EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL I.E.S. "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 28 de septiembre de 2014

"Está tejida con azul la noche...", de Antonio Gamoneda



Está tejida con azul la noche
aún crepuscular. La lengua roja
enciende su perfil.
                                  Salgo al silencio
y penetro la vida de las cosas
y no sé si el centeno es la hermosura
o es la sed la verdad.
                                     En este ahora
de secreta extensión, cuando no ciega
mis sentidos la furia luminosa
del resol cereal, y están creciendo
el zureo nupcial de las palomas,
los pájaros ocultos, la paciencia
de los robles, aún, salgo a los huertos
y me busco en las aguas y las sombras.
 
                Antonio  Gamoneda, Pasión de la mirada

El poeta y crítico de arte Antonio Gamoneda, colaborador de las revistas Espadaña y Claraboya, nació en Oviedo el 30 de mayo de 1931. A los tres años, tras la muerte de su padre, se trasladó con su madre a León, ciudad que ha dejado una huella profunda en su poesía. De formación autodidacta, aprendió a leer, en unos años en que  las escuelas permanecían cerradas a causa de la guerra, con el único libro que había en su casa, Otra más alta vida (1919), escrito por su padre, poeta modernista de un solo libro. Sus primeros años en León transcurrieron en un barrio obrero, excepcional observatorio de la pobreza y represión durante la guerra y la posguerra. Entre 1941 y 1943 recibió instrucción gratuita en el colegio de los PP. Agustinos, donde causó baja voluntaria. Apenas cumplió los catorce años (edad mínima para trabajar) entró como recadero en el Banco Mercantil, en el que permaneció hasta 1969; mientras, terminó por libre el bachillerato. En 1969 entró a dirigir los servicios culturales de la Diputación Provincial de León y creó la colección Provincia de poesía, al tiempo que colaboraba  en distintas publicaciones culturales. Desde 1979 será director-gerente de la Fundación Sierra-Pambley, fundada en 1887 por Francisco Giner de los Ríos.
     Aunque pertenece por edad a la generación de los 50, su obra, que ha recibido tardíamente el merecido reconocimiento,  se ha mantenido al margen de tendencias uniformadoras. En su producción poética, una constante consideración sobre la muerte, se distinguen tres etapas* (que algunos estudiosos limitan a dos, separadas por Descripción de la mentira). 
        En la primera (hasta principios de los 60), un periodo de idealismo proyectado hacia el futuro, se percibe la influencia de la tradición culta de la lírica española (especialmente de Blas de Otero y de García Lorca) así como de la poesía popular. Su tratamiento de la muerte es general e impersonal. Pertenecen a este periodo La tierra y los labios (1947-1952), Sublevación inmóvil (1953-1959) y Exentos I (1956-1960). 
        La  segunda, centrada en el presente, se caracteriza por su compromiso ético.  Su poesía, más pegada a la vida, relega a la muerte a un segundo plano para centrarse en lo cotidiano y en la emocionada contemplación de la naturaleza. En ella se aparta de la tradición castellana bajo el influjo de los espirituales negros y  del poeta turco Nazim Hikmet**. Los metros clásicos son sustituidos por el endecasílabo blanco y el ritmo repetitivo de los blues. Blues castellano (1961-1966, inédito hasta 1982 por problemas con la censura) y Exentos II  (Pasión de la mirada) (1963-1970) son las obras representativas.
        Tras un silencio de varios años, su siguiente etapa se abre con Descripción de la mentira (1975-1976), a la que seguirán Lápidas (1977-1986),  Libro del frío (1987-1992), Arden las pérdidas (1993-2003) y Cecilia (2000-2004). La muerte individual (bien sea la propia o la de los otros, ya  desaparecidos) es el tema recurrente en unos poemarios caracterizados por la libertad formal, donde abundan el versículo mayor y los poemas en prosa.
       Su producción poética, reunida en Edad (Poesía 1947-1986) y en Esta luz. Poesía reunida (1947-2004), ha sido galardonada con premios tan prestigiosos como el Nacional de Literatura 1988, el Cervantes 2006 y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2006.

