la poesía en lengua de oc, caracterizada por su claridad y sencillez. Poco sabemos de él, aunque su Vida provenzal (cuestionada por estudiosos posteriores) lo presenta como hijo de unos humildes sirvientes del castillo de Ventadorn, en el Lemosín francés. De ser eso cierto, ocurriría en vida del trovador Ebles II, vizconde de Ventadorn. Bernat hace referencia al arte de su señor, de quien aprendió a trovar, según se desprende de una de sus composiciones juveniles. Se cuenta de él que se vio obligado a abandonar Ventadorn cuando se enamoró de la esposa de su señor. Es posible que conociera las cortes de Tolosa y la inglesa de Leonor de Aquitania. Se especula con la posibilidad de un encuentro con el novelista Chrétien de Troyes. Probablemente falleció en el monasterio cisterciense de Dalon.

Bernat de Ventadorn es el trovador del amor, tema de todas las composiciones que se le atribuyen (unas cuarenta), dedicadas exclusivamente al análisis de la pasión amorosa, en un tono melancólico y nostálgico. La tradición  trovadoresca le impone unas ideas preestablecidas sobre el sentimiento amoroso, el llamado código del amor cortés: amor y cortesía, estados del enamorado, vasallaje de amor  y superioridad de la dama, etc. No obstante, Bernat insiste en la sinceridad de sus sentimientos, que expresa con una gran claridad de estilo y de conceptos, de manera que consigue esquivar el tópico mediante el empleo de recursos expresivos propios. De ese amor auténtico surge necesariamente, según el autor, una poesía auténtica y, en consecuencia, excelente. 

Ese amor sincero es el origen del joi (gozo, júbilo) del poeta, que transforma en belleza cuanto le rodea y, como señala Martín de Riquer,  la naturaleza participa de este gozo, como la alondra con su vuelo en estos versos que imitará Dante en el Canto XX del "Paraíso", en los que transmite la emoción de la ascensión jubilosa y el desvanecimiento y  caída  de una alondra que cruza el cielo. Martín de Riquer (en Historia de la Literatura Universal, vol. 2, Planeta, 1984, pág. 320) observa también en esta composición la influencia de Ovidio, el autor de la Antigüedad que mejor conoció Bernart de Ventadorn:
En la canción de la alondra [...] hay una metáfora debida sin duda alguna a la lectura de las Metamorfosis. El trovador afirma que quedó totalmente enajenado cuando su dama le permitió que se mirara en sus ojos, y se vio reflejado a sí mismo en la retina de la hermosa, retina que se metaforiza en un espejo, comparado a su vez con el agua de la fuente en que Narciso vio reflejada su imagen, lo que le produjo la muerte. Rara vez un dato de una fábula se ha acomodado con tanta elegancia y con tanta eficiencia a una situación sentimental.

Algunos siglos más tarde, el escritor uruguayo Washington Benavides invoca a  Bernart de Ventadorn en un poema en el que conviven las imágenes de las miserias del siglo XX con las referidas a la poesía (simbolizada por la alondra) como defensa frente a la oscuridad. El poema está fechado en 1963, época ya sombría, pero fue incluido en Hokusai, libro fundamental en la trayectoria poética de Benavides publicado en 1975, un año oscuro para Uruguay, sometido a la dura represión de la dictadura, y para Benavides, que había sido destituido como profesor y  había tenido que emigrar a Montevideo. En el poema, la alondra de la hermosa composición de Ventadorn es, como observa Rosario Peyron ("Hokusai-El poeta y la poesía"), "imagen del canto poético como forma de resistencia ante los malos tiempos".

Bernart de Ventadorn, ataviado con elegante traje y en actitud de
recitar. Inicial miniada del cancionero K, siglo XIII (Biblioteca
Nacional, París), detalle


A  Bernart de Ventadorm en 1963


Bernart de Ventadorm: cómo de pronto envidio
tus canciones —si Leonor de Aquitania[1]
u otra olvidada dama, templaron a las cuerdas
de tu fino instrumento—.
                                                                Pero aún más, todavía
la estrofa con el puro fucilazo[2] de oro
del instante:
                        “Can vei la lauzeta mover
                        de joi sas alas contra ’l rai,
                        e que s’oblid’e’s laissa chazer
                        per la doussor c’al cor li vai…”.

Esa alondra, que mueve con alegría sus alas
contra el rayo del sol y que se desvanece
y se deja caer, por la dulzura
que al corazón le llega, cómo empuja
ojos y frente oscuros a lo alto!

Triste país es este, Bernart, cuando sentimos
que antes de la agonía aspiramos a sombras;
cuando desconocemos al caído,
cuando vemos sin ver la miseria y la costra.

Y tú con esa alondra para alumbrar la vida!

(Y de un oscuro origen, en duro tiempo hiciste
brotar el agua limpia)
                                               Trobar clus[3] = luz guardada.