*Nos basamos en el estudio realizado por José Antonio Expósito Hernández.
**Entrada relacionada:

viernes, 26 de septiembre de 2014

Una biblioteca de instituto en "Una habitación en Babel", de Eliacer Cansino



Por su condición de docente, el escritor Eliacer Cansino (Sevilla, 1954) conoce bien la problemática de las bibliotecas de los centros de enseñanza, carentes en muchos casos de recursos materiales y humanos. La situación de la biblioteca del instituto donde trabaja Ángel, personaje de Una habitación en Babel, es una excelente muestra:

La biblioteca está, como casi siempre, cerrada. Últimamente, los profesores no saben qué hacer con ella. Falta espacio en el centro y sobran los libros. Ángel ha intentado abrirla, establecer unos turnos de guardia, pero parece que lucha contra gigantes: que si ya verás como no sirve de nada, que si antes que estar cuidando la biblioteca hay que vigilar los pasillos, que para qué abrirla si acuden solo para comer y charlar, que van a robar los vídeos, que si no hay un vigilante, mejor que no entren, que las vitrinas tienen que estar cerradas con llave, que es preferible que bajen allí los castigados que merodean por todo el instituto y no sabemos dónde meterlos… Unos por convicción de que el orden bibliotecario es la manera que tienen de vivir los libros y que es preferible no abrir que desordenar, y otros porque están cansados, aburridos de intentarlo; los unos por los otros, la casa sin barrer. En realidad la biblioteca es el calabozo de los libros. Se les oye gritar, removerse en los estantes, golpear los cristales de las vitrinas, quieren salir, quieren que alguien los lea. Sus historias no avanzan sin los lectores. En el estante de novela española alguien tomó Tiempo de silencio y no prosiguió su lectura, dejó al Muecas con el ratón mordiéndole la mano, ahí se detuvo, dejó de leer y no volvió. El Muecas sigue con esa mordedura infinita, inacabable, y se le oye gritar, en su lengua resuelta y clara sin puntos ni comas, que alguien lea por favor, que alguien siga adelante hasta donde el ratón suelta el dedo. En la sección de teatro, Luces de bohemia ha quedado con un separador en la escena del cementerio: Rubén y el Marqués mantienen una disputa eterna sobre si cementerio o camposanto, si oscuridad o luz. Y nadie los saca de ese recinto de muerte. Espera Melibea la llegada de Calixto y el alba se ha detenido como una flor enferma, en la que Calixto no aparecerá si otro joven enamorado del amor no entra, toma el libro y lee; detenidas las mariposas blancas en Platero, el guardia de los consumos no sabe si dejarlo o no pasar y Juanra no termina de decir que es solo alimento ideal lo que llevan; lo intenta no obstante, tartamudea, se le oye como un fantasma que quisiera hablar y olvidó la lengua, la lengua que fue su médula, Juanra sin médula, transparente ya y atrapado. No todos oyen. La mayoría pasa y no escucha el griterío, el dilema de Hamlet, las razones de la sinrazón de don Quijote, las blasfemias de don Juan, las humildes palabras con que Juan de la Cruz agradece el amor… Pero Ángel sí los escucha, oye la algarabía, la confesión, la amenaza, la orden, la inmodestia, el ¡ay, infelice, ¡la botella de ron!, el vivo sin vivir en mí… y no puede soportarlo, introduce la llave, abre la puerta de la biblioteca y con el espanto contenido de verse venir contra él el tropel de ese ejército anárquico y ucrónico, ve en cambio que se hace el silencio. Un silencio sepulcral, de cementerio, no, de camposanto, mejor de camposanto que tiene una lámpara -insiste solo la voz de Rubén que no se calla ni debajo del agua-, silencio porque no quieren asustar a nadie y porque conocen la regla del juego, la ley profundísima que rige desde siempre la naturaleza de los libros, como un precepto mayor, inviolable: son los lectores quienes eligen, la libertad de ellos es nuestra libertad. Y espera, eso sí, cada uno en su temblor, la mano de nieve que venga a salvarlos. 
                                                             (Eliacer Cansino, Una habitación en Babel, pp. 113-115)

domingo, 21 de septiembre de 2014

"Nombres borrados", de Juan Vicente Piqueras




                                      NOMBRES BORRADOS


                                   La mente no es un lápiz para tomar apuntes,
                                                                                                                         es una goma de borrar.
                                                                                                                                    Marko Vesovič


Mi padre fue perdiendo poco a poco el lenguaje.
Y empezó por los nombres. Lo primero
que olvidó su cerebro no fueron los adverbios
ni los pronombres no los adjetivos,
como uno estaría tentado de creer,
ni las motas de polvo de las preposiciones,
sino los sustantivos.

La manzana dejó de ser manzana,
el vaso pasó a ser eso,
y quienes se acercaban dejaban de llamarse.

La muerte comenzó su labor minuciosa
robándole los nombres,
borrándolos, poniendo
en su lugar un esto o un aquello,
un dame, un balbuceo, un gesto de la mano.

Lo último que se pierde son los verbos,
los verbos que se mueven en la sangre
como peces hasta que acaba el mundo,
hasta que ya no puede el cuerpo con su alma.

Los adjetivos son afectuosos,
visten de amor lo que miran
y por eso perviven.

Pero los nombres se esfuman.
Y la sustancia de los sustantivos
es agua de borrajas, niebla, torres de humo.

La manzana deja de ser manzana.
La palabra dolor,
quién nos lo hubiera dicho,
no significa nada.

                                                    
                     Juan Vicente Piqueras* (inédito, 2012)

Hoy se celebra el Día Mundial del Alzhéimer.

*Entrada relacionada:

miércoles, 17 de septiembre de 2014

"La biblioteca de Babel", de Jorge Luis Borges


Nuestras "bibliotecas de papel" existen sólo en los libros pues son fruto de la imaginación de los autores. Bajo esta etiqueta 'El hacedor de sueños' pretende agrupar algunas páginas literarias  sobre bibliotecas de ficción. La primera  debía ser forzosamente la ideada por el autor de El hacedor en el cuento "La biblioteca de Babel", incluido  primero  en   El jardín de los senderos que se bifurcan, publicado por Sur en 1942, y que a partir de 1944 pasará a engrosar el volumen Ficciones.

Borges  escribió "La biblioteca de Babel" cuando trabajaba  como auxiliar en la biblioteca municipal "Miguel Cané", en el barrio porteño de Boedo, alejado del centro de Buenos Aires. Su ocupación en una biblioteca poco concurrida le resultaba al escritor bastante vulgar y rutinaria, pero le permitía pasarse los días entre libros, leyendo y escribiendo. Borges trasladó al relato algo de ese ambiente  de opresión y monotonía en que se desarrollaba su trabajo.

La biblioteca es para Borges símbolo del universo por el que el hombre-bibliotecario deambula; un universo concebido no como un cosmos ordenado,  sino como un caos, de ahí que se vincule al símbolo del laberinto. La describe como una esfera cuyo centro es el vacío y cuya circunferencia resulta  inaccesible. Está formada por hexágonos cuyos anaqueles contienen todos los libros, formando así el libro total; pero el hombre no puede comprenderlos porque son caóticos e impenetrables pues están escritos en lenguas secretas, algunas ya desaparecidas, y las letras se combinan al azar. Por otra parte, el tamaño de la biblioteca hace que no baste una vida para recorrer sus estantes y leer todos los libros. El hombre no puede acceder a los libros que explican  los misterios fundamentales  pues le están vedados, de ahí que no pueda alcanzar el conocimiento total, tan  solo   pequeñas parcelas de conocimiento. El título remite al mito de la  torre de Babel narrado en el Génesis, símbolo del orgullo humano castigado por la divinidad: los hombres quisieron construir una torre que llegara hasta el cielo, pero Dios los castigó confundiendo sus lenguas, de manera que la imposiblilidad de comunicarse impidió la terminación  de la obra. De igual modo, la biblioteca de Babel prueba la imposibilidad de que el ser humano acceda al conocimiento de la realidad. La biblioteca, además de laberíntica, es inútil pues no puede ser descifrada.