Sangraste, trovador, en tu alambique
donde se destilaban rimas y neoplatónicas
veladuras.
                               Pero te sobrevive lo esencial:
el alma.
                    El alma o su armadura
                                                                              en una alondra.

Miro el cielo del triste país, Bernart, que amo,
y acaso estén ahí —como una dura prueba
del tiempo y su alevosa espoleta— maquinarias
fatales y con alas de ángeles o “lauzetas”…
Una alondra es preciso, Bernart de Ventadorn, ahora!




[1] Leonor de Aquitania (1122 o 1124-1204), noble medieval nieta de
Guillermo de Poitiers, el primer trovador. Heredó el ducado de
Aquitania (1137) y fue reina consorte de Francia (1137-1152) y de
Inglaterra (1154-1189). Mecenas de numerosos trovadores.
[2] fucilazo, relámpago que ilumina la atmósfera en el horizonte por
la noche.
[3] trobar clus; es decir, cerrado. Poesía hermética y difícil cultivada por
algunos trovadores. Opuesta al trovar leu, de estilo más sencillo.

[Imagen inicial: pinterest.es]

domingo, 9 de diciembre de 2018

"Para que no me olvides", de Paula Bozalongo





PARA QUE NO ME OLVIDES

En el cenit del tiempo
cuando la lluvia grita
y un relámpago vela
la habitación vacía,
se ha apagado la luz.

El techo se ha cansado
de sostener el agua
que pedirán las flores en abril.

Estamos en diciembre
y hay tormentas que rasgan
su duelo en el cristal
para que no te olvides
de quererme en invierno.

De Diciembre y nos besamos, 2014

Paula Bozalongo (www.ideal.es)
Paula Bozalongo nació en Granada en 1991. Es estudiante de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid. Hija del también poeta Javier Bozalongo, la poesía entró en su vida siendo muy joven, cuando acompañaba a su padre a las lecturas poéticas. Según ha declarado la autora, en su pasión por la poesía, ha sido determinante:
Escuchar a Ángel González en el Isabel la Católica sentada al lado de mi abuelo; un poema de Derek Walcott en Granada, visitar el barranco de Víznar con Herta Müller o la Alhambra con Pablo García Baena... Eso y que he crecido rodeada de libros de poetas de los que he aprendido como Luis García Montero, Benjamín Prado  o Raquel Lanseros, que ahora ellos han leído mis poemas, o Fernando Valverde, Jorge Galán y Daniel Rodríguez Mota, a los que admiro y he tenido la suerte de vivir su poesía.
Es antóloga y prologuista de A las órdenes del viento (2013), de Raquel Lanseros, y ha colaborado en la organización del Festival Internacional de Poesía de Granada. En 2014, con veintidós años,  ganó el Premio Hiperión de Poesía 2014 con su primer poemario, Diciembre y nos besamos,  libro del que el jurado destacó "los hallazgos expresivos y la serena y contundente belleza de su escritura, más destacable por su juventud".

[Imagen inicial: ar.pinterest.com]

martes, 4 de diciembre de 2018

Libros: Novedades

Os presentamos el boletín de novedades del primer trimestre con algunas sugerencias para estas vacaciones.

domingo, 2 de diciembre de 2018

"Todas las cartas de amor son ridículas...", de Fernando Pessoa




Todas las cartas de amor son ridículas...


Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).


Álvaro de Campos, heterónimo de Fernando Pessoa.
                                              Versión de Miguel Ángel Flores



VERSIÓN ORIGINAL EN PORTUGUÉS:



Todas as Cartas de Amor são Ridículas


Todas as cartas de amor são
Ridículas.
Não seriam cartas de amor se não fossem
Ridículas.

Também escrevi em meu tempo cartas de amor,
Como as outras,
Ridículas.

As cartas de amor, se há amor,
Têm de ser
Ridículas.

Mas, afinal,
Só as criaturas que nunca escreveram
Cartas de amor
É que são
Ridículas.

Quem me dera no tempo em que escrevia
Sem dar por isso
Cartas de amor
Ridículas.

A verdade é que hoje
As minhas memórias
Dessas cartas de amor
É que são
Ridículas.

(Todas as palavras esdrúxulas,
Como os sentimentos esdrúxulos,
São naturalmente
Ridículas.) 


Fernando Pessoa/Álvaro de Campos,  Poemas 


Fernando Pessoa compuso este poema el 23 de
Ophélia Queiroz./El País
octubre de 1935, un mes antes de su muerte, acaecida en Lisboa el 30 de noviembre. Firma la composición su heterónimo Álvaro de Campos, una de las personalidades en que se desdoblaba Pessoa. Campos es, según los estudiosos, su verdadero complementario, el heterónimo que más se aproxima a la verdadera personalidad de Pessoa. Se trata de un ser antisocial  y sarcástico, concebido por Pessoa como un ingeniero naval de origen portugués, pero educado en Inglaterra, que se siente extranjero en todas partes. De ahí la visión desencantada que muestra en el poema elegido, en el que  caricaturiza el apasionamiento característico de las cartas de amor, incluidas las que él mismo escribió muchos años antes, un tiempo evocado con nostalgia.