La biblioteca de Babel

          By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...
          
The Anathomy of Melancholy, part. 2, sec. ii, mem. iv.

         El UNIVERSO (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante
         Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

Planos de la biblioteca de Babel (Rice/Lipka, SUMO, Bernheimer arquitectura)

         A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
         El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
         El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco[1]. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
         Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de M C V en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
         Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior[2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticosDe esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
         Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
         También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
         A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
         Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
         También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total[3]; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
         Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres

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que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores: que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos —y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
         La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
         Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar —lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.[4]

                                                                                                                                 Mar del Plata, 1941


[1] El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada al la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)

[2] Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: A veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.

[3] Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.

[4] Letizia Álvarez Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nuevo o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri, a principios del siglo xvii, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparentemente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.

Grabado de Erik Desmazieres inspirado en el cuento de Borges

domingo, 14 de septiembre de 2014

"Litoral de los ojos..." y "Desnudos somos agua...", de María José Flores


Foto: Lee Miller



Litoral de los ojos
ladera abierta al aire de los labios
suavísima pendiente blanda fronda.
Hermosa la amargura pardo entorno
pardo el talle de arena
en el que giran mudas las veletas.
Bahía de los ojos.
Litoral de los labios.

                           De Oscuro acantilado




Desnudos somos agua 
o silenciosa piedra

Somos ramaje seco
verde rama que tiembla

Palpitar
                sombra
                                sueño
                nacimiento
presencia

Desnudos somos esa 
claridad que nos ciega

                         De Impura claridad

María José Flores Requejo nació en Burguillos del Cerro (Badajoz) en 1963. Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura, actualmente reside en Italia, donde es profesora titular de Lengua y Traducción españolas en la universidad de L' Aquila. Miembro correspondiente de la Real Academia de Extremadura de las Artes y las Letras, ha publicado estudios sobre literatura española de los siglos XIX y XX, así como sobre filología y lingüística comparada.
    Formada en la lectura de san Juan de la Cruz, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, José Ángel Valente y Giuseppe Ungaretti, en su poesía la emoción se une al pensamiento para establecer un diálogo con la intimidad y la naturaleza: " Mis poemas nacen de lo más hondo de mí, de lo que ni siquiera yo conozco de mí misma. A veces la resonancia de una  palabra, o de una imagen que evoca lo perdido, lo soñado, lo intuido; a veces de un sentimiento o de una reflexión que necesitan ser nombrados; siempre de un profundo silencio interior, porque primero fue el silencio y luego el verbo... El agua, la piedra, el verdor, tan presentes en mi poesía, no son sino un eco de los paisajes de mi tierra y de mi infancia, que están y estarán siempre en mí."
    Ha publicado De tu nombre y tu tierra (1984), Oscuro acantilado (1986), Nocturnos (1989), El rostro de la piedra (1992), Impura claridad (1995), Poemas del cuerpo (1999) y Un animal rozado por el tiempo (2008). Su producción poética ha sido recogida en numerosas antologías y  galardonada con los premios de poesía "Adolfo Vargas Cienfuegos" (1984), "Juan Manuel Rozas" (1986), "Ciudad de Badajoz" (1992) y "Ciudad de Mérida" (1995).

domingo, 7 de septiembre de 2014

"La voz humana", de Vladimir Holan

El poeta checo Vladimir Holan


                                     La voz humana

La piedra y la estrella no nos imponen su música,
las flores callan, las cosas parece que ocultan algo.
Los animales niegan en sí, por nuestra causa,
la armonía de la inocencia y el misterio.
El viento tiene siempre el pudor de una simple señal
y lo que es el canto, lo saben sólo los pájaros enmudecidos
a los que el día de Nochebuena echaste una gavilla sin trillar.

Les basta existir y eso es inexpresable. Pero nosotros,
nosotros sentimos miedo, y no sólo en la oscuridad,
sino que, incluso en la fecunda luz,
no vemos a nuestro prójimo
y aterrados hasta un conjuro violento
gritamos: ¿Estás ahí? ¡Habla!

                Vladimir Holan, de Pero existe la música.Versión
de Clara Janés


Casa de la isla de Kampa donde vivió Holan
El poeta checo Vladimir Holan nació en Praga en 1905, cuando la ciudad formaba parte del imperio austro-húngaro; pero a diferencia de otros escritores praguenses, como Kafka, que escriben en alemán, Holan optó por el checo, su lengua materna. 
    A los seis años se trasladó con su familia a Padolí, una aldea de la Bohemia Central, pero regresó a Praga para cursar estudios de secundaria. Inició la carrera de Derecho, que abandonó inmediatamente, y en 1927 entró a trabajar en el Instituto de Pensiones, aunque a los siete años fue jubilado por "psicopatía constitucional". A partir de entonces se dedicará exclusivamente a la literatura.
    Con veintiún años publica su primer libro, Abanico en delirio (1926), al que siguen dos obras de poesía hermética, próximas al simbolismo de Mallarmé*, Triunfo de la muerte y Soplo, ambas de 1930. En 1932 se casa y  trabaja como redactor de la revista Zivot (Vida) hasta 1933. Sigue publicando libros de poesía vanguardista como Piedra, vienes (1937).
    Tras la firma del Tratado de Munich, que reconocía las aspiraciones del Tercer Reich de anexionarse la región checa de los Sudetes con el beneplácito de Francia, Gran Bretaña e Italia, Holan inicia una nueva etapa, con una  poesía más sencilla, de carácter político y social, que se abre con el libro Septiembre 1938, donde incluye el poema acusatorio "Respuesta a Francia". Durante los años de ocupación nazi compone versos patrióticos destinados a levantar la moral del pueblo checo, y redacta el diario Trapos, huesos, piel.  Posteriormente aparecen Gracias a la Unión Soviética (1945), de carácter testimonial, y  Soldados del ejército rojo (1947), poesía épica de reminiscencias brechtianas.
    En 1946 se afilió al Partido Comunista, pero en 1948, acusado de "formalismo decadente", se prohíben sus obras. Holan responde encerrándose en su casa de Kampa, una de las islas que el río Moldava forma a su paso por Praga, de donde saldrá en muy contadas ocasiones. El muro, la pared, se convierte a partir de entonces en uno de los símbolos recurrentes de su poesía. Aislado en su casa, donde duerme de día y escribe de noche, y convertido en un mito, en el periodo comprendido entre 1949 y 1956 ( los años más crueles de su vida, según el autor) comienza a escribir sus obras más importantes, en las que expresa sus preocupaciones metafísicas: Toscana (1963), el poema dramático Una noche con Hamlet (estrenado en 1963 en el teatro Viola de Praga, permanecerá veinticinco años en escena),  obra por la que obtuvo el premio internacional Etna-Taormina; la antología Dolor (1965) y Un gallo para Esculapio (1967). En 1968 se le otorgó el título de artista nacional y un año después se le propuso para el Nobel de Literatura. Ya en los años setenta aparecen Una noche con Ofelia (1973), la antología El árbol se quita la corteza (1979), y tras su muerte (acaecida en marzo de 1980, tras una larga enfermedad que le impedía moverse), Abismo de abismo (1981).
   Holan es el gran poeta checo del siglo XX, creador de un mundo poético cargado de simbolismo que nos remite al dominio de la noche, en cuyo ámbito la realidad se transforma en misteriosa, fantasmal. Su producción representa una  constante indagación sobre la existencia humana y una búsqueda de  la palabra precisa para expresar el sufrimiento humano.  
    En España, el nombre de Holan se encuentra estrechamente vinculado al de la poeta Clara Janés, su traductora, con la que estableció una especial relación de amistad en la década de los setenta, sobre la que encontrarás información en:


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