Efectivamente, Fernando Pessoa (FP) escribió unas cincuenta cartas al único amor que se le conoce, Ophélia de Queiroz (OQ), una joven de familia burguesa que entró a trabajar como secretaria en la oficina comercial situada en la Baixa lisboeta, en la que también se empleaba por horas el escritor, como traductor  de cartas de negocios.

Se conocieron a finales de 1919. Ophélia tenía entonces diecinueve años, y Pessoa, treinta y uno. El poeta se declaró a Ophélia una tarde de  febrero de 1920 en que ambos se habían quedado solos en la oficina. La joven huyó de forma precipitada, pero la escena no la dejó indiferente,  como ha contado ella misma:
Un día nos quedamos sin luz en la oficina [...] Fernando fue a buscar un quinqué de petróleo, lo encendió y lo colocó sobre mi escritorio. Un poco antes de la hora de salida me dejo una notita sobre la mesa, que decía: "Le ruego que se quede". Yo me quedé, a la expectativa. Es que entonces  yo ya  me había dado cuenta del interés de Fernando por mí, y yo, lo confieso, también le veía algunas gracias... Recuerdo que estaba yo de pie, poniéndome la chaqueta, cuando él entró en mi despacho. Se sentó en mi silla, posó el quinqué que traía en la mano y, dándose la vuelta hacia mí,  comenzó de pronto a declararse como Hamlet se declara a Ofelia: "¡Oh, querida Ofelia!, mido mal mis versos; carezco del arte necesario para medir mis suspiros, pero te amo en extremo. ¡Oh, hasta el último extremo, créeme!". 
Quedé perturbadísima, como es natural, y sin saber qué tenía yo que decir, acabé de abrigarme y me despedí precipitadamente. Fernando se levantó, con el quinqué en la mano, para acompañarme hasta la puerta. Pero de repente, lo posó sobre la divisoria de la pared; sin que yo me lo esperase, me agarró, me abrazó, y sin decir palabra, me besó, me besó apasionadamente, como loco.
(Traducción de Isabel Lacruz, en el posfacio a Cartas de amor, editorial Funambulista, pp.154-155) 
Días más tarde, como FP parecía haber olvidado lo sucedido, ella le escribió una carta pidiéndole una explicación, lo que dio origen a la primera carta-respuesta del poeta, fechada el 1 de marzo de 1920. Este es el punto de partida de una difícil   relación intermitente y secreta que podemos reconstruir por medio de su correspondencia. Con las cartas empezaron también los pequeños regalos (como cajitas de caramelos escondidas en los cajones), las notitas cariñosas y las bromas; todo, según explica la propia Ophélia, de una delicadeza y ternura extremas. Cuando ella se trasladó a otra oficina, él la acompañaba al trabajo en el tranvía (tomándolo en distinta parada para que la familia de la joven no sospechase nada) e iba a esperarla a la salida. Con frecuencia fijaban una hora para que ella se asomase a la ventana de su casa, ante la que se paseaba el poeta. Sus familias desconocían la relación ya que, aunque a veces hablaban del futuro, Pessoa siempre se negó a conocer a la familia de Ophélia.

Su relación duró hasta finales de noviembre de 1920 y, tras un paréntesis de nueve
años, se reanudó de nuevo en junio de 1929 -cuando Pessoa, obsesionado con su obra literaria, tenía ya una clara dependencia del alcohol-  y se frustró finalmente en enero de 1930. El motivo de retomar la relación fue la petición que le hizo Ophélia, a través de su sobrino Carlos Queiroz, de una fotografía dedicada del escritor. Se trata de la famosa imagen de FP bebiendo en un local de la Baixa lisboeta, en cuyo reverso, jugando con las palabras, escribe con ironía:"Fernando Pessoa, en flagrante delitro". La compleja personalidad de Pessoa,  su precaria situación económica, su rechazo a comprometerse y la dedicación a su obra fueron factores determinantes en el final de la relación, a la que no fue ajena la interferencia del heterónimo Álvaro de Campos -Pessoa firmó alguna de sus cartas a Ofélia con las iniciales  A. de C.-,  que llegó a presentarse a  Ofélia y que a esta le resultaba particularmente odioso, por su crueldad y sarcasmo, además del desprecio que expresaba por Pessoa, "abyecto y miserable individuo". 

                                                                                                                       26 de septiembre de 1929*

    Ophelinha pequeña:

    No sé si me quiere, pero voy a escribirle esta carta por eso mismo. 

    Como me dijo que mañana evitaría verme entre las cinco y cuarto y las cinco y media en la parada del tranvía que no es de allí, allí estaré exactamente. 

    Sin embargo, como se da la circunstancia de que el Sr. Ingeniero Álvaro de Campos tiene que acompañarme mañana durante gran parte del día, no sé si será posible evitar la presencia -por lo demás agradable- de este señor durante el viaje a ciertas ventanas cuyo color ahora no recuerdo. 

   El viejo amigo al que acabo de referirme tiene algo más que decirle. Se niega a darme cualquier explicación de lo que se trata, pero espero y confío  que, ante su presencia, tendrá ocasión de decirme, o decirle, o decirnos, de qué se trata. 

    Hasta entonces permanezco silencioso, atento e incluso expectante. 

    De modo que hasta mañana, boquita dulce, 
Fernando.

Ofélia manifiesta en sus cartas el desagrado que le produce Campos y le pide a Fernando que se libre de él, pero este le responde que no puede evitar sentirse avasallado por Campos. Si en la primera etapa de su relación las cartas traslucen un amor juvenil inocente y sublime, en la segunda, el complejo Álvaro de Campos domina la relación. Como escribe Antonio Tabucchi, entre el amor y la literatura, Pessoa eligió la literatura porque no podía elegir el amor. El propio Pessoa reconoce:
Mi destino pertenece a otra ley cuya existencia Ophelinha desconoce, y está cada vez más subordinado a la obediencia a Maestros que no consienten ni perdonan.
Sin embargo, mantuvieron el contacto hasta la muerte del escritor, y cuenta Ophélia que una tarde de 1934 llamaron a la puerta de su casa y, poco después, la sirvienta le entregó un libro. Se trataba de un ejemplar de Mensaje, la única obra que Pessoa pudo publicar en vida, con una dedicatoria. Por la descripción de la criada, Ophélia comprendió que era el propio Pessoa quien lo había llevado. Corrió hacia el portal pero no logró verlo. Ophélia contrajo matrimonio tres años después del fallecimiento de Pessoa.

En opinión de Isabel Lacruz, nada en estas cartas difiere de la correspondencia de cualquier pareja de la época (concertación de citas, reproches, expresión del amor), salvo en dos aspectos: la infantilización del lenguaje de ambos y la aparición de abundantes neologismos, juegos de palabras y referencias implícitas, en las del poeta. Sirva como ejemplo, una de las últimas escritas por FP, fechada el 1 de octubre de 1929*:
    Terrible Bebé: 
    Me gustan sus cartas, que son tan dulces, y también me gusta usted, que es dulce también. Y es bombón, y es avispa, y es miel, que es de las abejas y no de las avispas, y todo es verdad, y el Bebé debe escribirme siempre, por más que yo no escriba, que es siempre, y yo estoy triste, y estoy loco, y nadie me quiere, y además por qué alguien debería quererme, y eso mismo, y todo vuelve al principio, y me parece que hoy la llamaré por teléfono, y me gustaría darle un beso en la boca, con exactitud y glotonería y comerle la boca y comer los besitos que tuviera escondidos y apoyarme sobre su hombro y resbalar hacia la ternura de las palomitas, y pedir perdón, un perdón falso, y volver muchas veces, y punto final hasta volver a empezar, y por qué Ophelinha quiere a un maleante y a un desastrado y a un zarrapastroso y a un individuo con narices de cobrador del gas y expresión general de no estar allí sino en el baño de la casa de al lado, y exactamente, y en fin, y voy a terminar porque estoy loco, y lo he estado siempre, y es de nacimiento, que es como quien dice desde que nací, y me gustaría que Bebé fuera una muñeca mía, y yo hacía lo que un niño, la desnudaba, y el papel termina aquí mismo, y esto parece imposible que lo haya escrito un ente humano, pero está escrito por mí, 
Fernando
Las cartas de amor del poeta se editaron por primera vez en Lisboa  en 1978 (Ática), precedidas del testimonio de Ophélia sobre su relación con Pessoa. Las que ella escribió al poeta aparecieron en 1996, cinco años después de la muerte de su autora, editadas por Assírio e Alvim. Y en 1912 el mismo sello reunió las de ambos. En  2010, Libros del Zorro Rojo publicó en castellano las Cartas a Ophélia, con prólogo de Antonio Tabucchi e ilustraciones de Antonio Seguí, y en  2012  apareció la edición de  Funambulista, bajo el título de Cartas de amor. En el mismo sello Luis Morales publicó en 2015  Un amor como éste,  reconstrucción  literaria de la relación entre Pessoa y Ophélia.



*En Fernando Pessoa, Cartas a Ophélia. Traducción de Alejandro García, Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2010.

Otros poemas del autor en este blog: